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Destinada a Cinco Bestias

Destinada a Cinco Bestias

Status: En proceso
Genre:Romance / Poli amor / Mujer despreciada / Bestia / Harén Inverso
Popularitas:24.7k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.

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Capítulo 1

Capítulo 1: La omega que todos despreciaron

Aitana acababa de cumplir la mayoría de edad, pero en la manada nadie preparaba una fiesta para ella.

En otros clanes, cuando una hembra llegaba a esa edad, su familia comenzaba a tejerle una falda nueva, a guardar carne seca para los invitados y a escoger con cuidado las cuentas que usaría en la Ceremonia de la Luna. Era la noche más importante para cualquier cambiante. Bajo la luna llena, la Diosa Luna miraba a las hembras jóvenes y revelaba su valor ante todos: algunas recibían una marca fuerte, otras apenas una luz débil, y unas pocas, las más desafortunadas, no recibían nada.

Las llamaban omega desechada.

Aitana todavía no había subido al altar. La ceremonia sería en tres noches. Aun así, para muchos el resultado ya estaba decidido.

Era del Clan Ratón, el clan más pequeño y menos respetado de la región. Sus padres habían muerto años atrás, y desde entonces vivía bajo el techo de su tío Roque, quien nunca perdía oportunidad de recordarle que la comida no caía del cielo y que una hembra sin fuerza debía pagar su lugar trabajando. Aitana limpiaba ollas, remendaba pieles, recogía raíces para Abuela Remedios y aceptaba las sobras sin quejarse.

No tenía colmillos fuertes. No tenía garras útiles. Su Cambio era tan débil que ni siquiera Roque quería verlo frente a otros.

Por eso, antes de que la Diosa Luna hablara, la manada ya había hablado por ella.

"Omega sin valor."

"Ratoncita inútil."

"Nadie va a querer marcarla."

Esa mañana, Aitana caminaba hacia el arroyo con una bolsa de cuero pegada al pecho. Abuela Remedios necesitaba árnica, hojas de copalillo y raíz amarga para los ungüentos de los cazadores. Aitana se había ofrecido a ir porque conocía el camino y porque, entre todas las tareas que le daban, buscar hierbas era la única que no la hacía sentirse como una carga.

El sol caía fuerte sobre las chozas de palma y barro. En el patio central, las hembras de buena sangre practicaban los pasos para la ceremonia, riendo mientras sus madres les acomodaban el cabello. Algunas llevaban collares nuevos. Otras hablaban de los machos que podrían pedirles un vínculo cuando la luna confirmara su rango.

Aitana bajó la mirada y siguió caminando.

—¡Aitana!

Ella se detuvo. Paloma venía corriendo desde la zona de los metates, con las manos llenas de harina de maíz y el cabello sujeto a medias.

Paloma era hija de Don Romualdo, el líder del Clan Jabalí, y también la única persona de la manada que se sentaba junto a Aitana sin hacerla sentir como una vergüenza. Tenía un carácter fuerte, una risa ruidosa y una habilidad peligrosa para meterse en problemas por defender a quien quería.

—¿A dónde vas tan temprano? —preguntó Paloma, mirándola de pies a cabeza—. Roque no te mandó otra vez sin desayunar, ¿verdad?

—Comí.

—Mientes horrible.

—Medio tamal cuenta como comida.

Paloma chasqueó la lengua.

—Ese viejo miserable debería agradecer que sigues en su casa.

Aitana hizo una mueca y miró alrededor. Había demasiados oídos cerca.

—No lo digas tan fuerte.

—¿Por qué? ¿Va a castigarme a mí también?

—A ti no. A mí.

La sonrisa de Paloma desapareció un poco. Luego tomó una de las tiras de la bolsa de Aitana y se la acomodó mejor en el hombro.

—Ten cuidado. Hoy llegaron cazadores de otros clanes para la ceremonia. Vi leones, zorros y hasta serpientes cerca del pozo viejo.

—¿Serpientes?

—Del Clan Serpiente. Dicen que vienen a intercambiar veneno medicinal y escoltar a uno de sus guerreros. Ya sabes cómo habla la gente. Que son fríos, que no sienten, que si te miran mucho te roban el aliento.

Aitana soltó una pequeña risa.

—Eso último lo inventaste.

—Tal vez, pero sonó bien.

Por un momento, Aitana casi olvidó el nudo que llevaba en el estómago desde que despertó. Paloma tenía ese efecto. Hacía que el mundo pareciera menos pesado, aunque solo fuera durante una conversación.

—Regreso antes del mediodía —dijo Aitana—. Abuela Remedios necesita las hierbas.

—Y tú necesitas comer de verdad. Pasa por mi casa cuando vuelvas.

—Roque se molestará si tardo.

Paloma se cruzó de brazos.

—Roque se molesta hasta cuando respiras. Que haga fila.

Aitana sonrió, pero no respondió. Sabía que Paloma hablaba desde el cariño, y también sabía que ninguna de las dos podía cambiar todavía la realidad. En la manada, una hembra sin marca dependía de su familia. Y Aitana solo tenía a Roque.

Se despidió con la mano y salió por el sendero que llevaba al arroyo.

El camino entre los árboles era más amable que el patio central. Allí nadie la señalaba. Solo se oía el zumbido de los insectos, el agua moviéndose entre piedras y el crujido seco de las hojas bajo sus sandalias. Aitana se agachó varias veces para cortar las plantas correctas, separando las hojas buenas de las marchitas. Abuela Remedios decía que ella tenía buen ojo para las hierbas. Roque decía que era lo mínimo, ya que no servía para otra cosa.

Aitana prefería recordar lo primero.

Cuando llenó la bolsa, se lavó las manos en el arroyo. Tenía un rasguño en la rodilla por haberse resbalado entre las piedras, pero no era grave. Se limpió la sangre con agua y volvió a la manada antes de que el sol estuviera demasiado alto.

Al entrar al patio, notó de inmediato que había más gente.

Los visitantes para la Ceremonia de la Luna habían llegado en grupos. Cerca de las cocinas, varias hembras del Clan Zorro hablaban con sonrisas suaves y ojos atentos. Junto al poste de entrenamiento, un grupo de cazadores del Clan León presumía las marcas de sus brazos. Más allá, junto al pozo viejo, dos hombres de piel bronceada y cabello oscuro descargaban pequeñas vasijas selladas.

Serpientes.

Aitana no quiso mirar demasiado, pero uno de ellos levantó la cabeza justo cuando ella pasaba.

Era alto, de hombros anchos y movimientos silenciosos. Llevaba el cabello negro recogido de cualquier manera, como si hubiera pasado la mañana cazando y no le importara presentarse impecable ante nadie. En sus antebrazos, la luz del sol tocó algo que no parecía piel.

Escamas oscuras.

Aitana se detuvo sin querer.

El hombre la miró.

Sus ojos eran dorados, intensos, demasiado quietos. No tenían la burla que Aitana conocía tan bien. Tampoco tenían lástima. La observaban como si de verdad quisiera saber quién era ella, no qué decían los demás sobre ella.

Eso la puso nerviosa.

—¿Necesitas algo? —preguntó Aitana, abrazando la bolsa.

Él bajó la mirada a su rodilla.

—Estás sangrando.

Aitana miró el rasguño.

—No es nada.

—Si le entra tierra, será algo.

Su voz era baja y seria. No sonaba amable, pero tampoco cruel.

—¿Eres curandero?

—No.

—Entonces no me regañes como uno.

La boca del desconocido se movió apenas, casi una sonrisa. Aitana se arrepintió de inmediato de hablar así. Una omega como ella debía tener cuidado con cualquier macho, y mucho más con uno de otro clan.

—Leandro —dijo él.

Aitana tardó un segundo en entender.

—Aitana.

—Lo sé.

Ella sintió calor en las mejillas.

—Claro. Todos lo saben.

Leandro miró hacia el patio. Dos jóvenes del Clan León se estaban riendo mientras imitaban orejas de ratón con los dedos. Aitana apretó la mandíbula.

—Hablan demasiado —dijo él.

No fue un cumplido, pero tampoco una burla. Aitana no supo qué hacer con eso.

—Tengo que llevar estas hierbas.

Intentó rodearlo. Leandro se apartó sin tocarla.

—Lava bien la herida antes de cubrirla.

—Sí, Alfa.

La palabra salió más irónica de lo que debía. Leandro no se ofendió. Solo la miró con esos ojos dorados que parecían guardar una tormenta.

—No soy tu Alfa.

Aitana bajó la vista.

No. Nadie lo era. Nadie quería hacerse responsable de una omega sin valor.

Siguió caminando con el corazón más rápido de lo normal. Tal vez era por la vergüenza. Tal vez por esos ojos. Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien la había mirado sin reírse.

No llegó lejos.

—¡Ratoncita!

La voz de Fausto cortó el ruido del patio.

Aitana cerró los ojos un instante.

Fausto era guerrero del Clan León y se comportaba como si todos debieran agradecerle cada vez que respiraba. Alto, fuerte, con colmillos visibles aun en forma humana, le gustaba probar su fuerza frente a público. Sobre todo cuando el público podía reír.

Aitana siguió caminando.

Fausto se puso delante de ella.

—Te estoy hablando.

—Tengo prisa.

—Una omega desechada no tiene prisa. Tiene órdenes.

Algunos cazadores rieron. Aitana vio a Bruna bajo el alero de la casa comunal, vestida con una falda clara y una sonrisa dulce. Bruna era del Clan Zorro, pariente de una curandera importante, y sabía herir sin levantar la voz. No dijo nada, pero sus ojos brillaron como si hubiera estado esperando ese momento.

Fausto miró la bolsa.

—¿Qué llevas ahí?

—Hierbas para Abuela Remedios.

—¿Ahora juegas a la curandera?

—No juego. Trabajo.

Fausto le arrebató la bolsa antes de que pudiera apartarse. Las hojas crujieron dentro del cuero.

—Devuélvemela —dijo Aitana.

—Miren esto —Fausto levantó la bolsa para que todos la vieran—. La ratoncita cree que por juntar basura ya sirve de algo.

—Son medicinas —dijo Aitana, sintiendo que la garganta se le cerraba—. Si las rompes, Abuela Remedios se va a enojar.

—¿Me estás amenazando con una vieja?

—Te estoy pidiendo que no dañes algo que la manada necesita.

Fausto sonrió más despacio.

—La manada necesita cazadores, alfas, hembras fuertes. No necesita una ratona que ni siquiera sabe si la Luna va a mirarla.

Esa frase dolió porque todos sabían que era el miedo de Aitana.

La Ceremonia de la Luna estaba cerca. En tres noches, si no recibía ninguna marca, Roque tendría derecho a decidir su futuro sin que nadie lo cuestionara. Podía dejarla como sirvienta para siempre. Podía entregarla a otro clan a cambio de comida. Podía hacerla desaparecer de la vida pública como si nunca hubiera existido.

Y nadie pelearía por ella.

Fausto tiró la bolsa al suelo.

Las raíces rodaron por la tierra.

Aitana se agachó de inmediato. Un pie cayó sobre una de ellas.

Crac.

El sonido fue pequeño, pero Aitana lo sintió en el pecho.

—Mira —dijo Fausto—. Frágil como tú.

—¡Ya basta!

Paloma apareció entre la gente y empujó a un muchacho para abrirse paso. Tenía la cara roja de coraje.

—¿Qué te pasa, Fausto? ¿Ahora necesitas humillar hembras para sentirte fuerte?

—No te metas, jabalí.

—Me meto donde se me da la gana.

Paloma se agachó junto a Aitana y empezó a recoger las hierbas con ella. Aitana quiso decirle que no, que no empeorara las cosas, pero verla ahí, arrodillada en el polvo sin importarle las miradas, le apretó el corazón.

—Estoy bien —susurró Aitana.

—No, no estás bien. Y él tampoco va a estarlo si sigue molestando.

Fausto dio un paso hacia ellas.

—Tu padre no está aquí, Paloma.

—Pero yo sí.

—Entonces apártate antes de que te aparte.

Aitana sintió el cambio en el aire. Los cazadores dejaron de reír. Bruna bajó un poco la barbilla, atenta. Aitana sabía que Fausto no se detendría si Paloma seguía provocándolo.

Tomó a su amiga de la muñeca.

—Déjalo.

—No.

—Paloma, por favor.

Fausto oyó el miedo en su voz y sonrió.

—Eso. Aprende de ella. Por lo menos sabe cuándo agachar la cabeza.

Aitana miró las raíces rotas en el suelo. Las había buscado toda la mañana. No eran gran cosa para los demás, pero para ella significaban algo. Significaban que podía curar una herida, bajar una fiebre, ayudar a alguien aunque todos la llamaran inútil.

No quería llorar por una raíz.

Tampoco quería seguir viviendo como si tuviera que pedir perdón por respirar.

Se puso de pie con las manos llenas de polvo.

—No voy a agachar la cabeza ante ti.

El patio quedó en silencio.

Paloma la miró con sorpresa.

La sonrisa de Bruna se borró.

Fausto inclinó la cabeza, como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué dijiste?

Aitana sintió que las piernas le temblaban, pero no retrocedió.

—Que no voy a pedirte perdón por existir.

Por un segundo, nadie se movió.

Luego Fausto la empujó.

Aitana cayó de espaldas sobre el círculo de entrenamiento. El golpe le sacó el aire. Paloma gritó su nombre y trató de acercarse, pero Fausto ya estaba encima. Sus dedos se curvaron, las uñas se alargaron y el olor a furia de león llenó el patio.

—Entonces aprende cuál es tu lugar.

—¡Fausto, no! —gritó Paloma.

Aitana levantó los brazos por instinto.

La garra bajó hacia su rostro.

Y, justo antes de tocarla, una sombra negra se interpuso entre los dos.

Aitana

Leandro

Paloma

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Maria Diosdado Velázquez
esto es lo que a mí no me gusta, porque después se pierde la novela y no se sabe en qué termina, 😞😞 repruebo esto de no poner toda la novela entera, si usted escritora pudiera no hacer eso se lo agradecería
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos
Maria Diosdado Velázquez
no, no se abren las fotos🤔🤔🤔🤔🤔
Mary Salazar
me encanta 👏👏👏🤣🤣🤣👌👌😂😂
Mary Salazar
Woow 👏👏👏
Mary Salazar
OMG 😱😱😱😭😭😭
🏳️‍🌈ZOE GIANNI 🇮🇹🇦🇷
no puedo ver las imágenes, no soy solo yo no??
Elizabeth Vargas: yo tampoco puedo 😭
total 1 replies
Mary Salazar
Woow 👏👏👏👏👏👏 fantástico
Mary Salazar
guacala 😂😂😂🤣🤣🤣👌👌👌
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