Luara siempre supo que no pertenecía a esa manada.
Sin haber despertado a su loba, regordeta y constantemente humillada dentro de su propia manada, creció siendo tratada como un error… incluso por quienes debían protegerla. Aun así, su corazón insistía en amar al hombre más inalcanzable de todos: el futuro Alfa.
La noche en que el destino debía coronarla como Luna, todo se convirtió en una pesadilla pública.
Rechazada, rota, marcada por palabras que nunca debieron pronunciarse, Luara descubrió que algunos dolores no matan… solo transforman.
Mientras la manada seguía creyendo que era débil, algo silencioso comenzó a nacer dentro de la olvidada loba blanca.
Porque cuando una rosa es pisoteada demasiado, no muere.
Ella aprende a herir.
NovelToon tiene autorización de AUTORAATENA para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19
Capítulo — Entre la vida y la nada
No hubo dolor.
Eso fue lo más extraño.
Después del grito, después del desgarro, después del fin… no hubo dolor alguno. Ni alivio. Ni miedo. Ni tristeza.
Nada.
Era como si me hubieran desconectado del mundo sin aviso. Como si alguien hubiera apagado la luz y se hubiera olvidado de avisar que un día ella podría ser encendida de nuevo.
No había sueños.
No había recuerdos.
No había tiempo.
Yo no sabía si estaba muerta, durmiendo o presa en algún lugar entre una cosa y otra. Yo simplemente… no estaba.
Si alguien me llamaba, yo no oía.
Si alguien lloraba, yo no sentía.
Si alguien me tocaba, mi cuerpo no respondía.
Era silencio absoluto.
Y el silencio no lastima — él apaga.
---
A veces, muy raramente, algo diferente sucedía.
No era pensamiento. No era consciencia. Era solo una sensación vaga, distante, como el eco de un eco.
Un peso en el pecho.
Una presión extraña en los huesos.
Un cansancio que no venía de esfuerzo alguno.
Pero no había imágenes. No había rostros. No había nombres.
Yo no recordaba a Kael.
No recordaba a la manada.
No recordaba el dolor.
Tal vez eso fuera misericordia.
Tal vez fuera castigo.
---
Mi cuerpo quedó inmóvil por días. Después semanas. Después meses.
Ellos me volteaban en la cama. Limpiaban mi rostro. Forzaban algunas gotas de té entre mis labios, solo para garantizar que yo no partiera de una vez.
Mi madre hablaba conmigo todos los días.
Yo no oía.
Mi padre sostenía mi mano, firme, como si quisiera anclarme en este mundo por la fuerza.
Yo no sentía.
La curandera venía. Tocaba mi pecho. Murmuraba palabras antiguas. Frunció el ceño más veces de las que le gustaba admitir.
— El cuerpo está aquí — ella decía. — Pero el alma… está lejos.
Nadie sabía decir dónde yo estaba.
---
El tiempo pasó sin dejar marcas en mí — pero dejó en todos alrededor.
Mis cabellos crecieron. Mi piel quedó más pálida. Mi cuerpo afinó no por elección, sino por supervivencia mínima.
Yo no soñaba.
Yo no luchaba.
Yo no decidía nada.
Si había una loba dentro de mí en aquel período, ella también estaba adormecida. No había aullidos internos. No había fuerza pidiendo paso.
Solo la nada.
---
Hasta que un día… algo cambió.
No fue súbito. No fue dramático.
Fue una molestia.
Un desconfort insistente, como si mi cuerpo estuviera recordando una función olvidada.
Respirar quedó… más pesado.
El pecho dolió.
Los dedos hormiguearon.
Después vino el frío.
Un frío que no venía del ambiente, sino de dentro.
Y entonces, por primera vez en un tiempo que yo no sabría medir, algo atravesó el vacío.
Una voz.
Distante. Grave. Cansada.
— Si ella no despierta pronto… no sé si despierta más.
No entendí las palabras. No sabía lo que significaban. Pero algo en ellas jaló.
Otra voz respondió, trémula.
— Ella es fuerte… siempre lo fue.
Esa… esa voz me tocó.
No porque yo recordara de quién era.
Pero porque dolió.
---
El dolor volvió de una vez.
No como antes — no como la del vínculo.
Era diferente. Bruta. Física. Cruda.
Mi pecho ardió.
Mis espaldas se arquearon.
Un aire pesado invadió mis pulmones como si yo estuviera aprendiendo a respirar de nuevo.
El mundo no volvió suave.
Él volvió rasgando.
Abrí los ojos con dificultad.
La luz fue agresiva demás. Parpadeé varias veces. Mi visión estaba borrosa, como si todo estuviera fuera de foco.
El olor vino primero.
Hierbas. Humo. Madera vieja.
Intenté moverme.
No conseguí.
— Calma — una voz dijo, ahora cerca demás. — No te esfuerces.
Tragué en seco. Mi garganta estaba seca, ardiendo.
— Agua… — intenté decir.
El sonido salió flojo. Casi inexistente.
Algo tocó mis labios. Gotas frías. Bebí como si nunca hubiera bebido antes.
— Quedaste inconsciente por mucho tiempo, Luara — la voz continuó.
Curandero.
Reconocí no por la memoria, sino por la autoridad tranquila.
Intenté hablar de nuevo.
— ¿Cuánto… tiempo?
Él vaciló.
Y fue en esa vacilación que yo sentí.
Algo estaba mal.
Muy mal.
— Después conversamos sobre eso — él respondió. — Primero, necesito que entiendas una cosa.
Respiré hondo. O intenté.
— ¿Qué… me sucedió?
Él me observó por algunos segundos largos demás.
— Tú sobreviviste a algo que pocas lobas sobreviven.
Mi corazón aceleró.
— El vínculo… — arriesgué.
Él asintió lentamente.
— Fue roto.
La palabra cayó pesada.
Mi cuerpo entero reaccionó, mismo sin yo recordar de nada.
— Y hay cosas que tú necesitas saber, Luara — él continuó. — Sobre aquel día. Sobre la manada. Sobre Kael.
Mi estómago se contrajo.
— Pero no ahora.
Cerré los ojos por un instante.
Cansancio absoluto.
— Ahora tú necesitas descansar — él dijo. — Porque cuando yo comience a contar… tu vida nunca más será la misma.
Y, por primera vez desde que desperté, yo sentí miedo.
No del pasado.
Sino de lo que yo estaba a punto de descubrir.