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Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Layla, La Pincesa Guerrera De Al-Jazair

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Romance paranormal / Época / Aventura
Popularitas:481
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En los años de mayor esplendor de Al-Jazair, cuando la paz reinaba absoluta tras la gran victoria de Karim y Amara, el palacio real brillaba con una luz que parecía no pertenecer a este mundo. Los jardines eran eternamente verdes y floridos, las fuentes cantaban día y noche, y la gente vivía segura y feliz bajo el gobierno sabio y justo del Rey Zayn y la Reina Elena. Todos conocían y amaban la historia de su hijo mayor, Karim, el príncipe que había salido en busca de su destino, había vencido a la oscuridad y había traído la luz definitiva. Su nombre se contaba en canciones, en libros y en historias que las madres contaban a sus hijos antes de dormir.
Pero había otra historia, la de alguien que vivía en la misma sombra de esa gloria, alguien que tenía la misma sangre, la misma magia, pero un espíritu completamente distinto y salvaje. Era Layla, la hija pequeña de Zayn y Elena, nacida años después que su hermano.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

!SI SUPIERAS QUIÉN SOY REALMENTE¡

Él no pudo resistirse más. Con un gruñido bajo y gutural, tiró de ella hacia sí, haciendo que Layla soltara las riendas y cayera en sus brazos, fundiéndose en un beso desesperado, hambriento y feroz. Fue un beso que lo dijo todo: el deseo acumulado, la curiosidad, la rabia, la necesidad de poseer y de ser poseído. Sus labios se encontraron y lucharon, se abrieron con ansia, y cuando la lengua de Caelen tocó la de ella, un escalofrío de placer intenso y absoluto sacudió a Layla de la cabeza a los pies.

Sus cuerpos se pegaron con fuerza, sintiendo cada curva, cada músculo. Las manos de Caelen recorrieron su espalda, su cintura, apretándola contra él como si quisiera fundirla en su propia piel, mientras ella pasaba los dedos por su cabello revuelto, bajaba por su cuello, acariciaba esa piel cálida y dura, ansiando sentir más, mucho más. Todo lo que hasta ese momento había sido duda o misterio, desapareció bajo la fuerza de esa atracción arrolladora.

—No sabes lo que haces… —murmuró él entre besos, mientras sus manos audaces comenzaban a recorrer caminos prohibidos, deslizándose bajo la tela de su ropa, buscando la piel suave y caliênte que se escondía debajo—. No sabes cuánto tiempo he estado solo… cuánto tiempo he tenido que reprimir todo esto… Pero ahora que te tengo… no voy a detenerme. No puedo.

—No te detengas… —suplicó ella, arqueándose contra él, sintiendo sus dedos grandes y expertos acariciar su cintura, subir hasta tocar la base de sus pech•s, haciéndola gem¡r suavemente de placer—. Tómalo todo. Soy tuya.

Caelen desmontó de un salto y luego la bajó de la silla con la misma facilidad con la que se levanta una pluma, llevándola entre sus brazos hasta un claro suave y cubierto de musgo, protegido por grandes rocas y árboles frondosos que ocultaban la luz de la luna naciente. La depositó con suavidad en el suelo, y se colocó sobre ella, sosteniendo su peso con los brazos, mirándola con una mezcla de adoración y furia contenida, con esos ojos que brillaban ahora con una luz extraña, dorada y azul a la vez.

—Si supieras quién soy realmente… —susurró él, besando su cuello, mordisqueando suavemente la piel sensible del lóbulo de su oreja, bajando hacia el escote de su ropa, desabrochando con dedos ágiles las prendas que separaban sus cuerpos—… huirías de mí. Pero esta noche… esta noche solo somos hombre y mujer. Y voy a hacerte sentir cosas que jamás has imaginado.

Y cumplió su palabra. Sus manos exploraron cada rincón de su cuerpo, con una destreza y un conocimiento que no eran los de un hombre rudo y sin educación. Sabía exactamente dónde tocar, dónde acariciar, dónde besar para arrancarle gemidos de placer que resonaban en el silencio del bosque. Desnud*ron sus cuerpos lentamente, mirándose con hambre, admirando la belleza del otro. Layla vio las marcas en su espalda, cicatrices profundas y extrañas, y vio también cómo su piel brillaba levemente, cómo tenía marcas antiguas tatuadas en el pecho, símbolos que ella reconoció vagamente de libros muy antiguos de su padre, símbolos de realeza, de magia antigua, de linajes olvidados. Pero en ese momento, no le importaron los misterios. Solo le importaba él, el calor de su piel, la dureza de su cuerpo contra la suavidad del suyo.

Cuando finalmente se unieron, fue como una explosión. Fue la unión de dos fuerzas salvajes, de dos almas que se reconocían. Caelen entró en ella con un movimiento lento, profundo, haciéndola sentir cada pulgada de su ser, llenándola por completo, haciéndola gritar de placer y de plenitud. Se movieron al ritmo de la noche, con pasión feroz y ternura inmensa, con una urgencia que venía de siglos atrás, como si siempre hubieran estado destinados a esto, a encontrarse y a perderse el uno en el otro.

Él la amó con la fuerza de un huracán y la delicadeza de una pluma, besand• cada parte de su cuerpo, llamándola en susurros con nombres que ella no entendía, palabras antiguas y dulces, demostrando en cada caricia que conocía el arte del amor como solo lo conocen los que han sido educados para gobernar, para conocer todo tipo de saberes. Y en el momento del clím°x, cuando ambos estallaron juntos en un placer absoluto y cegador, Layla vio claramente cómo una luz dorada y plateada envolvía los cuerpos de ambos, una magia que brotaba de Caelen, poderosa y antigua, que él no podía controlar ni ocultar cuando estaba así, cuando dejaba salir todo lo que llevaba dentro.

Se quedaron abrazados, recuperando el aliento, cubiertos solo por sus propias ropas y la luz de la luna que se filtraba entre las hojas. Layla acarició el pech• de él, trazando aquellas líneas grabadas en su piel, sintiendo el corazón fuerte y rápido que latía debajo.

—No eres un simple habitante de la frontera, Caelen —dijo ella en voz baja, segura, mientras apoyaba la cabeza en su hombro—. Lo he visto ahora. He visto tu luz. Tienes magia. Tienes poder. Y esos símbolos en tu piel… he visto cosas parecidas en los libros de historia real de mi tierra.

Caelen se tensó bajo su tacto, y la oscuridad volvió a apoderarse de su mirada. La abrazó con más fuerza, protegiéndola, pero también ocultándose.

—Esa magia… es mi maldición, Layla —confesó él con voz triste y profunda—. Es lo que me hizo ser abandonado, lo que me hizo ser rechazado. No sé de dónde vienen estas marcas, ni qué significan. Solo sé que traen problemas, dolor y peligro. Por eso vivo solo. Por eso nadie puede acercarse a mí. Por eso… tú deberías haberte quedado lejos.

Layla se incorporó sobre su brazo y lo miró a los ojos, con toda la determinación de su alma de princesa guerrera.

—Pues yo no me iré —le dijo con firmeza—. Y voy a descubrir todos tus secretos, Caelen. Voy a saber quién eres, de dónde vienes y por qué llevas esa realeza y ese poder en la sangre, aunque tú lo niegues. Porque te aseguro, amor mío, que lo que llevas dentro no es una maldición… es un tesoro. Y yo voy a ayudarte a encontrarlo.

Caelen le sonrió, una sonrisa llena de dolor, pero también de esperanza, y le besó la frente con infinito cariño. Él sabía que su pasado era oscuro y peligroso, que enemigos poderosos buscaban algo que él poseía sin saberlo. Pero también sabía que ahora tenía a Layla, y que, por ella, por ese amor que había nacido en un solo día, sería capaz de enfrentarse a cualquier verdad, por dura o grandiosa que fuera.

—Entonces prepárate, mi princesa —susurró él, usando por primera vez un título que ella no le había dicho, pero que en el fondo él ya intuía—. Porque mi historia es larga, llena de sombras… y al final de todo, puede que descubras que el hombre que amas es mucho más grande, y mucho más peligroso, de lo que jamás soñaste.

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