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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El día que mi voz no tembló Cap 14

Había algo que me aterraba más que los exámenes escritos: las exposiciones orales. Pararme frente a un aula llena de compañeros que tenían ropa nueva, dientes perfectos y una seguridad que yo solo había visto en las películas. Pararme ahí, con mi camisa blanca amarillenta , y hablar como si supiera lo que estaba haciendo.

El profesor Ricardo anunció la primera exposición del año: "Cada uno elegirá un cuento de Borges y lo analizará frente a la clase. Duración: quince minutos. Vale el treinta por ciento de la nota."

Mi estómago se encogió.

Elegí "El Sur". Lo había leído cuatro veces. Lo había subrayado con lapicera azul, lleno de notas al margen. Pero leerlo era una cosa. Hablar de él frente a treinta personas que me miraban era otra muy distinta.

Preparé la exposición durante una semana. Escribí el guion en mi cuaderno, lo repetí en voz alta frente a la computadora mientras el ventilador rugía, se lo expliqué a mi madre mientras amasaba. Ella no entendía nada de Borges, pero asentía con la cabeza y decía "claro" en los momentos clave.

—Vas a estar bien —me dijo la noche antes.

—¿Cómo sabes?

—Porque te conozco. Cuando algo te importa de verdad, se te nota en los ojos. Y esto te importa.

Llegué al campus con dos horas de anticipación. Me senté en una banca, saqué mis apuntes, y repasé una y otra vez. Mis manos sudaban. El cuello de la camisa me apretaba. A mi lado, una chica con una laptop plateada revisaba su presentación en Power Point. Impecable. Con gráficos, imágenes, transiciones.

Yo no tenía Power Point. No tenía computadora para proyectar. Solo tenía mi voz y mis apuntes.

Cuando me tocó pasar al frente, el aula quedó en silencio. Caminé hacia el pizarrón sintiendo que mis piernas eran de gelatina. Puse mis apuntes sobre el atril. Levanté la vista. Vi a Valentina en la segunda fila, con los brazos cruzados y una sonrisa que no me gustó. Vi a Lucía en el fondo, haciéndome un pulgar hacia arriba. Vi al profesor Ricardo, con sus lentes de marco grueso, esperando.

Respiré hondo.

—Bueno, voy a hablar de "El Sur" —empecé, y mi voz sonó rara, más aguda de lo normal.

Carraspeé. Me tomé un segundo.

—No tengo diapositivas —dije—. Solo tengo lo que leí y lo que entendí. Espero que alcance.

Alguien se rió. No miré quién.

Y entonces, algo pasó. Empecé a hablar de Borges, del protagonista Dahlmann, de la fiebre, del viaje al sur, de la navaja que brilla en la oscuridad. Mi voz dejó de temblar. Mis manos dejaron de sudar. Ya no veía a Valentina ni a sus amigas. Solo veía el cuento, las palabras, los símbolos.

Hablé de la identidad, de la muerte, de la valentía de enfrentarse a lo desconocido. Hablé de cómo a veces el destino te empuja hacia tu propio final y cómo ese final puede ser también una forma de libertad.

Cuando terminé, el aula estaba en silencio. Un silencio distinto al del principio. Era un silencio que escuchaba.

El profesor Ricardo asintió muy despacio.

—Muy bien, señorita Ramírez. Muy bien.

No dijo nada más. No hizo comentarios. Pero la forma en que pronunció el "muy bien" me llegó al alma.

Me senté. Lucía me apretó el brazo.

—Estuviste increíble —susurró.

—¿De verdad?

—De verdad. Hiciste llorar a una chica de atrás.

Miré hacia atrás. Una compañera que nunca me había dirigido la palabra se secaba los ojos con un pañuelo. Me sonrió. Le devolví la sonrisa.

Al final de la clase, Valentina pasó a mi lado sin mirarme. Pero esta vez no me importó. Había hecho algo que ella no podría hacer nunca: pararme frente a un aula sin nada más que mi voz y mis ideas, y ganar.

Esa noche, mi madre me preguntó cómo me había ido.

—Bien —dije.

—¿Temblaste?

—Al principio.

—¿Y después?

—Después me olvidé de que estaba en un aula. Solo pensé en el cuento.

Mi madre sonrió. Puso una porción de torta sobre la mesa. No para vender. Para nosotras.

—Eso es ser valiente, hija. No tener miedo. Sino tener miedo y hacerlo igual.

Compartimos la torta en silencio. La computadora rugía en el comedor. El sol se metía por la ventana, ya no quemaba, solo calentaba.

Al día siguiente, el profesor Ricardo publicó las notas. Me había puesto un 9.5. En el comentario escribió: "Claridad, profundidad y valentía. No necesitas diapositivas cuando tienes voz."

Guardé ese comentario en mi cuaderno. Todavía lo conservo.

 

 

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