Él apostó que podía conquistarla.
Ella decidió demostrarle que no sería tan fácil.
Isabella no buscaba enamorarse. Sebastián solo quería ganar una apuesta.
Pero entre miradas, provocaciones y besos que empezaron como parte de un juego, algo inesperado comenzó a crecer entre ellos.
Porque cuando el corazón entra en juego, ya no existen apuestas seguras. ❤️🔥
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UNA VERDAD A MEDIAS
Los días siguientes fueron diferentes.
Isabella y Sebastián ya no necesitaban buscar excusas para estar juntos.
Simplemente ocurría.
Un café antes de clases.
Un mensaje durante el día.
Una caminata al salir de la universidad.
Una llamada que comenzaba con un simple “¿qué haces?” y terminaba horas después.
Isabella empezaba a acostumbrarse a él.
Y eso la asustaba.
Una tarde, mientras caminaban por el campus, Sebastián la miró.
—Estás muy callada.
—Estoy pensando.
—Eso siempre es peligroso.
Ella sonrió.
—Estoy pensando en nosotros.
Sebastián se detuvo.
—¿En nosotros?
Isabella también se detuvo.
—Sí.
—¿Y qué estás pensando?
Ella bajó la mirada.
—Que todo esto está pasando demasiado rápido.
Sebastián guardó silencio.
—¿Te arrepientes?
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Él sonrió.
—Entonces está bien.
—Pero tengo miedo.
—¿De qué?
Isabella respiró profundamente.
—De confiar en alguien y terminar descubriendo que no era quien creía.
Las palabras golpearon a Sebastián.
Por un instante quiso decirle toda la verdad.
Quiso contarle sobre aquella noche.
Sobre la apuesta.
Sobre sus amigos.
Pero no pudo.
—Yo no quiero hacerte daño —dijo finalmente.
Isabella levantó la mirada.
—Eso espero.
---
Esa misma tarde, Sebastián recibió un mensaje.
“Tenemos que hablar.”
Era uno de sus amigos.
Sebastián frunció el ceño.
No respondió.
El teléfono volvió a vibrar.
“No puedes seguir ignorando la apuesta.”
Sebastián guardó el teléfono.
No quería pensar en eso.
Mucho menos ahora.
Porque Isabella estaba comenzando a confiar en él.
---
Al día siguiente, Isabella llegó a la universidad y encontró a Sebastián esperándola.
—Buenos días.
—Buenos días.
Él le entregó una pequeña bolsa.
—¿Qué es?
—Ábrela.
Dentro había un libro.
Isabella lo reconoció inmediatamente.
—¿Cómo lo conseguiste?
—Me dijiste que llevabas meses buscándolo.
Ella lo miró sorprendida.
—Está agotado.
—Lo sé.
—¿Dónde lo encontraste?
—Eso es secreto.
Isabella sonrió.
—Gracias.
Se acercó y lo abrazó.
Sebastián se quedó inmóvil durante un segundo.
Después rodeó su cuerpo con los brazos.
—De nada.
Cuando se separaron, Isabella lo miró a los ojos.
—Me estás malacostumbrando.
—Esa es la idea.
Ella sonrió.
—Sebastián...
—¿Sí?
—Me gusta estar contigo.
Él sintió que el corazón se le aceleraba.
—A mí también.
---
Más tarde, mientras Isabella estaba en clase, Sebastián se encontró con sus amigos.
—Ya basta —dijo uno.
—¿De qué?
—De fingir que esto no existe.
Sebastián lo miró seriamente.
—No estoy fingiendo.
—Entonces termina lo que empezaste.
—No quiero.
Hubo silencio.
—¿Qué dijiste?
Sebastián respiró profundamente.
—No quiero seguir con la apuesta.
Uno de ellos soltó una carcajada.
—No puedes retirarte ahora.
—Sí puedo.
—No después de haber aceptado.
—Me da igual.
—¿Y qué vas a hacer cuando Isabella descubra todo?
Sebastián se quedó callado.
Su amigo sonrió.
—Porque tarde o temprano lo sabrá.
Sebastián apretó los puños.
—Yo se lo diré.
—¿Cuándo?
Él no respondió.
Porque no tenía respuesta.
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Esa tarde, Isabella recibió un mensaje de Sebastián.
“¿Podemos vernos?”
“Claro. ¿Pasa algo?”
Tardó varios minutos en responder.
“Quiero hablar contigo.”
Isabella sintió una extraña inquietud.
No sabía qué ocurría.
Pero algo le decía que aquella conversación podía cambiarlo todo.
Mientras tanto, Sebastián estaba sentado solo en su automóvil.
Miró el teléfono.
Luego miró una fotografía que Isabella le había enviado aquella mañana.
Sonrió.
Y después cerró los ojos.
Había llegado el momento de decidir.
Seguir ocultándole la verdad...
o arriesgarse a perderla.
Por primera vez, Sebastián comprendió que ambas opciones podían terminar de la misma manera.
Con Isabella lejos de él.