Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
NovelToon tiene autorización de Pamela Calcumil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 9 ARCHIVO CEREADO
El beso le supo a café frío y a culpa.
Dmitri la soltó primero. Como si se hubiera quemado.
Respiraban fuerte. Los dos.
Ana se tapó la boca con la mano. Ojos abiertos. Sin lentes.
—¿Qué... qué hicimos? —susurró.
—Algo que no debimos —dijo él. Voz ronca—. Y lo volvería a hacer.
Se dio vuelta. Se pasó las manos por el pelo.
—Vete —dijo sin mirarla—. Sube. Agarra tus cosas. Y vete a casa.
Ana no se movió.
—Señor Volkov...
—Dmitri —la cortó—. Cuando estás así, soy Dmitri.
Ella cerró los ojos. Le dolía.
—Me voy —dijo. Agarró los lentes de la mesa. Se los puso rápido. Como si fueran un escudo—. Buenas noches.
Salió corriendo antes de que él pudiera decir otra palabra.
*Martes. 8:00 AM.*
Ana no fue.
Dmitri llegó 7:30 AM. Esperó.
8:05. 8:15. 8:30.
Vacío.
Marcó su celular. Apagado.
Marcó a Irina.
—¿Dónde está Beltrán? —exigió.
—No fue, señor. Pidió el día por enfermedad.
Dmitri colgó. Golpeó el escritorio.
*Miércoles.*
Tampoco fue.
*Jueves. 9:12 PM.*
Dmitri estaba frente a su edificio.
Traje oscuro. Sin chofer.
Subió tres pisos. Tocó la puerta.
Silencio.
Volvió a tocar. Más fuerte.
—Ana —dijo—. Sé que estás ahí.
La puerta se abrió una rendija. Cadena puesta.
Ella. Sacó gris. Rodete. Lentes. Ojeras.
—¿Qué quiere? —dijo fría.
—Hablar.
—Ya hablamos. En el archivo.
—Abre la puerta.
—No.
Dmitri apoyó la frente en la madera.
—Está bien —dijo—. Hablo desde aquí. Te he evitado tres días porque soy un cobarde. Te besé porque desde el sábado no pienso en otra cosa. Te mandé al archivo porque si te tenía cerca te iba a tocar otra vez. Y tenía miedo.
Silencio del otro lado.
—Tengo cuarenta y dos años —siguió él—. Manejo una empresa de mil millones. Le digo a presidentes qué hacer. Y una asistente de veintiséis me tiene sin dormir desde hace una semana.
Ana no contestó.
—Ábreme —dijo él, bajito—. O dime que me vaya y no vuelvo más. Pero decide tú.
Silencio. Largo.
Clic. La cadena se quitó.
La puerta se abrió.
Ana estaba ahí. Lentes puestos. Brazos cruzados.
—Pasa —dijo—. Pero si esto es para sentir culpa, te vas ya.
Él entró. Departamento chico. Libros. Té. Olor a ella.
Se quedaron parados en la cocina. Muy lejos.
—Yo no quiero culpa —dijo él—. Quiero... —no terminó.
—Termina la frase —dijo ella—. Dila.
Dmitri la miró. De arriba a abajo. Sacó gris. Lentes. Todo.
Y por primera vez no pidió que se los quitara.
—Quiero intentarlo —dijo—. Contigo. Sin escondernos. Sin archivo. Sin jefe y asistente. Solo tú y yo.
Ana parpadeó. Una vez.
—Yo no sé hacer esto —dijo honesta—. No sé ser la chica de la Gala todos los días.
—No te pido eso —dijo él—. Te pido a ti. Con lentes. Sin lentes. Gris. Negra. Como seas.
Se acercó. Lento. Le dio tiempo de irse.
Ella no se movió.
Le quitó los lentes. Esta vez despacio. Los dejó en la mesa.
—Ana —dijo su nombre como una pregunta.
Ella asintió. Una vez.
La besó. Suave esta vez. Sin desesperación.
Cuando se separaron, apoyó su frente contra la de ella.
—Archivo cerrado —susurró—. ¿Sí?
Ana sonrió. Por primera vez en semanas. Una sonrisa real.
—Archivo cerrado —dijo.
Y lo dejó entrar.