Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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SOMBRAS EN EL FESTIVAL DE LAS LINTERNAS.
Los días antes del festival fueron días pesados para Luo y para Cheng.
Con ayuda de varios sirvientes prepararon la zona donde estarían Luo y la primera princesa y, si en dado caso necesitaban huir, habían logrado hacer un compartimiento secreto detrás de una de las habitaciones.
Los cocineros prepararon comidas de todo tipo, los comerciantes salieron a la calle ofreciendo sus productos: dulces, comidas, joyas y telas coloridas. Cada calle fue preparada con normalidad ese día. Justo al atardecer, la familia imperial salió disfrazada del palacio.
Las linternas comenzaron a encenderse una por una, iluminando las calles con tonos rojos, dorados y naranjas. El sonido de la música, las risas de los niños y el aroma del azúcar caramelizado llenaban el aire.
Los líderes nobles y sus familias eran los únicos que reconocían a la familia imperial, pero incluso ellos fingían no ver nada para preservar la tradición de ese día.
—Saludos, primera princesa Lee —dijo Luo al verla.
—¿Qué se te ofrece, Luo? Te advierto que si vienes a provocarme no estoy de humor —respondió Lee con evidente fastidio.
La princesa cruzó los brazos. Sus ojos estaban llenos de desconfianza.
Odiaba, odiaba profundamente cuando los hijos de los nobles se acercaban a ella con la intención de acercarse a sus hermanos.
Pero también odiaba cuando fingían ser sus amigos solo para hacer de las suyas con la gente inocente.
—Lamento que se encuentre indispuesta. Venía a invitarla al nuevo restaurante de mi madre. Habrá buenos acompañantes —dijo Luo en voz baja guiñándole un ojo.
La princesa frunció el ceño.
—¿Qué clase de acompañantes?
Luo se inclinó un poco hacia ella y habló en tono conspirador.
—Unos con grandes atributos.
La princesa lo miró como si hubiera comido algo ácido.
—¿Estás bromeando conmigo, Luo Lang?
Pero todo en esta nueva vida tenía una razón. Luo, o mejor dicho Bruno, recordaba perfectamente los registros históricos.
"Primera princesa Lee Xu, desaparecida. Antes de su desaparición intentó formar su propio harén, un harén solo para ella. Después de su desaparición, el emperador Pei Xu dictaminó que toda mujer y omega fuera capaz de repudiar a su esposo en caso de infidelidad o intento de asesinato. Se demostró que la princesa Lee fue capaz de gestionar un pequeño harén con tres hombres corpulentos, todos betas."
Ese recuerdo hizo que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro mientras caminaban entre la multitud.
—Princesa, le aseguro que esta es la primera vez que dan este servicio en el restaurante Viento Veraniego —dijo Luo entrando a la sala privada donde ya lo esperaban tres betas con cuerpos musculosos.
Los hombres se inclinaron respetuosamente.
La princesa Lee arqueó una ceja, claramente sorprendida.
—Admito que me sorprendes, Luo —dijo la princesa Lee sentándose con elegancia—. Pensé que eras un joven caprichoso, pero parece que sabes preparar sorpresas interesantes.
Uno de los betas sirvió vino mientras otro acomodaba los platos.
—Mi deber es asegurarme de que su alteza pase una buena noche —respondió Luo con una sonrisa diplomática.
Mientras ellos disfrutaban de una deliciosa cena, fuera del restaurante ya habían comenzado a moverse los traidores.
En el techo de un edificio cercano, Cheng observaba cada movimiento.
—Príncipe Cheng, ¿cómo fue que aceptó que el joven Luo llevara tres hombres arriba? —preguntó Wang con incredulidad.
Cheng suspiró.
—No tengo la menor idea.
Por supuesto que lo recordaba.
Habían salido a una "cita", estaban terminando de dar los últimos detalles, cuando Luo mencionó a los betas.
—Si ellos están aquí, le aseguro que su hermana no pondrá peros —dijo Luo con total confianza.
Cheng había dudado.
—No sé si sea correcto eso —mencionó intentando negarse.
—Sé que no puede ser correcto, pero de esa forma puedo mantenerla distraída de lo que puede suceder —dijo Luo mientras caminaba a su lado en la habitación privada casi terminada.
—¿Y si alguien los llega a ver? —cuestionó Cheng.
—¿Cómo sabrían que somos hijos de nobles? —respondió Luo con calma.
Por esa razón había pedido las mascarillas.
De un momento a otro ya había aceptado… aunque claro, no tenía nada que ver el pequeño beso que Luo le había dado esa noche antes de despedirse.
El recuerdo hizo que Cheng se tensara.
Wang lo miró de reojo, notando la expresión extraña en su rostro.
—Alteza… —murmuró con sospecha.
Cheng carraspeó.
—Concéntrate.
El príncipe seguía mirando hacia los alrededores del restaurante.
Entonces Wang entrecerró los ojos.
—Parece que tenemos compañía.
Varios hombres vestidos de negro comenzaban a acercarse.
—Da el aviso. Comencemos a rodearlos —ordenó Cheng mientras saltaba desde el segundo piso detrás de uno de los hombres.
Su espada brilló bajo la luz de las linternas.
Wang obedeció, enviando la señal para avisar a Luo que habían comenzado a actuar.
Los soldados lograron acorralar a los sujetos dentro del restaurante en la parte baja.
Lee y Luo estaban supuestamente bebiendo, aunque uno siendo más joven que otro debía tener cuidado.
—Este jugo está delicioso —comentó la princesa.
—Me alegra que le guste —respondió Luo.
Pero sus ojos estaban atentos a cada sonido.
La pelea en la parte de abajo se desató.
Golpes por aquí.
Patadas por allá.
Cortes aquí y allá.
El sonido de espadas chocando resonaba en el primer piso.
Lo bueno era que no había gente realmente que fuera comensal. La mayoría eran guardias de la mansión del primer ministro, de la mansión del general y de palacio.
Las cosas habían salido bien…
Hasta que un grito les sacó de sus pensamientos triunfadores.
—¡AH!
El grito era lo suficientemente fuerte como para helar la sangre.
Cheng corrió apresurado a la habitación.
Al entrar encontró algo que lo dejó paralizado.
Su hermana no estaba a la vista.
En cambio se encontraba Luo con una herida… y en el peor de los casos, un cadáver.
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Momentos antes…
Estaban celebrando con las copas de jugo.
Luo sintió que todo iba bien.
Sin imaginar que uno de los soldados se había unido al enemigo.
La puerta se abrió de golpe.
El hombre azotó la puerta con tanta fuerza que asustó a los betas y a la princesa.
—¡Princesa, por aquí! ¡Ustedes tres ya saben qué hacer! —ordenó Luo metiéndolos con la princesa en el compartimiento.
—¡Luo! ¿Qué hay de ti? —preguntó la princesa alarmada.
—Estaré bien, no se preocupe. Llévenla rápido —dijo Luo con firmeza.
Los betas asintieron.
La metieron en el compartimiento, asegurándose de que nadie tocara ese espacio.
Se camuflaron cuando vieron que Luo estaba peleando con el soldado.
El hombre lo miró con desprecio.
—Si me la entregas puedo dejarte vivir.
—Ni estando loco —respondió Luo arrojándole el jugo en la cara.
—Como quieras, omega.
Los golpes fueron certeros.
Luo recibió varios impactos. Sus brazos ardían y sabía que tendría moretones en tonos morados al día siguiente.
—Ella no les pertenece —dijo Luo con los dientes apretados.
El hombre levantó su daga.
Estuvo a punto de apuñalarlo.
Pero Luo reaccionó y lo golpeó con fuerza en la cabeza.
Por un segundo creyó que estaba a salvo.
Entonces sintió la daga atravesar su piel.
—¡AH!
Un ardor brutal recorrió su costado.
—¡Tsk! —jadeó.
El omega retrocedió tambaleándose.
La sangre comenzaba a manchar su ropa.
Pero Luo no se rindió.
Tomó un cuchillo que habían dejado dentro de la habitación y, con un movimiento desesperado, apuñaló al hombre.
El soldado abrió los ojos con sorpresa antes de caer al suelo.
El silencio llenó la habitación.
El rostro de Luo detonaba miedo, asco y repulsión.
Sus manos temblaban.
—Yo… yo…
Miró la sangre.
Su estómago se revolvió.
Las náuseas llegaron con fuerza.
—No… no quería…
Y en ese momento la puerta se abrió violentamente.
—¡LUO!
La voz de Cheng resonó en toda la habitación.