Guiada por sueños inquietantes, Elara cruza el límite prohibido y encuentra a Kael, el hombre que ha visto en sus visiones. Lo que parece un encuentro imposible revela un lazo antiguo entre Luz y Sombra, despertando una profecía capaz de traer salvación... o destrucción. ✨🌙
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Capitulo 11 — Ecos en la Penumbra
Elara:
El bosque amaneció envuelto en un silencio extraño, como si todos los seres que lo habitaban contuvieran la respiración. La luz del alba caía entre las hojas con un brillo inusualmente opaco, y los Lumarin se reunían en grupos pequeños, emitiendo destellos nerviosos mientras revoloteaban cerca de Kael y de mí.
Desde la batalla, nada había vuelto a sentirse completamente en calma. La energía del bosque había cambiado; la magia vibraba con un tono más profundo, más denso, como si estuviera advirtiéndonos de algo que todavía no alcanzábamos a ver.
Kael estaba a unos pasos, afinando el filo de una de sus hojas de sombra. Aunque su magia era principalmente espiritual y etérea, había aprendido a unirla a objetos físicos, creando armas capaces de enfrentarse a cualquier criatura corrompida. La concentración en su rostro, el ceño levemente fruncido y la forma en que apretaba la mandíbula me provocaban un escalofrío cálido que recorría todo mi cuerpo.
—¿Dormiste bien? —pregunté, acercándome lentamente.
Sus ojos se levantaron hacia mí, y ese brillo dorado oscuro que tenía cuando me miraba hizo que mi respiración se volviera un poco irregular.
—Si no estás en mis brazos, Elara… nunca es dormir del todo —respondió con un tono suave, pero cargado de esa intensidad que siempre parecía encenderme por dentro.
El vínculo entre nosotros seguía fortaleciéndose. A veces, cuando Kael me tocaba, sentía su magia mezclarse con la mía de un modo tan íntimo que me mareaba. Otras veces, incluso a distancia, sentía su deseo, su preocupación y su calor como si fueran míos.
Me acerqué hasta quedar frente a él. Kael dejó la hoja a un lado y envolvió mi cintura con una mano. Su toque era firme, protector, casi posesivo, pero lleno de una delicadeza que me hacía estremecer.
—Desde que sellamos el vínculo —susurré—, todo se siente más… vivo.
—Y más peligroso —agregó, apoyando su frente contra la mía—. Si alguien intentara romper nuestra unión ahora, la energía podría destruirlos… o herirnos.
No pude evitar recordar a él.
A la sombra que había intentado reclamarme como si mi corazón no fuese mío.
A quien Kael derrotó, pero no destruyó.
A quien prometió volver.
Una punzada helada recorrió mi espalda.
Kael lo percibió.
—Elara —su voz se volvió más profunda, envolvente—. No tienes por qué temer. Mientras respire, nadie tocará lo que es mío.
Cada vez que decía eso, cada vez que esa posesividad suave brotaba de él, un fuego cálido se expandía por mi pecho, por mi vientre, por mis piernas. No era miedo, era deseo. Era entrega. Era saber que él y yo habíamos sido hechos para fusionarnos, para protegernos… y para arder juntos.
Le rodeé el cuello con mis brazos y lo atraje hacia mí. Sus labios rozaron los míos con lentitud, como si quisiera imprimir cada segundo en mi memoria. Su respiración chocó contra la mía, cálida, intensa, tan cercana que sentía su ansiedad por besarme y su esfuerzo por contenerse.
—Kael…
—Dime, Elara —susurró sobre mi boca, sin llegar a tocarla del todo.
—No quiero que te contengas.
Sus ojos ardieron.
Un destello de sombra y fuego se encendió en sus pupilas.
Pero antes de que pudiera besarme con esa intensidad urgente que ambos deseábamos, los Lumarin comenzaron a emitir un sonido agudo, como campanillas rotas. Un centelleo acelerado inundó el claro.
Kael se tensó.
Yo también.
—Algo viene —murmuró.
Y esta vez, no era una simple criatura corrompida.
Era algo más grande.
Algo más poderoso.
Los Lumarin volaron hacia nosotros, formaron un círculo protector alrededor de nuestras piernas, y la luz que emitían comenzó a elevarse, cubriendo nuestros cuerpos como un velo.
—Quieren protegernos —dije, sintiendo la energía vibrar en mi piel.
Kael tomó mi mano.
Su magia me rodeó como un abrazo silencioso.
—Y nosotros debemos protegerlos a ellos —respondió.
El suelo bajo nuestros pies tembló.
Las ramas de los árboles se doblaron como si un viento invisible las empujara, aunque no se sentía aire.
Y desde las profundidades del bosque, una figura emergió.
No era humano.
No era animal.
Ni sombra ni luz.
Era una combinación de todo.
Un ser moldeado por magia antigua, con ojos que no parpadeaban y un cuerpo que se movía como si estuviera hecho de humo sólido.
—Kael… —susurré, sintiendo la presión intensa de la energía que emitía.
—Es un Vor’ka —murmuró él—. Guardianes de equilibrio. No atacan… a menos que detecten una amenaza inminente.
—¿Una amenaza como… nosotros? —pregunté, sintiendo mi estómago hundirse.
Kael no respondió.
Su silencio lo dijo todo.
El Vor’ka avanzó un paso.
Luego otro.
Sus ojos recorrieron el claro… y se detuvieron en nuestras manos entrelazadas.
Y entonces habló, con una voz que parecía resonar desde los huesos de la tierra:
—El vínculo… está incompleto.
Kael apretó mi mano.
—El vínculo está sellado —respondió con firmeza.
—Pero no estabilizado —dijo la criatura—. Su magia se desborda. Pone en peligro el equilibrio del bosque. Pone en peligro este mundo.
Sentí la sangre helarse en mis venas.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
El Vor’ka nos observó, inmóvil.
—Deben unirse de nuevo.
No en ritual.
No en batalla.
Sino en entrega.
Completa.
Profunda.
Honesta.
Un rubor ascendente recorrió mis mejillas.
Kael inhaló lentamente, como si intentara mantener el control.
—Si lo que insinúas es lo que creo... —comenzó Kael.
—Si no lo hacen —interrumpió el Vor’ka—, la magia que comparten se desatará sin control. Y cuando su enemigo regrese… él la tomará.
Sentí un nudo en la garganta.
Kael me atrajo hacia él de inmediato, en un acto casi instintivo, como si quisiera interponer su cuerpo entre el Vor’ka y yo.
—Nadie va a tocarla —gruñó, con una ferocidad tan viva que su magia se encendió en la superficie de su piel—. Nadie.
El Vor’ka inclinó la cabeza.
—Entonces complétense.
Y desapareció.
Tal como había llegado.
El silencio fue ensordecedor.
Los Lumarin se dispersaron lentamente, flotando entre nosotros con un brillo suave, como si quisieran tranquilizarnos.
Kael me miró.
Su respiración era pesada.
Sus ojos, oscuros, intensos, encendidos.
—Elara… —su voz tembló por primera vez en días—. ¿Estás bien?
Asentí, pero mi corazón golpeaba con fuerza dentro de mi pecho.
—Kael… ¿qué significa exactamente “completarse”?
Sus dedos rozaron mi mejilla, lentamente, como si temiera quebrarme.
—Significa dejar de contenernos.
Significa entregarnos por completo a lo que somos.
A lo que sentimos.
A lo que arde entre nosotros.
El calor subió por mi abdomen.
Mi piel hormigueó.
Mi respiración se volvió más rápida.
—Kael…
—No quiero apresurarte —susurró, acercando su frente a la mía—. Pero también sé que no puedo perderte. Y si nuestra magia depende de lo que sentimos… entonces tendremos que enfrentarlo. Juntos.
Sus labios rozaron los míos.
Un roce apenas perceptible, pero poderoso, profundo, ardiente.
—Estoy contigo —murmuré, cerrando los ojos—. Incluso en esto.
Kael exhaló, y sentí el temblor dulce de su alivio, de su deseo, de su amor y de su miedo a perderme.
—Elara… —su voz se quebró suavemente—. No sabes lo que significas para mí.
Lo abracé con fuerza, dejando que mi magia se mezclara con la suya en un pulso lento, íntimo, que recorrió mi piel como un estremecimiento.
—Lo sé —susurré—. Y siento exactamente lo mismo.
Los Lumarin se agruparon alrededor nuestro, formando un círculo de luz cálida.
El bosque respiró.
Nuestra magia se encendió.
La noche se acercaba.
Y con ella… lo inevitable.
La guerra avanzaba.
Nuestro enemigo volvería.
Y para sobrevivir… tendríamos que unirnos de una manera que cambiaría todo.