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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:449
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

A Fuego Lento

Dicen que después de la tormenta llega la calma. Con nosotros ocurría exactamente lo contrario: después del fuego, solo quedaban cenizas calientes dispuestas a prenderse con la más mínima chispa.

Habían pasado menos de doce horas desde la madrugada anterior, y el recuerdo de haberme tocado en la oscuridad pensando en su voz todavía me quemaba la piel. Me sentía hiperactiva, con los nervios a flor de piel y una pésima concentración. Para empeorar las cosas, la rutina no daba tregua: un recado me había obligado a salir al centro de la ciudad bajo el sol sofocante de la tarde.

Iba caminando por una de las avenidas más concurridas, intentando disipar el zumbido constante de su nombre en mi cabeza, cuando doblé la esquina y choqué de frente con alguien.

-¡Fíjate por dónde... -empecé a decir con fastidio, levantando la vista de golpe.

Las palabras se me murieron en la garganta.

No era un extraño. Era él.

Liam se detuvo en seco, con una bolsa de papel en la mano y la misma chaqueta de cuero oscura colgada del hombro. Al verme, su mandíbula se tensó imperceptiblemente y sus ojos oscuros se abrieron un poco más de lo normal, reflejando exactamente la misma sorpresa incrédula que sentía yo.

La probabilidad de encontrarnos en medio de una ciudad caótica, a kilómetros de nuestras casas y a plena luz del día, era ridículamente baja. Pero con nosotros, las leyes de la estadística simplemente no aplicaban.

-Vaya... con que el destino insiste en ponerte enfrente de mí -murmuró su voz ronca, con una media sonrisa cínica y torcida que tardó un segundo en formarse en sus labios.

La rabia, rápida y humeante, se mezcló de inmediato con un deseo tan intenso que me aflojó las rodillas. Quería dar media vuelta y huir corriendo, pero mis pies se negaban a obedecer.

-No digas estupideces, Black -le solté en un susurro furioso, cruzándome de brazos e intentando armar un muro invisible entre los dos a pesar del gentío que pasaba a nuestro alrededor-. Ha sido una maldita coincidencia. Nada más.

Liam dio un paso al frente, acortando el espacio hasta que quedó a apenas unos centímetros de mí. Su perfume -madera, tabaco y esa cercanía que ya conocía como a mi propio cuerpo- me envolvió por completo, haciendo que cada célula de mi piel recordara las caricias de la madrugada anterior.

-Qué casualidad tan conveniente, ¿no crees? -replicó él en un susurro áspero, bajando la vista hacia mis labios por un segundo antes de volver a clavarla en mis ojos-. Anoche me dejaste con las ganas de terminar lo que empezamos en la puerta de tu casa. ¿Y ahora te apareces aquí?

El aire me quemó en la garganta.

-Anoche no pasó nada, estabas soñando -mentí con los dientes apretados, aunque mis manos temblaban ligeramente dentro de los bolsillos de mi abrigo.

Liam soltó una carcajada baja, corta y sin humor, y sin previo aviso, levantó una mano para deslizar sus dedos con rudeza por mi mandíbula, obligándome a sostenerle la mirada. Su pulgar rozó mi labio inferior con una lentitud desesperante.

-No mientas, Zoé. Tienes mi nombre grabado en la piel y los dos lo sabemos -susurró con una intensidad que me dejó sin respiración-. Y lo peor es que tú tampoco puedes vivir sin esto.

La tensión entre nosotros se volvió tan densa que parecía que el bullicio de la avenida, el tráfico y las bocinas se hubieran apagado por completo. Mis manos se cerraron en puños, luchando contra el impulso idiota de abalanzarme sobre su cuello y besarlo allí mismo, a la vista de todo el mundo.

El bullicio de la avenida pareció evaporarse, reduciéndose al sonido furioso de nuestros latidos compitiendo contra el tráfico.

Sus dedos en mi mandíbula no eran una caricia; eran una marca de posesión, una cadena invisible que me anclaba a él sin importar cuántas veces jurara que iba a huir. Su mirada oscura, fija en mis labios, quemaba con la misma urgencia desesperada que nos había devorado la madrugada anterior.

-Esto es una locura, Liam -logré exclamar en un hilo de voz, sintiendo que el suelo se me movía bajo los pies-. Quítame las manos de encima. Hay demasiada gente...

-Que miren lo que les dé la gana -me cortó él con una voz ronca, áspera, que se me metió directo hasta los huesos. Su rostro se inclinó un poco más, rozando peligrosamente el límite-. Estoy harto de fingir que no te necesito como el aire, Zoé.

Sin darle tiempo a pensar, sin dejarme armar ninguna defensa, Liam me agarró con firmeza de la muñeca y tiró de mí sin contemplaciones. No me dio oportunidad de protestar; abrió la puerta de un callejón estrecho y sombrío que quedaba justo entre dos tiendas locales, apartándonos del gentío y de las miradas curiosas del mundo exterior.

El frío repentino de la sombra del callejón chocó contra el calor febril de nuestros cuerpos. Me estrelló con suavidad pero con una fuerza inquebrantable contra la pared de ladrillos rugosos, bloqueándome por completo con su cuerpo alto y pesado. El espacio entre nosotros desapareció en una fracción de segundo.

-¿Estás loco? ¡Alguien nos puede ver! -le siseé, con el pecho subiendo y bajando de manera caótica, sintiendo el aroma de su colonia mezclado con la adrenalina pura.

-Que nos vean -murmuró Liam contra mis labios, con una sonrisa torcida y peligrosa que me desarmó por completo-. A ver si así de una vez entiendes que eres mía, Zoé.

Y antes de que pudiera volver a articular una sola palabra de resistencia, su boca devoró la mía.

Fue un beso hambriento, desesperado, casi violento, cargado de toda la frustración de las horas pasadas y la abstinencia acumulada. Mis manos, traicionando a mi cabeza, volaron de inmediato a su nuca, enredándose con fuerza en su cabello negro, tirando de él para pegarlo aún más a mí, mientras su mano grande se deslizaba por mi cadera, apretándome con tanta fuerza que supe que dejaría marcas.

El mundo exterior dejó de importar. No existían las calles, ni la gente, ni las advertencias, ni nuestras familias. Éramos solo nosotros dos, cayendo una vez más en el mismo abismo delicioso y destructivo del que ninguno de los dos quería ser rescatado.

El beso era tan intenso, tan caótico y desesperado, que sentí cómo el suelo desaparecía bajo mis pies. Mis manos se aferraron con más fuerza a su nuca, arqueando mi cuerpo hacia él, suplicando en silencio lo que ambos sabíamos que queríamos. La mano de Liam se deslizó por mi cadera con una posesión abrasadora, pegándome por completo a su cuerpo, haciéndome sentir otra vez esa firmeza dura que me recordaba la madrugada anterior. Estábamos a un solo segundo de perder el control por completo, de ignorar el mundo entero en medio de la penumbra de ese callejón.

Pero de pronto, Liam se detuvo.

Sus labios se separaron de los míos con brusquedad. Apoyó la frente contra la pared, justo al lado de mi cabeza, respirando de manera errática, con el pecho subiendo y bajando violentamente mientras intentaba recuperlar el aire.

-Aquí no, Zoé -su voz sonó como un ronco gruñido de pura frustración, mientras cerraba los ojos con fuerza y apretaba los puños-. Aquí no.

Lo miré, con los labios hinchados, el pulso desbocado y la piel ardiendo por el contacto reciente. La sorpresa y el desconcierto me golpearon el pecho.

-¿Qué? -alcancé a decir en un suspiro incrédulo, con la voz temblando de rabia y deseo-. ¿Ahora te pones prudente, Black? ¿En serio?

Liam abrió los ojos lentamente. Su mirada oscura estaba cargada de una electricidad peligrosa, pero también de una fría y férrea determinación. Se apartó un poco, dándome espacio para respirar, aunque su cuerpo seguía bloqueando cualquier salida del callejón.

-No es cuestión de prudencia, es cuestión de dignidad -escupió con una media sonrisa cínica, pasándose una mano temblorosa por el cabello revuelto-. Si voy a hacerte perder la cabeza de nuevo, si voy a destruir cada una de tus defensas como lo hago siempre, no va a ser escondidos en un callejón apestoso a plena luz del día, con cualquier extraño pudiendo interrumpirnos.

Sus palabras me cayeron como un golpe seco en el estómago, avivando un fuego aún más oscuro en mis venas. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que incluso en medio de la locura y el deseo, él tuviera ese control retorcido sobre los dos.

-Eres un imbécil manipulador, Liam -le solté con los dientes apretados, intentando arreglarme la ropa de un manotazo y recuperar el aliento-. Te encanta jugar al límite solo para ver cómo caigo.

-¿Jugar? -Liam dio un paso al frente de nuevo, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron peligrosamente el lóbulo de mi oreja, haciéndome estremecer por completo-. Esto no es ningún juego, Zoé. Y tú lo sabes mejor que nadie.

Retrocedió un par de pasos, saliendo del callejón hacia la luz del sol de la avenida, dejándome allí plantada, con el corazón golpeándome las costillas y el cuerpo pidiendo a gritos lo que acababa de negarme.

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