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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

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Capítulo 15: La noche que lloré famoso

El autobús llegó a la terminal de El Rincón pasadas las dos de la madrugada. El viaje había sido largo, silencioso, apenas interrumpido por los ronquidos de algún pasajero y el chirrido de los frenos en cada curva. César fue el último en bajar. La terminal era una estructura de cemento gris, con bancas rotas y un olor a orines y diesel. No había nadie. Solo un perro callejero que lo miró con indiferencia antes de seguir su camino.

Caminó por las calles que conocía de memoria. Aunque la oscuridad era densa, sus pies encontraban el camino sin ayuda de la vista: la cuadra donde jugaba de niño, el árbol donde Milo se había roto un brazo, la tienda de don Pepe donde gastaba los pocos pesos que ganaba limpiando carros. Todo seguía igual. Todo seguía siendo él, aunque él ya no supiera quién era.

Llegó a la calle 12, número 7. La fachada azul desteñida, la ventana sin vidrio tapada con tela de arpillera, la puerta de madero que nunca cerraba bien porque la chapa estaba rota desde hacía años. Su casa. Su verdadera casa, no el apartamento limpio y ordenado de la ciudad.

No llevaba llaves. Tampoco las necesitaba. Empujó la puerta y entró en puntillas. El crujido de las bisagras lo traicionó.

“¿Quién anda ahí?” La voz de Laura, áspera por el sueño pero alerta, llegó desde el fondo.

“Soy yo, mamá. César.”

Un silencio. Luego el ruido de una cama, de pasos descalzos sobre el piso de cemento. La luz de una vela se encendió en la cocina. Laura apareció en el marco de la puerta con su bata vieja, el pelo revuelto, los ojos todavía medio cerrados. Cuando lo reconoció, no dijo nada. Solo lo abrazó. Lo abrazó como solo una madre puede abrazar: con todo el cuerpo, con toda el alma, con todos los años de espera y de miedo.

César se derrumbó en sus brazos. No pudo contenerlo más. El llanto le subió desde el estómago, un llanto ronco, convulsivo, que llevaba meses guardado. Laura lo sostuvo sin preguntar, sin pedir explicaciones, solo acariciándole la cabeza como cuando era niño y se caía de la bicicleta.

“Ya, ya”, susurraba ella. “Ya pasó. Estás en tu casa.”

Pasaron varios minutos hasta que César pudo calmarse. Laura lo llevó a la cocina, lo sentó en la silla de madera y le preparó un té con las hierbas que cultivaba en una maceta detrás de la casa. César tomó la taza con las manos temblorosas y bebió a sorbos pequeños. El calor del líquido le recorrió el pecho como un bálsamo.

“¿Qué pasó, hijo?”, preguntó Laura, sentándose frente a él. La vela parpadeaba entre ellos, dibujando sombras en las paredes desconchadas.

César negó con la cabeza. No sabía por dónde empezar. ¿Cómo explicarle a su madre que había mentido, que había traicionado, que había vendido su dignidad por un contrato? ¿Cómo decirle que el chico del escenario, el que cantaba con la guitarra y la sonrisa ensayada, no era su hijo, sino una máscara?

“Mamá, hice algo malo”, dijo al fin. “Algo muy malo.”

Laura no se inmutó. “Cuéntame.”

Y César contó. Contó lo de la cláusula del cuaderno, las canciones robadas, la mudanza obligada, el silencio impuesto. Contó lo de Esteban, la oficina sin ventanas, la grabadora roja, la declaración jurada. Contó lo del otro artista, el chico más joven que él, el que había perdido su contrato y su carrera por una mentira que él, César, había firmado con su propio nombre.

Cuando terminó, la vela casi se había consumido. El silencio en la cocina era absoluto. Laura tenía los ojos clavados en la mesa, las manos cruzadas sobre el mantel de plástico estampado. César esperó el reproche, el grito, la decepción. Pero no llegó.

“Hijo”, dijo Laura al fin, levantando la mirada. Sus ojos estaban brillantes, pero no había lágrimas. Había algo peor: compasión. “Tú no eres malo. Tú solo tenías miedo. El miedo hace cosas feas, pero no nos convierte en monstruos. Nos convierte en personas asustadas.”

“Pero firmé, mamá. Puse mi nombre en una mentira.”

“Y puedes poner tu nombre en una verdad también. Puedes retractarte. Puedes decir la verdad. Va a doler, te van a demandar, te van a odiar. Pero vas a poder mirarte al espejo. Y eso, hijo, no tiene precio. Créeme. No tiene precio.”

César se quedó en silencio, digiriendo las palabras de su madre. Laura se levantó, fue a la habitación y volvió con algo en la mano. Era el cuaderno escolar, el mismo donde César escribía sus primeras canciones. Lo abrió por una página marcada con una liga vieja. Era la letra de “Mil pesos”, escrita con la letra torpe de sus diecisiete años, antes de que la disquera la puliera y la hiciera famosa.

“¿Te acuerdas de esta canción?”, preguntó Laura. “La escribiste una noche que estábamos sin luz. Te sentaste en esta misma silla, con una vela, igual que ahora. Y cantaste bajito para no despertar a las niñas. Yo te escuché desde la otra habitación. Y lloré, César. Lloré porque por primera vez supe que mi hijo iba a llegar lejos. No por la fama, no por el dinero. Porque tenía algo que decir. Algo verdadero.”

César tomó el cuaderno con manos temblorosas. Leyó la letra original, sin los arreglos de Jonathan, sin los coros de otros cantantes, sin la producción pulcra de Melodía Records. Era suya. Solo suya. Sucia, imperfecta, hermosa.

“Ese eres tú, hijo”, dijo Laura. “No el de la chaqueta de cuero. No el de las entrevistas. No el del contrato. Este. El que escribe canciones en un cuaderno escolar con una vela encendida. Ese eres tú. Y ese no se vende.”

César cerró el cuaderno y lo apretó contra su pecho. “Mamá, ¿qué hago?”

Laura suspiró. “Primero, duermes. Estás agotado. Mañana, con la cabeza fría, decides. Pero pase lo que pase, yo estoy contigo. Siempre. ¿Entendido?”

César asintió. Laura lo llevó a su antigua habitación, la que ahora compartían Sofía y Camila. Las niñas dormían abrazadas, como dos monitos en una rama. César las miró un momento, luego se acostó en el suelo sobre una colcha vieja que Laura le tendió. No durmió bien, pero durmió. Por primera vez en meses, durmió sin pesadillas.

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A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana sin vidrio. César se despertó con el ruido de las gallinas y el olor del café que Laura estaba preparando. Sofía lo vio primero. Abrió los ojos enormes, parpadeó dos veces y luego soltó un grito.

“¡César! ¡César está aquí!”

Camila despertó sobresaltada. Ambas se le echaron encima, abrazándolo, riendo, hablando al mismo tiempo. César las abrazó con fuerza, riendo también, sintiendo por un momento que todo estaba bien. Que podía quedarse allí para siempre, en esa casita de paredes desconchadas, con su familia, con su música, con su verdad.

Pero el teléfono sonó. Era Mauricio. La pantalla mostraba veintitrés llamadas perdidas y quince mensajes. César no contestó. Apagó el teléfono y lo metió en el bolsillo.

“¿No vas a responder?”, preguntó Laura.

“No. Hoy no. Hoy quiero estar aquí.”

Laura sonrió. “Bueno, entonces siéntate a desayunar. Hice arepas.”

César se sentó en su vieja silla, la misma de siempre, y comió arepas con café mientras sus hermanas hablaban sin parar y su madre lo miraba desde la cocina con esos ojos que todo lo veían. Por un momento, solo por un momento, la fama no existió. Los contratos no existieron. Esteban y Mauricio fueron sombras lejanas.

Pero César sabía que no podía esconderse para siempre. La tormenta lo esperaba. Y esta vez, no tendría paraguas.

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