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Mi satisfacción más grande: tu ruina

Mi satisfacción más grande: tu ruina

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cap 14: Las condiciones de Sebastián

Dante empujó la puerta del restaurante chino y el aire de la noche le golpeó la cara como un balde de agua fría. Mejor así. Necesitaba sacudirse de encima las últimas dos horas: la sonrisa de plástico de Emilio, el vidrio roto, la mirada calculadora de Don Eduardo y, sobre todo, el pie de Sebastián presionando su pantorrilla como si fuera lo más normal del mundo.

Sebastián salió detrás de él, ajustándose el cuello de la camisa con esa calma irritante que lo caracterizaba. Llevaba el sobre con el contrato de Grupo Valderrama bajo el brazo, como si fuera un libro cualquiera y no un documento que valía millones.

—¿A dónde vamos? —preguntó Sebastián.

—Tengo hambre.

—Acabamos de cenar.

—Eso no fue cenar. Eso fue un circo con palillos chinos.

Dante caminó media cuadra sin voltear a ver si Sebastián lo seguía. No necesitaba voltear. Escuchaba sus pasos atrás, regulares, sin prisa, como si estuviera paseando por un parque y no caminando por una banqueta rota de la Narvarte a las once de la noche.

La taquería aparecía al doblar la esquina como siempre: una lona azul desteñida, tres mesas de metal que se tambaleaban si las mirabas feo, un comal del tamaño de una rueda de carro y el taquero sudando detrás de una montaña de carne al pastor que giraba lento bajo la luz amarilla.

—Cuatro de pastor con todo y dos de suadero —dijo Dante sin sentarse.

—¿Y su acompañante? —El taquero señaló a Sebastián con la espátula.

—Lo mismo —contestó Sebastián antes de que Dante pudiera hablar.

Se sentaron. La mesa se inclinó hacia la izquierda apenas Dante apoyó los codos. Sebastián colocó el sobre del contrato a un lado, entre la salsa verde y un montón de servilletas.

—Cuidado con eso —dijo Dante—. No vayas a manchar el papelito de tu futuro laboral.

—No es mi futuro laboral. Es una propuesta que todavía no acepto.

Dante lo miró. Sebastián tenía esa expresión de siempre, la de alguien que ya sabe cómo va a terminar la conversación antes de que empiece.

—¿Y qué falta para que aceptes? El viejo me dijo que ya habías dado el sí.

—Don Eduardo no es mi jefe todavía. Y lo que le dije fue que revisaría las condiciones. —Sebastián abrió el sobre, sacó el contrato y lo puso sobre la mesa, plano, como si fuera un mapa—. Ya las revisé.

—¿En el camino? Son como veinte páginas.

—Leo rápido.

El taquero trajo los platos. Dante agarró un taco y le dio una mordida enorme, más por costumbre que por hambre real. Sebastián ni tocó los suyos.

—El monto que aparece aquí —Sebastián señaló una línea del contrato con el dedo índice— es insultante.

Dante casi se atraganta.

—¿Insultante? Carajo, Sebastián, es tres veces lo que gana un director financiero en cualquier corporativo del país.

—Mi valor comercial excede esa cifra por un margen considerable. Si Don Eduardo quiere que reestructure Grupo Valderrama, el precio no puede ser el mismo que el de un empleado cualquiera. —Sebastián empujó el contrato hacia Dante—. Lo rechazo tal como está.

—Entonces, ¿qué chingados quieres?

Sebastián cruzó las manos sobre la mesa. La luz amarilla del foco le daba en la cara desde arriba y le marcaba las sombras bajo los pómulos. Parecía otro. No el tipo que dormía en el cuarto de servicio de su villa en la Condesa, sino alguien que podía sentarse frente a un consejo de administración y hacer que todos se callaran.

—Te ofrezco un descuento del cincuenta por ciento sobre mi tarifa real.

—¿Tu tarifa real? ¿Desde cuándo tienes tarifa?

—Desde que tres empresas me buscaron antes de que Don Eduardo se sentara a cenar esta noche. —Sebastián no pestañeó—. Cincuenta por ciento de descuento. Pero con tres condiciones.

Dante dejó el taco en el plato. Se limpió las manos con una servilleta y se recargó en la silla, que crujió bajo su peso.

—A ver. Dime tus condiciones.

—Primera: a donde vayas, me llevas. Reuniones, viajes, eventos, lo que sea. Si sales, salgo contigo.

—¿Qué eres, mi sombra?

—Soy tu asesor financiero. Necesito estar presente en cada decisión que tomes para que no destruyas la empresa antes de que termine de arreglarla.

Dante apretó la mandíbula. Tenía lógica, pero la forma en que Sebastián lo dijo —como si fuera un hecho, no una petición— le revolvió algo adentro.

—¿Y la segunda?

—Me mudo a tu habitación.

El ruido de la calle desapareció. O al menos eso le pareció a Dante, porque de pronto lo único que escuchaba era el chisporroteo del comal y el latido en sus propias sienes.

—¿Qué dijiste?

—Que me mudo a tu habitación. El cuarto de servicio es inadecuado para alguien en mi posición dentro de la empresa. Si voy a trabajar al nivel que se requiere, necesito descansar bien. Tu recámara tiene espacio suficiente para dos.

—Estás pendejo.

—Es una necesidad profesional.

—¿Profesional? ¿Dormir en mi cuarto es profesional?

Sebastián ladeó la cabeza. Un gesto mínimo, casi imperceptible, pero que Dante ya había aprendido a reconocer como peligroso.

—También tengo necesidades, Dante. Soy una persona, no una máquina. Llevamos semanas conviviendo y hay... requerimientos que no se resuelven solos.

El calor le subió a Dante desde el cuello hasta las orejas. Sabía exactamente a qué se refería. Lo sabía y por eso mismo no quería que siguiera hablando.

—¿Y la tercera condición? —preguntó rápido, casi atropellando las palabras.

Sebastián abrió la boca. La cerró. Sonrió. No la sonrisa educada que usaba con Don Eduardo ni la irónica que le dedicaba a Emilio. Esta era otra cosa: lenta, privada, como si guardara algo detrás de los dientes que todavía no estaba listo para soltar.

—La tercera... te la digo después.

—No mames. ¿Cómo voy a aceptar un trato sin saber todas las condiciones?

—Así funciona la negociación cuando tienes el producto que el otro necesita.

Dante se pasó la mano por la cara. Tenía la piel caliente. Maldita lona que no dejaba pasar el aire. Maldito foco amarillo. Maldito Sebastián con su boca que decía cosas como "necesidades" y "requerimientos" con la misma voz con la que leía un balance financiero.

—Mira —dijo Dante, y tuvo que carraspear porque la voz le salió rara—, si tú tienes... esas necesidades, puedes buscar a alguien afuera. No sé, baja una app, sal un viernes, haz lo que quieras. Yo no te voy a andar vigilando.

Sebastián dejó de sonreír.

Lo miró directo. Sin filtro, sin la capa de formalidad, sin el escudo de palabras elegantes. Lo miró como lo había mirado aquella noche en la cocina cuando Dante le preguntó por qué no se iba, y él contestó que no quería irse.

—No necesito buscar a nadie más —dijo Sebastián. La voz le bajó un registro, casi un murmullo, y aun así cada palabra llegó con la claridad de un cristal golpeando el piso—. Yo te quiero a ti.

El comal chisporroteó. Un carro pasó por la calle con la música a todo volumen. Alguien en la mesa de al lado se rio de algo. El mundo siguió girando, pero Dante se quedó clavado en la silla con el pecho apretado y la garganta seca, como si le hubieran sacado todo el aire de los pulmones de un golpe.

—Tú... —empezó.

—Yo.

—¿Quién dijo que yo no...? —Se frenó en seco. Cerró la boca tan rápido que se mordió la lengua. El dolor le sirvió para aterrizar—. Olvídalo. No dije nada.

—Dijiste algo.

—Dije que no dije nada. ¿Estás sordo?

Sebastián no insistió. Nunca insistía. Ese era el problema: no necesitaba insistir. Dejaba las cosas flotando en el aire y esperaba a que Dante se ahogara solo con ellas.

---

Pasaron unos minutos en silencio. Dante se comió los tacos que le quedaban sin saborearlos, masticando como si la carne al pastor le hubiera hecho algo personal. Sebastián finalmente agarró uno de los suyos y le dio un mordisco pequeño, limpio, sin que le escurriera nada.

Dante observó cómo la salsa le manchó la comisura del labio y cómo Sebastián se la limpió con el pulgar. Desvió la mirada hacia la calle.

"Pinche tipo. Pinche contrato. Pinches condiciones."

Sebastián comía con la cabeza baja, en silencio, como si la conversación de hacía un momento no hubiera pasado. Como si no acabara de decir "yo te quiero a ti" en una taquería de banqueta con salsa verde a un lado y cumbia sonando de fondo.

Entonces levantó la vista.

Lo hizo despacio, como todo lo que hacía. Primero los ojos, después la barbilla, hasta que quedó mirando a Dante de frente bajo la luz amarilla del foco que le daba sombras suaves en la cara.

—¿En qué estás pensando? —preguntó con una voz tan baja que Dante tuvo que inclinarse para escucharlo.

El corazón le dio un brinco. No uno normal, no uno de susto. Uno de esos que duelen, que se sienten en la garganta y en los dedos y en la parte de atrás de los ojos, y que no sabes si es miedo o algo peor.

Dante no contestó. Agarró otro taco que no quería, le echó salsa que no necesitaba, y se lo metió a la boca para no tener que abrirla para otra cosa.

Sebastián volvió a bajar la vista a su plato.

Y sonrió.

1
Stella Olmos
mágica historia me encanto
oneris medrano santamaria
me gustó tu novela fue buena en todo momento 👏👏
winter 609
ya me confundí y la historia está perdiendo el sentudo se supone que Emilio era el hermano de Dante no su papá y se supone que el ya estaba comprometido pronto a casarse lo que da como resultado herederos además en capítulos anteriores se supone que ya le habían quitado todo respaldo de la familia a dante, que ya le habían cortado tarjetas y toda la cosa pero ahora bienen a exigir como si eso no hubiera pasado, además es ilógico que dante siga llamando papa a emilio cuando en un principio dio a entender que no se consideraba de esa familia así como es ilógico que el papa le llamara a dante cuando en un principio dio a entender que ni lo pelaba y lo despreciaba entonces no tiene lógica
nana: lo mismo pensé, creo que quien escribe se está perdiendo los detalles de lo que va escribiendo. incluso las personalidades... el padre no le da ni la hora, como ahora lo llama ??
total 1 replies
winter 609
no se supone que ya lo habían vetado de esa familia? por que le piden ir a una reunión "familiar"
Juleiny
Celos 😂
winter 609
tiene razón este hombre oculta muchas cosas, pero igual el juego lo tiene perdido es mejor que no pierda su tiempo
winter 609
una lástima espero que este man pueda conseguir una buena pareja se ve que no es mala onda
winter 609
nadie mando a tu chingado padre a pensar con la cabeza de abajo y no con la de arriba, tremenda escoria y todavía quieren culpar a dante
winter 609
🤬🤬
winter 609
yo y los chismosos cuando
winter 609
son los celos
winter 609
que desperdicio
winter 609
😏😏
winter 609
maldito niño de papi ,tu y toda su familia agarrados de la mano chinguen todos a su madre
winter 609
maldito perro
Aylin Flores
Mención del Tec de Monterrey?
Aylin Flores
Yo todo el capítulo sonriendo.
Aylin Flores
Ay wey pobre Dante, no me quiero creer que él se va a enamorar primero y va a sufrir :(
Aylin Flores
Que culpa tenía el té /Scowl/
Aylin Flores
No manches, si no lo quieres regálamelo :(
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