Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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Lo que queda después del humo
El funeral del presidente Casamayor padre de Ángela terminó a las tres de la tarde. Fue un acontecimiento impactante, multitudinario, agotador, insufrible y ella no siempre logró dominar sus emociones ante los presentes. No llegó a casa hasta pasadas las diez de la noche. No porque hubiera querido prolongar aquel horrible día. Sino porque la muerte, cuando pertenece a un hombre como su padre, rara vez termina cuando cierran el ataúd. Después del entierro estaba destrozada, pero aún así tuvo que recibir a los miembros del consejo que aparecieron con sus rostros cuidadosamente compuestos para expresar una tristeza que ninguno sentía realmente.
Tuvo que soportar a la tía Claudine preguntando por tercera vez cuándo se leería el testamento. Tuvo que sonreír ante las cámaras que aguardaban frente al cementerio y tuvo que tolerar el brazo de Alexander alrededor de su cintura, firme, posesivo, casi triunfal como un marido devoto. Sentía en él una mezcla muy homogénea de pena por la tragedia y de alegría por su sufrimiento. Era como si acabara de ganar algo. Como si la muerte de aquel hombre que todos creían que era su padre hubiera sido también una oportunidad para él.
Cuando finalmente Ángela cruzó la puerta de su alcoba de soltera en la Mansión Casamayor, se quitó los tacones en el recibidor y los dejó abandonados junto a la pared. No quería escuchar el sonido de sus propios pasos. No quería escuchar nada. La casa entera olía a flores marchitas. Durante todo el día habían llegado arreglos florales. Los empleados no se habían atrevido a retirar ninguno. Había rosas blancas sobre la mesa del comedor, lirios en la cocina y un enorme centro de orquídeas en el salón. Parecía un ataúd pequeño y elegante. Ángela permaneció contemplándolo durante varios segundos. ¡Qué ironía! Las flores estaban destinadas a representar vida. Aquella noche, sin embargo, solo parecían anunciar muerte. Su padre. Su protección. Su antigua vida. Todo aquello había terminado, pero no como ella lo había previsto.
-Deberías comer algo. -la voz de Dimitri llegó desde atrás. Estaba apoyado en el marco de la puerta, todavía vestido con el traje negro del funeral. Se había aflojado la corbata y llevaba el auricular de seguridad colgando del cuello. Había estado custodiando a Ángela desde las seis de la mañana.
No se había quejado una sola vez.
-No tengo hambre.
-No importa. Deberías comer igual. -la arrastró hasta la cocina revelando un conocimiento absoluto de la disposición de la mansión. La sentó en una silla de la isla de la cocina y abrió la nevera sin pedir permiso. Sacó un recipiente con sopa. Lo puso en el microondas. Ángela lo observó en silencio. Dimitri tenía esa irritante costumbre de comportarse como si las reglas no existieran. Cuando el microondas emitió el pitido, sirvió la sopa y colocó el tazón delante de ella. Después se sentó al otro lado de la isla. No dijo nada. Ángela tampoco. Miró la sopa. Luego a él.
-¿Qué? No le puse veneno.
-¿Por qué haces esto? ¿No me odias? Deberías estar feliz.
-No soy un monstruo. No me alegra la muerte de nadie.
-Pero te alegraría la mía.
-Nunca te he querido muerta.
-¿Entonces qué quieres? ¿Verme presa?
-Tampoco.
-¿Entonces?
-Come. La sopa se enfría. Hoy hacemos una tregua y fingimos que no quiero nada.
-Mientes fatal. -la comisura de los labios de Dimitri se levantó apenas. El silencio volvió a instalarse entre ellos. Ángela empezó a tomar la sopa. Cuando terminó puso el recipiente a un lado y dijo algo inesperado.
-Gracias Dimitri. Nunca olvidaré esta bondad. -él permaneció allí intuyendo, más que comprendiendo lo que ella había expresado. Aquello fue sincero.
-Alexander quiere que posponga la reunión del consejo. ¿Te lo dijo?
-No, pero los oí hablarlo.
-¿Y qué opinas?
-Que no es mi lugar opinar. -ella calló. Recordaba bien haberle dicho que los perros no opinan. Aquello era un juego antiguo entre ellos, pero aquella noche Ángela estaba demasiado cansada para continuar fingiendo.
-Dime qué opinas. -Dimitri sostuvo su mirada durante varios segundos. Después se pasó una mano por el rostro.
-Opino que Alexander tiene miedo. -Ángela no esperaba aquella respuesta.
-¿Miedo de qué?
-De ti. De que te recuperes y vuelvas a fastidiarlo. -la respuesta quedó suspendida entre ambos. Los dedos de Ángela se cerraron alrededor de la cuchara.
-¿Crees que debería celebrar la reunión mañana?
-Creo que deberías hacer exactamente lo que tenías planeado.
-Eso ya no se puede. -Dimitri la miró sorprendido. Ella aclaró. -Ya no tiene caso.
-¿Qué has hecho con Ángela? ¿Quién eres? ¿Dónde escondiste a la desalmada villana? -una risa breve escapó de la garganta de ella.
-Gracias por la confianza. -Dimitri se inclinó ligeramente hacia delante.
-No es confianza. Es certeza. Ángela, te vas a equivocar. Cometerás errores. Tomarás decisiones malas. Perderás algunas batallas. -sus ojos verdes se clavaron en los de ella. -Y yo voy a estar ahí para verlo. -aquella frase la golpeó con más fuerza de la que esperaba. Sí. Se había hecho de un enemigo paciente. Sintió algo extraño en el pecho. No era gratitud. Era algo más peligroso. Confianza.
-Gracias. A partir de mañana te devuelvo a tu villana desalmada, pero hoy déjame ser... -Dimitri asintió y durante unos segundos simplemente permanecieron allí. Sin consejo. Sin funeral. Sin parientes reclamando lecturas de testamento. Sin Alexander. Sin el peso de los apellidos Casamayor o Ríos. Solo dos personas agotadas compartiendo una cocina demasiado grande. Pero algunos momentos de paz tienen una característica cruel. Solo parecen tranquilos porque todavía no ha llegado aquello que está destinado a destruirlos. La puerta principal se abrió.
-¿Ángela? -la voz de Alexander atravesó el espacio. Dimitri se levantó inmediatamente. Ella no. Alexander apareció en la cocina con el abrigo todavía puesto y una botella de vino en la mano.
Su mirada pasó de Ángela a Dimitri y se detuvo. La expresión de su rostro cambió. No mucho. Apenas un endurecimiento alrededor de los ojos, pero Ángela lo conocía demasiado bien. -No sabía que seguías aquí. -le dijo a Dimitri.
-Estaba a punto de irme.
-Perfecto. -Alexander dejó la botella sobre la mesa. -Puedes hacerlo ahora. -Ángela levantó la mirada.
-Alexander eso ha sido grosero hasta para ti. Es tarde y Dimitri trabaja para mí.
-Y yo soy tu marido. -Ángela no pudo evitar una carcajada. Aquello era tan absurdo. Su marido. ¿Celoso porque ella compartía su vulnerabilidad momentánea con su amante sustituto? ¿Es que creía que se lo iba a quitar justo el día que enterró a su padre? La palabra marido quedó suspendida entre los tres.
-No te preocupes Alexander. No pienso quitarte a tu amante. No creo que yo sea de su agrado en ningún sentido. -ambos hombres se sonrojaron. Dimitri finalmente tomó su chaqueta. Antes de marcharse pasó junto a Alexander. Su mano rozó su hombro.
Un contacto breve. Casi invisible, pero Ángela lo vio y pensó que era realmente una pena.
-Mañana a las ocho. -ordenó secamente. Él no respondió La puerta se cerró y el silencio que dejó detrás fue mucho más pesado que el anterior. Alexander esperó unos segundos y se sentó. Ella miró la botella
-¿Qué? ¿Vas a celebrar la muerte de mi padre delante de mí? -Alexander suspiró.
-No. ¿Qué clase de persona crees que soy? -como ella no contestó, él explicó. -Esto es un regalo de tu tía Claudine. Una verdadera joyita tu tía. Quería saber cuándo se hará la lectura del testamento. Le dije que hasta que tu madre no despertara del accidente. Se le puso morada toda la cara.
-Buitre. Mi padre murió ayer, lo enterré hoy y ya quiere herencia. -la voz le salió más baja de lo esperado por la rabia contenida. Después siguió. -Mi madre está en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte. -tragó saliva. -Mañana tengo que sentarme en la silla de un hombre que todavía no está frío en la tumba y convencer a doce personas de que soy capaz de dirigir el imperio que construyó. Lo miró directamente. -No tengo fuerzas para discutir contigo sobre nada Alexander. Así que esta noche, solo esta noche, déjame en paz. -él permaneció inmóvil.
-Está bien. Me llevo el regalo de tu tía. Espero sinceramente que tu padre no le haya dejado nada para que le devuelvas la cortesía. -Ángela lo miró sorprendida. Eso había sonado muy sincero. ¿Qué le pasaba a aquellos dos hombres esa noche? Hasta sintió miedo. Sabía lidiar con enemigos, pero no con la compasión.
Se fue a la cama sin quitarse el maquillaje. Sin cambiarse el vestido negro. Se acostó mirando el techo mientras la ciudad seguía respirando detrás de los cristales. Solo entonces le permitió a su mente desde que enterraron a su padre, que hiciera aquello que llevaba horas evitando. Recordar. Recordó sus risas cuando era niña. Antes de que todo se volviera complicado. Antes de que ella descubriera el secreto de su madre y su hogar se convirtiera en un campo de batalla por obtener un lugar que no le correspondía. Recordó la última vez que lo había visto con vida. Le había dicho que estaba orgulloso de ella. Ella nunca le había dicho que también estaba orgullosa de él. Cerró los ojos. Pensó en su madre. Se salvaría o también tendría que enterrarla sin decirle que su hijo estaba bien y que quería conocerla para que ella le explicará si había valido la pena abandonarlo.
Entonces llegó sin previo aviso despiadado y devastador. Era un dolor profundo. Casi físico que le nacía del alma. El dolor culpable se presentó en ese cuarto oscuro donde tantas veces su padre le dio un beso de buenas noches. Ahora las palabras no dichas se sentaban a esperar. El peso de un "te quiero" que se quedó atrapado en la garganta, creyendo que habría tiempo, que habría otra llamada, otra tarde, otra oportunidad y ahora, ante la partida inevitable, el arrepentimiento llegaba tarde, como un invitado que se equivocó de fecha. Le dolía no haber dicho esas palabras cuando aún podían ser escuchadas, cuando aún podía hacer eco en unos oídos vivos. Dolía saber que el amor estaba ahí, intacto, pero mudo y en ese silencio que ahora pesaba más que cualquier palabra, la pena se volvía una forma extraña de seguir queriendo. Con culpa, con memoria, con la esperanza imposible de que el alma de su padre alcanzara a escuchar, en el último instante, todo lo que ella había callado por miedo o por costumbre.