Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
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Capítulo 14: Cuando el amor deja de ser silencio
El almacén todavía olía a pólvora.
A metal caliente.
A decisiones que ya no podían deshacerse.
Pero lo que realmente había cambiado no era el lugar… sino ellos.
Fabián y Débora seguían de pie en medio del caos que quedaba después del enfrentamiento. Los hombres de seguridad se movían alrededor, asegurando el perímetro, revisando cada rincón, pero para ellos dos el mundo se había reducido a un solo punto: el espacio entre sus miradas.
Luis ya no estaba.
El enemigo tampoco.
Y, sin embargo, el silencio que quedó era más fuerte que cualquier disparo.
Fabián respiró lento, como si por fin pudiera permitirle a su cuerpo reconocer el cansancio.
Pero su mirada seguía fija en Débora.
Ella estaba empapada, con el cabello pegado al rostro y las manos temblorosas, aunque intentaba disimularlo.
—Te dije que no vinieras —repitió él, esta vez más bajo.
No era un reproche.
Era algo más profundo.
Algo que apenas podía controlar.
Débora tragó saliva.
—No podía quedarme sin saber si ibas a morir aquí.
El aire entre ellos se tensó otra vez.
Fabián bajó la mirada un segundo.
—Siempre haces lo contrario de lo que te digo.
Una sombra leve de emoción cruzó su rostro.
Débora dio un paso hacia él.
—Porque ya no puedo obedecerte como antes.
Silencio.
Fabián levantó la vista lentamente.
—¿Y cómo puedes ahora?
La pregunta no era fría.
Era vulnerable.
Y eso era nuevo en él.
Débora sintió que el pecho le dolía.
Porque entendía lo que había detrás de esa pregunta.
No era control.
No era autoridad.
Era miedo.
—No lo sé —admitió ella—. Pero sé que no puedo alejarme cuando estás en peligro.
Fabián cerró los ojos un instante.
Como si esas palabras le pesaran más que todo lo que había vivido esa noche.
Detrás de ellos, uno de sus hombres se acercó.
—Señor… el área está asegurada. Podemos irnos.
Fabián asintió sin mirar.
—Terminen aquí.
El hombre dudó un segundo, pero se retiró.
Cuando quedaron solos otra vez, el silencio se volvió distinto.
Ya no era tensión.
Era intimidad.
Una intimidad peligrosa.
Fabián dio un paso hacia Débora.
Luego otro.
Hasta quedar frente a ella.
Tan cerca que el sonido de su respiración era lo único que existía.
—Hoy pudiste haber muerto —dijo ella en voz baja.
Fabián no respondió de inmediato.
—Pero no morí.
—No es lo mismo.
Él la observó.
Y por primera vez no parecía el hombre que controlaba todo.
Parecía alguien que estaba aprendiendo a sentir algo que no podía controlar.
—Cuando entraste… —dijo él lentamente— no pensé.
Débora lo miró.
—Solo reaccioné.
Ella bajó la mirada un segundo.
—Yo también reaccioné… cuando te dije lo que siento.
El aire cambió otra vez.
Fabián levantó una mano y le sostuvo el rostro con una suavidad inesperada.
—No debiste venir aquí.
—Pero vine.
—Podían haberte usado contra mí.
Débora sostuvo su mirada.
—Ya lo hicieron antes.
Silencio.
Esa frase golpeó más fuerte de lo que ambos quisieron admitir.
Fabián respiró hondo.
—No voy a permitir que eso vuelva a pasar.
Débora sonrió apenas.
—No puedes controlarlo todo, Fabián.
Él bajó la mano lentamente.
Pero no se alejó.
—Contigo… no quiero intentarlo —admitió.
El mundo pareció detenerse otra vez.
Débora sintió un nudo en la garganta.
—Eso suena peligroso viniendo de ti.
—Lo es.
Un silencio largo.
Profundo.
Real.
Y entonces, sin más barreras, sin estrategia, sin distancia…
Fabián la besó.
No fue apresurado.
No fue impulsivo.
Fue consciente.
Como si por fin hubiera dejado de resistirse a algo que ya era inevitable.
Débora cerró los ojos.
Y por primera vez desde que entró en la vida de Fabián…
no sintió miedo.
Solo lo sintió a él.
Cuando se separaron, el mundo volvió lentamente.
Pero ya no era el mismo.
Fabián apoyó su frente contra la de ella.
—Esto cambia todo —murmuró.
Débora sonrió suavemente.
—Ya había cambiado desde el día en que me trajeron aquí.
Él la observó en silencio.
Luego bajó la mirada, como si algo dentro de él finalmente se rindiera.
—No sé qué soy contigo —confesó.
—No tienes que saberlo ahora.
—Pero lo siento.
Esa frase fue simple.
Pero suficiente.
Débora le tomó la mano.
—Eso es suficiente.
El sonido lejano de las sirenas comenzaba a acercarse.
La realidad regresaba.
El mundo no había terminado su historia con ellos.
Pero en ese instante…
no importaba.
Porque el amor ya no era silencio.
Ahora era una decisión compartida.
Y por primera vez…
Fabián de Castro no estaba solo dentro de sí mismo.