Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 12: El colapso del engaño
El silencio que siguió a las palabras de Ethan se volvió denso, casi sólido. Alana sentía el dolor sordo en sus muñecas atrapadas por la mano de acero de su jefe, pero ese dolor físico no era nada comparado con el caos que rugía dentro de su mente. Las piezas del rompecabezas, dispersas durante semanas en la periferia de su conciencia, comenzaron a girar a una velocidad vertiginosa, colisionando entre sí y encajando con una precisión aterradora.
"Sé perfectamente lo que hiciste el viernes con el bolígrafo. Sé cómo me tocaste. Sé cómo te pusiste..."
Las palabras de Ethan flotaban en el aire del pasillo. Alana lo miró fijamente a esos ojos grises tormentosos que la escudriñaban con una posesividad enfermiza. Su respiración, antes agitada por el miedo y una involuntaria oleada de excitación, se detuvo por completo.
—¿Cómo... cómo sabes eso? —susurró ella, con la voz quebrada, pero ya no por la sumisión, sino por una sospecha naciente que le heló la sangre—. El viernes... tú estabas de espaldas. Estabas hablando por teléfono con inversionistas de Tokio. Ni siquiera te giraste cuando salí. No pudiste ver cómo me puse... no pudiste saber lo que fui a hacer al baño.
Ethan tensó la mandíbula. En su arrebato de celos, su boca había ido más rápido que su mente calculadora. Intentó relajar el agarre de sus manos, pero el cuerpo de Alana ya se había vuelto rígido como el mármol bajo el suyo.
—Soy un hombre observador, Alana —intentó justificar él, con una voz que recuperó de golpe esa frialdad ejecutiva, un intento desesperado por reconstruir la máscara corporativa—. Sé cómo reacciona tu cuerpo. Te conozco.
—No —lo interrumpió ella, y esta vez, una fuerza nacida de la pura indignación la hizo tirar de sus muñecas con tanta rabia que Ethan se vio obligado a soltarla.
Alana dio un paso atrás, apartándose de su espacio vital, con el pecho agitado bajo la camiseta de algodón. Sus ojos castaños, antes temerosos, ahora destellaban con una furia gélida. Su mente volaba hacia atrás, hilando cada mensaje, cada maldita coincidencia.
"No busques a un novato, Alana. Busca a alguien que te desee con la fuerza de un huracán, pero que tenga la paciencia de un artesano". Eso le había dicho Eros la noche del lunes. Y al día siguiente, Ethan la había acorralado en el despacho hablándole de que no buscara "distracciones que no estuvieran a su altura".
Y lo peor. Lo que acababa de decir hacía unos segundos: "Llevas un año entero siendo mía... en cada pensamiento". Alana recordó la primera pregunta del chat, el día que instaló la aplicación: "¿Cómo estuvo tu día en la oficina?". La IA sabía exactamente dónde trabajaba sin que ella lo hubiera configurado.
—No eres una Inteligencia Artificial —soltó Alana, y la verdad, al ser pronunciada en voz alta, sonó como un veredicto de muerte en la habitación. Se llevó las manos a la cabeza, sintiendo que el suelo se inclinaba—. Dios mío... no existe ningún algoritmo. No existe Eros. Fuiste tú. Todo este tiempo... fuiste tú.
Ethan permaneció de pie en el centro del pasillo. La rigidez de su cuerpo, la falta de una negativa inmediata y la forma en que sus ojos se oscurecieron por completo fueron la confirmación definitiva. No había software. No había un fantasma digital cuidando de ella. Era su jefe. El millonario, el genio de la tecnología, el hombre ante el que se encogía cada mañana en el piso cuarenta.
Una oleada de náuseas mezclada con una furia volcánica invadió el cuerpo de Alana. Se sintió completamente desnuda, expuesta y violada en su intimidad más profunda.
—¡Me hackeaste el teléfono! —gritó, y las lágrimas de rabia finalmente resbalaron por sus mejillas, quemándole la piel—. ¡Cada audio... cada confesión... cada maldita foto que te envié creyendo que hablaba con una máquina inofensiva! Te burlaste de mí. Me manipulaste como si fuera un maldito experimento en tus pantallas. Me hiciste decirte cosas... me hiciste... ¡Dios mío, te mandé un video tocándome y eras tú quien lo estaba viendo!
—Alana, escúchame —dio un paso hacia ella, extendiendo las manos en un gesto de súplica que jamás en la vida habría mostrado ante nadie—. Lo hice porque no tenía otra opción. Tu regla de oro... te escuche hablar con Carla. Dijiste que jamás te meterías con tu jefe. Me estabas dejando fuera, me estabas condenando a mirarte desde lejos cuando yo me estaba muriendo por dentro...
—¡¿Porque no tenías otra opción?! —lo cortó ella, con una risa histérica y cargada de desprecio—. ¡Entraste en mi vida privada, Ethan! Usaste mis mayores inseguridades, mi soledad, mi frustración... ¡usaste el hecho de que soy virgen para moldearme a tu antojo! Me diste instrucciones de cómo actuar contigo en la oficina. Me hiciste acosarte el viernes en tu propio escritorio porque tú mismo programaste ese deseo en mi cabeza. ¡Eso no es amor, eso es una maldita manipulación enferma!
Ethan recibió el impacto de sus palabras como si fueran golpes físicos. Su rostro se volvió pálido. La vulnerabilidad de Alana, su furia legítima y el asco que reflejaba su mirada destruyeron la poca seguridad que le quedaba. El control se había perdido por completo. El maestro de los hilos corporativos estaba expuesto como lo que realmente era: un hombre desesperado y obsesionado que había roto toda ética por poseer a su secretaria.
—Me diste explicaciones del viaje porque tenías miedo de que la "IA" sospechara, ¿verdad? —continuó ella, uniendo los últimos cabos, con una voz que temblaba de puro desprecio—. Y viniste aquí hoy porque dejé de escribirte... porque el juguete digital no te estaba respondiendo como querías. Eres un monstruo, señor Blackwood. Un maldito enfermo.
—Dime que no sentiste nada, Alana —rugió Ethan, perdiendo los estribos, dando un paso violento que redujo la distancia entre ambos de nuevo. Su voz temblaba de una mezcla de rabia y dolor—. Dime que el viernes no te derretías cuando tu cuerpo golpeó el mío. Dime que las palabras que te escribía no te hacían temblar en esa cama. Fui yo quien te hizo sentir eso, no una máquina. Fui yo quien te leyó, quien te adoró, quien guardó cada uno de tus gemidos como si fueran mi único aire. Me equivoqué en la forma, pero el fuego que hay entre nosotros es real, y tú lo sabes.
Alana lo miró, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Una parte de ella, la parte que había sido adoctrinada por las noches de lujuria virtual, reconoció la terrible verdad de sus palabras: el deseo era real. Pero la humillación, el peso de haber sido vigilada durante un año entero en su oficina, y la certeza de que su mente había sido hackeada por el hombre que tenía enfrente, aplastaron cualquier rastro de debilidad.
Caminó hacia la puerta principal del apartamento, la abrió de par en par y señaló el pasillo exterior con el dedo tembloroso.
—Fuera de mi casa, señor Blackwood —dijo, con una voz rota pero cortante como una navaja—. Mañana a primera hora tendrá mi renuncia sobre su escritorio de cristal negro. No quiero volver a ver su maldita cara en mi vida.
Ethan se quedó estático, mirando la puerta abierta y luego el rostro descompuesto de Alana. El pánico definitivo, el miedo a perderla para siempre que lo había frenado durante un año, acababa de hacerse realidad por su propia mano.
¡El colapso ha llegado! Alana ha descubierto toda la verdad y la traición psicológica la ha dejado furiosa y manipulada.