Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Invierno
Rusto no dijo nada cuando entraron a la consulta con un tigre.
Lo miró. Miró a Nazaria. Miró a Kein. Miró el tigre de nuevo.
Luego tomó una jeringa del estante y preguntó:
—¿Dónde está la herida?
«Este hombre es un profesional absoluto y lo aprecio enormemente.»
—Pata delantera izquierda —dijo Nazaria.
Rusto se acercó al tigre con movimientos lentos y deliberados. El tigre lo siguió con la mirada sin moverse — o sin poder moverse, que era diferente. La herida era más profunda de lo que parecía desde afuera. Algo la había cortado limpiamente, como una rama muy afilada o una garra.
La jeringa hizo efecto en segundos. El tigre no se durmió — sus ojos celestes siguieron abiertos y siguieron mirando —, pero los músculos se relajaron lo suficiente para que Rusto pudiera trabajar.
Lo llevó a la mesa del fondo, limpió la herida con una eficiencia que no dejaba espacio para el drama, la suturó, la vendó.
—Va a necesitar descanso —dijo cuando terminó—. Cambio de vendas cada dos días. Y estos.
Le pasó a Nazaria un frasco pequeño con pastillas que olían a hierbas.
—¿Cómo se las doy?
—Con carne. Las esconde dentro.
—¿Eso funciona con los tigres?
—Funciona con todo lo que tenga hambre suficiente.
Rame, que había estado observando desde la puerta con los brazos cruzados, dijo:
—¿No es peligroso tenerlo aquí?
—Está herido —dijo Nazaria—. No nos va a hacer nada.
—Por ahora. Cuando se recupere va a ser diferente.
«Tiene razón. Y lo sabe y de todas formas no lo está diciendo para que lo suelte. Lo dice porque quiere asegurarse de que yo lo he pensado.»
—Ya lo sé —dijo Nazaria.
Rame la miró.
—¿Y?
—Y lo vamos a cuidar de todas formas.
Una pausa.
—De acuerdo —dijo Rame, con el tono de alguien que acaba de decidir que si esto va a ser un problema prefiere estar presente para ayudar a manejarlo.
......................
Nazaria llevó al tigre a su habitación.
Crista trajo mantas y las acomodó en el suelo con la resignación tranquila de alguien que ha aceptado que su señorita va a tomar decisiones inesperadas y que su trabajo es asegurarse de que esas decisiones tengan mantas adecuadas.
—¿Está bien en el suelo, señorita?
—Sí.
«No va a quedarse en el suelo, pero eso lo resolvemos después.»
El tigre fue colocado sobre las mantas con cuidado. Se quedó mirando el techo de la habitación con esos ojos celestes que seguían siendo demasiado brillantes, demasiado conscientes para algo tan pequeño.
Crista se retiró.
Nazaria se sentó en el suelo frente al tigre.
Lo miró.
El tigre la miró de vuelta.
«Hola.»
«Sé que no confías en mí. Acabas de llegar a un lugar que no conoces rodeado de personas que no conoces y estás herido y probablemente asustado aunque no lo vayas a demostrar.»
«Lo entiendo.»
«Yo llegué a un lugar que no conocía también. Rodeada de personas que no conocía. Y también estaba asustada aunque no lo demostré.»
«Te voy a cuidar. No porque tenga que hacerlo. Porque quiero.»
«Eso es diferente.»
El tigre parpadeó una vez, lento.
Nazaria estiró la mano muy despacio.
El tigre no gruñó esta vez. Se quedó quieto, observando la mano que se acercaba con esa intensidad evaluadora, y cuando los dedos de Nazaria tocaron suavemente el espacio entre sus orejas, cerró los ojos un momento.
Solo un momento.
Luego los abrió de nuevo, porque claramente había decidido que cerrar los ojos era un nivel de confianza que todavía no estaba dispuesto a dar.
«Está bien.»
«A tu ritmo.»
......................
A la mañana siguiente Rame apareció en la puerta de su habitación antes del desayuno.
Miró al tigre, que seguía en las mantas del suelo — aunque Nazaria había notado que durante la noche había subido a la cama y vuelto a bajar antes de que ella despertara, lo cual era su secreto y del tigre.
—¿Comió algo?
—Crista le trajo carne anoche. Comió cuando nos fuimos todos.
Rame asintió. Se acuclilló a la distancia apropiada del tigre y lo miró directamente.
El tigre lo miró de vuelta.
Los dos se evaluaron en silencio durante un momento.
Luego Rame dijo, sin apartar la vista:
—¿Cómo lo vas a llamar?
«Ah. La pregunta importante.»
Nazaria había pensado en eso durante la mitad de la noche.
«Es blanco. Con los ojos celestes brillantes. Frío en apariencia pero no en realidad. Quieto. Como algo que viene de un lugar más frío que este.»
—Invierno —dijo.
Rame consideró eso.
—Le queda —dijo finalmente.
El tigre parpadeó.
«¿Estás de acuerdo o simplemente parpadeaste?»
«Voy a interpretar que estás de acuerdo.»
—Invierno —dijo Nazaria, mirándolo—. Ese es tu nombre.
El tigre la miró con esos ojos celestes que parecían entender demasiado para lo que eran.
«Bienvenido», pensó Nazaria. «Ya somos unos cuantos aquí que estamos aprendiendo lo mismo.»
«Que un nombre propio es el comienzo de todo.»
......................
El duque se enteró de Invierno esa misma noche.
La conversación fue breve.
—Nazaria.
—Padre.
—Hay un tigre en tu habitación.
—Sí.
—¿De dónde vino?
—Del jardín norte. Estaba herido junto al muro del bosque. Rusto lo atendió.
El duque la miró durante un momento.
—Es una bestia salvaje.
—Por ahora está herido y es pequeño. Cuando se recupere lo evaluamos.
—¿Y si cuando se recupere es peligroso?
Nazaria lo miró.
—Entonces lo devolvemos al bosque. Pero todavía no lo sabemos.
«Lo que no le digo», pensó Nazaria, «es que ya sé que no va a ser peligroso. No con nosotros.»
«Porque lo vi ayer noche cuando todos dormían. Se acercó a la cama, se echó junto a mis pies, y durmió ahí hasta que sintió que yo me estaba despertando.»
«Y eso no lo hace un animal peligroso.»
«Eso lo hace alguien que decidió que este es su lugar.»
El duque exhaló por la nariz de una manera que no era un suspiro pero cumplía la misma función.
—Que Rusto lo supervise.
—Ya lo está haciendo.
—Y que no entre a mi oficina.
—Le transmitiré el mensaje.