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Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Tu Mozart, Yo Ronaldhino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Hijo/a genio / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.

Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.

Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.

Hasta que el destino los hizo encontrarse.

Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.

Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.

Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...

sino al mundo que tu corazón elige.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La casa Green

Mozart estaba frente a la puerta de la casa de Emmet Green con la bolsa de deporte al hombro y el corazón latiéndole de una manera que no tenía nada que ver con correr.

Diño le había dado instrucciones durante toda la semana. *Responde mientras te quitas las zapatillas. Di que el control de izquierda te costó. Come pasta y asiente cuando diga "mira ese pase".* Mozart se había repetido cada frase tantas veces que las palabras ya no sonaban a instrucciones. Sonaban a un guion de teatro que estaba a punto de interpretar frente al público más difícil del mundo.

Su padre.

Respiró. Levantó la mano. Llamó.

Tres segundos. Cuatro. Cinco.

La puerta se abrió.

Emmet Green era más alto de lo que Mozart recordaba. Más ancho de hombros. Tenía una camiseta gris con las mangas remangadas y una mancha de salsa de tomate en el antebrazo. El pelo corto, ligeramente canoso en las sienes. Y unos ojos que Mozart conocía porque se los veía cada mañana en el espejo.

—Llegas tarde —dijo Emmet.

—Lo siento. El entrenamiento se alargó.

Emmet se hizo a un lado.

—Pasa. La pasta está casi lista.

Mozart cruzó el umbral. Y el mundo de Emmet Green lo golpeó como una ola.

La sala era un museo del fútbol. No un museo ordenado ni pretencioso, sino uno vivido. Botas enmarcadas en la pared. Una camiseta del Manchester con el número diez, firmada por todos los jugadores de una temporada que Mozart no alcanzó a vivir. Fotografías de equipos enteros, de celebraciones, de copas levantadas bajo lluvia y confeti. Y en una estantería, tres trofeos pequeños que brillaban con la luz de la lámpara del techo.

Mozart se quedó mirando una foto en particular. Emmet, más joven, con el pelo largo y una sonrisa enorme, sosteniendo una copa sobre la cabeza. Detrás de él, una multitud desdibujada. Y al lado, otra foto más pequeña, casi escondida entre los trofeos. Una chica joven. Cabello color madera de violín. Un estuche rígido a la espalda.

Mozart sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

Clara.

Su madre. Joven. Sonriendo. En un bar que él no conocía.

—¿Ronaldhino?

La voz de Emmet lo sacó del trance.

—¿Sí?

—¿Te vas a quedar mirando la pared o vas a venir a comer?

Mozart parpadeó. Asintió. Siguió a Emmet hacia la cocina, pero la imagen de aquella foto se le quedó grabada en la retina como una quemadura.

La cocina era pequeña, funcional, con una mesa de madera gastada y dos sillas. No cuatro. Dos. Emmet sirvió un plato de pasta con salsa de tomate y lo dejó frente a Mozart. Después se sirvió el suyo y se sentó.

—¿Cómo fue? —preguntó, exactamente como Diño había predicho.

Mozart se quitó las zapatillas bajo la mesa, tal como le habían instruido.

—Bien. Pero el control de izquierda sigue costando.

Emmet asintió sin levantar la vista del plato.

—Practica en casa.

—Practico en casa.

—Entonces practica más.

Mozart sonrió por dentro. Diño había clavado la predicción. Cada palabra. Cada gesto. Era como si hubiera ensayado esta cena mil veces.

Comieron en silencio durante unos minutos. Emmet encendió la televisión pequeña que había sobre la encimera. Repeticiones de un partido antiguo. El Manchester contra un equipo que Mozart no reconoció.

—Mira ese pase —dijo Emmet, señalando la pantalla con el tenedor.

Mozart miró. Un centrocampista había enviado un balón largo, curvo, perfecto, que cayó exactamente en los pies del delantero.

—Impresionante —dijo Mozart, con la boca medio llena.

Emmet asintió. Satisfecho. Volvió a comer.

Mozart se relajó un milímetro. La cena estaba funcionando. El guion se estaba cumpliendo. Podía hacerlo. Podía ser Diño. Podía ser el hijo que Emmet esperaba.

Pero entonces Emmet dijo algo que no estaba en el guion.

—¿Sabes? Ese pase me lo enseñó una persona hace mucho tiempo.

Mozart levantó la mirada.

—¿Quién?

Emmet se quedó mirando la pantalla. El partido seguía corriendo, pero sus ojos estaban en otro sitio.

—Nadie importante. —Tomó un sorbo de agua—. Alguien que me enseñó que las cosas más bonitas no se planean. Se sienten.

Mozart dejó el tenedor sobre el plato. Despacio.

—¿Y qué le pasó a esa persona?

Emmet lo miró. Algo en su expresión cambió. Un destello breve, como una nube pasando frente al sol.

—Se fue.

—¿Adónde?

—A Grecia.

El silencio se hizo más denso. Mozart sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas. Grecia. Su madre. En aquella cocina, en aquella mesa, su padre acababa de mencionar a Clara sin saber que estaba hablando con su otro hijo.

—¿La querías? —preguntó Mozart.

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. No era una pregunta de Diño. Diño nunca habría preguntado eso. Pero Mozart no pudo evitarlo.

Emmet lo miró durante un segundo largo. Después sonrió. Una sonrisa pequeña, cansada, que no llegaba del todo a los ojos.

—Come la pasta, Ronaldhino. Se enfría.

Mozart bajó la mirada. Tomó el tenedor. Comió.

Pero la palabra *Grecia* se le quedó clavada en el pecho como una astilla.

---

Después de la cena, Emmet se fue a ver la televisión a la sala. Mozart recogió los platos, los lavó y los secó con un trapo que olía a limón. Cuando terminó, subió las escaleras hacia la habitación de Diño.

La puerta estaba entreabierta. Entró.

La habitación era exactamente lo que esperaba y nada de lo que esperaba. Una cama deshecha. Una bolsa de deporte tirada en el suelo. Pósters de futbolistas en las paredes. Una estantería con zapatillas de distintos colores. Y en un rincón, casi escondido, un pequeño reproductor de música con una pila de discos compactos.

Mozart se acercó. Pasó los dedos por las carátulas. Bach. Vivaldi. Paganini. Y uno, al fondo, que no tenía nombre. Solo una etiqueta escrita a mano con letras pequeñas: *C. S.*

Clara Steimos.

Mozart tomó el disco. Lo giró entre los dedos. No se atrevió a ponerlo. Lo dejó en su sitio con un cuidado que le temblaba en las manos.

Se sentó en la cama. Miró la habitación. Miró las paredes. Miró el techo.

Esta era la vida de su hermano. Esta era la casa de su padre. Y él estaba en el medio, vestido con la ropa de Diño, con el pelo de Diño, respondiendo como Diño, pero sintiéndose más Mozart que nunca.

Su teléfono vibró. Un mensaje.

*Diño: "¿Cómo fue?"*

Mozart sonrió. Escribió:

*"Bien. Pero la pasta estaba demasiado salada."*

Tres segundos después, la respuesta:

*Diño: "Siempre está demasiado salada. Es su forma de decir que te quiere."*

Mozart miró la pantalla. Miró la habitación. Miró el disco sin nombre en la estantería.

Escribió:

*"Diño."*

*"¿Qué?"*

*"Papá tiene una foto de mamá en la sala."*

El mensaje se quedó en *visto* durante un minuto entero. Después:

*"Lo sé. Yo también la vi. Hace años. Nunca le pregunté."*

*"¿Por qué?"*

*"Porque tenía miedo de que me dijera la verdad. Y porque tenía miedo de que no me la dijera."*

Mozart dejó el teléfono sobre la cama. Se tumbó boca arriba. Miró el techo. Desde abajo, la voz de Emmet llegaba apagada, comentando un pase que nadie estaba viendo.

Mozart cerró los ojos.

Mañana tenía entrenamiento. Mañana tenía que correr, regatear, patear un balón frente a veinte chicos que llevaban toda la vida jugando juntos. Mañana tenía que ser Ronaldhino Green, la joven promesa del Manchester, el hijo del capitán.

Pero esta noche, en esta habitación, con el olor a pasta y a limón y a resina vieja, Mozart Steimos se permitió ser solo un chico de dieciséis años que acababa de conocer a su padre.

Y que quería quedarse un poco más.

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mariadr esquivelp
escritora no diga q no es su hijo porq si lo es solo q no es el q ella crío ya lo he leído en varios capitulos
EspirituCreativo: Claro que es su hijo lectora, pero no el que crío personalmente jeje
total 1 replies
EspirituCreativo
Ooo
minjoon
amooo lo leo
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