Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje
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Capítulo 1. El Villano También Tiene Horarios
Lord Damián Umbra estaba convencido de que la mayoría de los problemas del mundo nacían porque la gente no respetaba los horarios.
Esa era la razón por la que, exactamente a las siete de la mañana, se encontraba de pie frente a una enorme mesa cubierta de mapas, documentos, sellos de cera y una elegante carpeta negra titulada:
Programa de Estabilización Territorial Posterior a la Conquista.
Damián contempló el título durante unos segundos.
—Necesita algo más amenazante.
—¿Como qué, mi lord? —preguntó Basilio, que sostenía una bandeja con café.
—No lo sé. Algo oscuro. Algo que inspire miedo.
Basilio observó la carpeta.
—"Plan Integral de Reparación de Caminos y Fortalecimiento Administrativo".
—Eso no inspira miedo.
—A mí sí.
Damián suspiró.
La conversación era una muestra más de la decadencia profesional que sufría su organización malvada.
Había heredado un castillo tenebroso, una reputación aterradora y un dragón impredecible. Sin embargo, nadie parecía tomarse en serio sus intentos de convertirse en una amenaza respetable.
—Hoy cambia todo —declaró.
—¿Otra vez?
—Esta vez hablo en serio.
—Como las otras diecisiete veces.
Damián ignoró el comentario.
Se acercó a uno de los mapas extendidos sobre la mesa.
A diferencia de lo que sugerían las leyendas populares, no estaba planeando incendiar aldeas ni secuestrar nobles.
Aquello era ineficiente.
Había marcado rutas comerciales, puentes necesitados de reparación, regiones abandonadas por la corona y zonas donde la corrupción impedía la llegada de suministros.
—Mire esto, Basilio.
—Estoy mirando.
—Si controlamos esta región podremos reconstruir tres puentes.
—Terrible.
—Y reducir los impuestos abusivos.
—Espeluznante.
—Y mejorar la seguridad de las aldeas fronterizas.
Basilio asintió con gravedad.
—Definitivamente monstruoso.
Damián señaló al mayordomo.
—Se está burlando de mí.
—Porque está planeando gobernar mejor que el gobierno.
—¡Porque esa es la forma inteligente de conquistar!
—Es una estrategia tan razonable que comienza a parecer buena.
—No quiero parecer bueno.
—Entonces deje de solucionar problemas.
Antes de que Damián pudiera responder, las puertas del salón se abrieron de golpe.
El estruendo hizo temblar las ventanas.
Ambos giraron.
Una figura vestida con armadura plateada avanzó por la sala con paso firme.
(toda las imágenes son creadas por IA)
Lady Celeste Valoria.
La caballera más famosa de Aurelia.
La heroína favorita del reino.
Y, según la agenda de Damián, una visitante que debía llegar jamás.
Basilio consultó un pequeño cuaderno.
—No estaba agendada.
—Ya lo veo.
Celeste colocó una mano sobre la empuñadura de su espada.
—Lord Damián Umbra.
—Lady Celeste Valoria.
—He venido a detener tu plan.
Damián parpadeó.
—¿Mi plan de las siete de la mañana?
—Tu plan de conquista.
—Ni siquiera he terminado el café.
Celeste avanzó hasta la mesa.
Luego observó los mapas.
Después volvió a mirar los mapas.
Y otra vez.
Su expresión cambió ligeramente.
—¿Qué es esto?
—Mi plan de conquista.
—Aquí dice "Reparación urgente de infraestructura rural".
—Correcto.
—Y aquí "Programa contra corrupción administrativa".
—También correcto.
Celeste tomó otro documento.
—¿Protección para pequeñas aldeas frente a ataques de monstruos?
—Sí.
—¿Fondo para reconstrucción de escuelas?
—Por supuesto.
La caballera levantó la vista.
—¿Eres consciente de que eso no parece un plan malvado?
Damián cruzó los brazos.
—Lo parece si entiendes estrategia avanzada.
—Parece un proyecto de gobierno.
—Un proyecto de gobierno malvado.
—¿Cuál es la parte malvada?
Damián abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—La tipografía.
Basilio se cubrió el rostro con una mano.
Celeste soltó una breve risa antes de recuperar la compostura.
—Había escuchado historias terribles sobre ti.
—¿Terribles en qué sentido?
—Destrucción. Oscuridad. Amenazas.
—Tengo amenazas.
—¿Sí?
Damián señaló una pila de documentos.
—Si la burocracia de Aurelia sigue creciendo, la productividad caerá un doce por ciento.
Hubo un silencio.
Basilio rompió el momento.
—Técnicamente es una amenaza.
Celeste caminó alrededor de la mesa revisando más papeles.
Mientras más leía, más confundida parecía.
No encontraba armas secretas.
No encontraba planes de invasión.
No encontraba listas de enemigos.
Encontraba presupuestos.
Presupuestos perfectamente organizados.
Aquello era mucho más inquietante.
—¿Pasas las noches haciendo esto?
—Alguien debe hacerlo.
—Eres un villano.
—Precisamente. Tengo estándares.
La caballera dejó los documentos sobre la mesa.
—No entiendo nada.
—Bienvenida a mi vida.
Basilio carraspeó.
—Mi lord.
—¿Qué ocurre?
—Si la heroína ha venido a detenerlo, quizá deberían enfrentarse.
Celeste asintió.
—Tiene razón.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Ahora?
—Ahora.
Damián miró el reloj.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque el duelo estaba programado para las once.
La heroína lo observó durante varios segundos.
—¿Programaste un posible duelo?
—Claro.
—¿Y si yo llegaba antes?
—Eso sería una grave falta de etiqueta heroica.
Basilio intervino de inmediato.
—Mi lord tiene razón. Los ataques sorpresa afectan la organización.
Celeste se llevó una mano a la frente.
—No puedo creer que esta conversación sea real.
—Yo tampoco —admitió Basilio—. Llevo años aquí y aún me sorprende.
Damián observó a la caballera unos instantes.
Luego tuvo una idea.
Una idea brillante.
Una idea peligrosa.
Una idea que cambiaría por completo la dirección de aquella mañana.
—Tengo una propuesta.
Celeste entrecerró los ojos.
—Eso suena sospechoso.
—Té intimidante.
—¿Qué?
—Té intimidante.
—Eso no es una cosa.
—Claro que lo es.
—No lo es.
—Lo es porque acabo de inventarlo.
Basilio suspiró resignado.
—Prepararé el servicio.
Celeste miró al villano.
Luego a los mapas.
Después al mayordomo.
Finalmente volvió a mirar a Damián.
—Acepto.
—Excelente.
—Pero solo porque quiero entender por qué el supuesto enemigo del reino tiene mejores planes para las aldeas que el propio Consejo Real.
Damián sonrió.
—Y yo quiero entender por qué una heroína irrumpe en castillos sin respetar los horarios.
Basilio tomó nota mental de la escena.
La heroína y el villano caminaban hacia la sala de té discutiendo sobre infraestructura, corrupción y normas de etiqueta para invasiones.
Aquello difícilmente acabaría bien.
O quizá acabaría demasiado bien.
Y, por alguna razón, esa segunda posibilidad parecía mucho más peligrosa.