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La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

La Villana Que Dejó De Perseguir Al Príncipe

Status: Terminada
Genre:Mundo mágico / Villana / Mujer poderosa / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.

Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.

Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.

Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".

Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.

Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 - El invierno que se va

El invierno se fue de golpe. Un día me levanté y la nieve ya no estaba blanca. Estaba gris y con barro abajo. El viento del cerro ya no entraba tan fuerte por la calle del fondo y la puerta del local ya no temblaba. El agua de la acequia sonaba más fuerte porque bajaba con hielo derretido. Mi madre dijo que eso es señal de que la primavera viene, aunque todavía haga frío en la mañana.

Las seis cajas de cartón que hicimos para los perros callejeros estaban todas rotas. El plástico que les pusimos por fuera se rompió con el viento y el cartón se mojó y se dobló. Dos perros todavía dormían adentro, aunque las cajas estaban casi en el suelo. Leo me dijo que había que hacer otras nuevas y que esta vez había que hacerlas de madera para que no se rompieran. Le dije que no teníamos madera y que no teníamos plata para comprar. Me dijo que su tío tenía tablas viejas de un galpón que tiraron y que nos las regalaba si las íbamos a buscar.

El martes fuimos con el carro de Silas a buscar las tablas. Eran tablas largas, con clavos oxidados y con olor a tierra. Las trajimos al refugio y las limpiamos con agua y con un cepillo. Silas vino en la tarde y nos enseñó cómo se saca un clavo sin romper la tabla y cómo se corta derecho con el serrucho. Cortamos las tablas en pedazos chicos y hicimos cuatro cajas nuevas, más bajas y más largas que las de cartón. Les pusimos techo con una tabla inclinada para que no se junte agua y les pusimos adentro una de las mantas nuevas que trajo Clara. Quedaron firmes y sin olor a cartón mojado.

Las pusimos en la misma calle del fondo, donde estaban las otras. Los perros callejeros se acercaron a olerlas en la noche. A la mañana siguiente, las cuatro cajas estaban ocupadas. Un perro grande, negro, que nunca se metía en las de cartón, estaba adentro de una de madera con la cabeza afuera. En mi cabeza escuché, caliente, seco, gracias. Le dije a Leo, mira, le gusta. Leo se rió y me dijo que ahora sí parecían casas.

Los tres gatitos ya comían solos. Ya no tomaban mamadera. Comían comida blanda que les compré con la plata del establo del rey. Ya caminaban bien y se subían a la mesa del refugio y se caían y volvían a subirse. Tizón los miraba desde arriba de la repisa con cara de enojado porque le ocupaban su lugar. En mi cabeza escuché a Tizón, mucho ruido, no me dejan dormir. Le dije que se aguantara porque pronto se iban a ir.

El miércoles vino una señora de la capital con su hija. Había visto fotos de los gatitos que subió Clara a la página de la escuela. Quería adoptar uno. Le mostré los tres y le dije cómo los encontramos y cómo los cuidamos. Su hija agarró al gatito gris, el que siempre se sube a la mesa, y lo abrazó. El gatito no lloró. En mi cabeza escuché, manos suaves, me gusta. Le dije a la señora que si lo adoptaba, tenía que darle comida blanda por una semana más y traerlo a control en diez días. Me dijo que sí y me firmó un papel que hice con ayuda de don Ernesto, que decía que lo iba a cuidar y que no lo iba a dejar en la calle. Se fueron con el gatito gris en una caja con una manta. Los otros dos gatitos lo buscaron esa noche y lloraron un poco.

El jueves limpié el local viejo. Saqué todas las mantas, las lavé y las puse al sol para que se secaran. Barrí el piso y saqué el barro que entró con el deshielo. Bruno me ayudó moviendo la cola y tirando tierra para todos lados. Leo me dijo que ahora que se va el invierno, iban a llegar otros animales, con pulgas y con garrapatas por el pasto nuevo. Me dijo que teníamos que comprar el líquido para eso. Le dije que con la plata que me dio el municipio por la comida de perros, alcanzaba para comprar un frasco chico.

En la tarde vino Silas con Nieve. La trajo caminando desde el establo del rey porque el encargado quería que caminara un poco todos los días para que no se le hinchara la pata. Nieve entró al refugio y miró todo con los ojos grandes. Los dos gatitos que quedaban se subieron a su lomo y Nieve no se movió. Se quedó quieta y los dejó estar. En mi cabeza escuché, chiquitos, suaves. Le dije a Silas que Nieve era la yegua más tranquila que había visto. Me dijo que era porque ya me conocía y porque sabía que acá no le íbamos a hacer nada malo.

Cuando Silas se llevó a Nieve de vuelta, me quedé sola en los dos locales con la puerta abierta porque ya no hacía tanto frío. Se escuchaba el agua de la acequia y los perros ladrando lejos, contentos porque ya no tenían frío. Tizón se acostó en la repisa del local nuevo y Bruno en la puerta del local viejo, cada uno en su lugar. Los dos gatitos dormían juntos en la caja con la manta nueva.

Escribí en mi cuaderno, día noventa y ocho, se fue el invierno, hicimos cuatro cajas de madera con tablas viejas, todas ocupadas, adoptaron al gatito gris, limpié los dos locales, vino Nieve y dejó que los gatitos se subieran a su lomo. Abajo escribí, antes perseguía a alguien para que me sacara de este pueblo. Ahora veo cómo se va el invierno de este pueblo y quiero quedarme para ver cómo entra la primavera.

Apagué las dos luces amarillas y salí con Tizón en mi bufanda. Bruno me siguió hasta la esquina como siempre. La calle del fondo ya no tenía nieve, tenía barro y charcos, pero las cuatro cajas de madera se veían secas y con perros adentro, respirando tranquilos. Caminé a casa con las botas con barro y con el papel de adopción del gatito gris en el bolsillo, pensando que mañana iba a tener que hacer dos cajas más porque ya no quedaba ninguna vacía.

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bruja de la imaginación 👿😇
me gustó mucho está historia 🥰
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