Víctima de la traición y de los falsos rumores orquestados por quien creía su hermano de crianza, Melody muere trágicamente en la helada solitud de la corte imperial. Convertida en un espectro atado a la tierra antes de que la magia del tiempo le otorgue una segunda oportunidad, presenciará la macabra verdad tras las sonrisas de la aristocracia y jurará reescribir su destino.
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Capítulo 8: El eco de la humillación
El rostro de Melody ardió de ira y humillación violenta. La acusación de las cartas era una falsedad absoluta, ruin y descarada. Incapaz de contener durante un segundo más el torrente de impotencia que llevaba acumulando durante meses, la joven duquesa dio varios pasos al frente, saliendo de la sombra de la columna.
—¡Eso es una difamación infame, señorita Julieta! —declaró Melody con una voz temblorosa pero lo suficientemente clara como para resonar en el ala oriental del salón—. ¡Jamás he enviado una sola nota a la residencia del conde de Rosewood! ¡Exijo que detenga inmediatamente esta campaña de calumnias contra mi honor!
El salón entero guardó un silencio sepulcral. La música de la orquesta pareció desafinar y detenerse.
Julieta dio un salto dramático hacia atrás, ocultándose de inmediato detrás del brazo de Felipe con una expresión perfectamente actuada de terror e indefensión.
—¡Lo ven! —sollozó Julieta, dejando caer lágrimas instantáneas sobre sus mejillas—. ¡Siempre me ataca con esa violencia! ¡No puedo soportar más esta persecución!
Felipe dio un paso al frente, interponiéndose entre ambas. Su rostro no reflejaba turbación, sino una severidad fría, impostada y teatral, diseñada para el público que los rodeaba.
—Lady Melody, ya es suficiente —dijo Felipe con una voz potente que retumbó en cada rincón del salón imperial—. Admito que nos une un afecto del pasado y una crianza compartida, pero no voy a permitir que continúe faltándole el respeto y acosando a mi futura esposa. Su obsesión enfermiza ha sobrepasado todos los límites de la decencia aristocrática. Le pido que se retire de este evento y respete nuestro compromiso de una vez por todas.
Las palabras de Felipe fueron la ejecución pública de Melody. Ver al hombre que consideraba su hermano usar una mentira tan vil para aplastarla frente a todo el imperio destruyó el último remanente de su templanza.
A su alrededor, los murmullos de asco y desprecio se transformaron en un rugido sordo. Al buscar auxilio visual, vio a sus propios padres a lo lejos, quienes bajaron la cabeza con profunda vergüenza, incapaces de sostenerle la mirada.
Sin pronunciar una palabra más, con el alma hecha pedazos y las lágrimas cegándole la vista por completo, Melody dio media vuelta y echó a correr fuera del salón de fiestas.
Melody corrió a través de los interminables pasillos de mármol del palacio imperial, buscando desesperadamente escapar de las miradas, del juicio social y del sofocante aire impregnado de falsedad. Sus lágrimas caían sin control, empañando su visión, mientras el sonido agonizante de sus propios sollozos amortiguaba la distante música del baile que quedaba atrás.
Empujó con desesperación las pesadas puertas de cristal que daban acceso a las terrazas superiores del palacio. Al salir, la noche invernal la recibió con una ferocidad helada. Una llovizna congelada caía intensamente sobre la capital, amenazando con convertirse en una nevada feroz, y el viento helado le azotó el rostro, cortándole la respiración.
Sin importarle el frío atroz ni llevar una capa de piel que la resguardara, Melody continuó corriendo a ciegas hacia la amplia escalinata exterior de mármol blanco que descendía en varios tramos hacia los jardines imperiales. Lo que la joven no pudo advertir en su desesperada huida era que cada peldaño de mármol estaba cubierto por una fina, lisa e invisible capa de hielo cristalizado.
—¿Por qué...? —sollozaba entre dientes, abrazándose los hombros mientras bajaba apresuradamente los primeros escalones—. ¿Por qué nadie quiso escucharme? ¿Por qué me destruiste de esta manera, Felipe...?
Al apoyar el pie derecho en el quinto peldaño, la suela de su zapato de raso resbaló bruscamente sobre la superficie helada.
El tiempo pareció detenerse en una fracción de segundo agónico. Melody perdió el equilibrio por completo. La gravedad la arrastró con una fuerza despiadada hacia adelante y abajo.
El primer impacto de su espalda contra el borde afilado del escalón de piedra le expulsó todo el aire de los pulmones con un chasquido sordo. Rodó de forma violenta y descontrolada por la escalinata, golpeándose brutalmente el hombro, las costillas y, finalmente, la base del cráneo contra el borde del descansillo inferior de mármol.
Un sonido seco, crujiente y espantoso resonó en la noche silenciosa.
Melody quedó tendida boca arriba sobre la losa congelada. El dolor en la nuca y la columna vertebral era tan abrumador y paralizante que ni siquiera pudo emitir un grito. Sintió una calidez espesa, ardiente y constante extenderse rápidamente por debajo de su cabeza, contrastando de forma macabra con el hielo de la piedra: su propia sangre creaba un charco oscuro sobre la blancura del mármol.
Intentó mover los dedos de la mano o emitir un hilo de voz para pedir auxilio, pero su cuerpo no respondió. Su respiración se convirtió en un silbido agonizante, entrecortado y cada vez más distante. Su vista, fija en el cielo nocturno sin estrellas, comenzó a cerrarse por bordes negros que devoraban la luz.
El frío de la piedra penetró en sus huesos, anestesiando poco a poco el dolor abrasador. Con un último, débil y leve suspiro que se convirtió en una pequeña nube de vapor en el aire helado, los ojos azules de Melody perdieron definitivamente su brillo y su corazón cesó de latir.