La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: El rugido del León contra el Rey
El galope del caballo de Alexander rompió la quietud de los senderos montañosos, dejando atrás una estela de nieve batida y barro congelado. El príncipe heredero no había tomado descansos ni había esperado a su escolta de las *Black Shadows*. La urgencia de la verdad que cargaba en su casaca lo espoleaba a avanzar sin tregua hacia la fortaleza del Norte. Cuando cruzó el puente levadizo del castillo de los Valerius, su montura estaba al límite y el vaho de su propia respiración se congelaba en el aire.
Alexander desmontó de un salto, con las botas pesadas golpeando las baldosas del patio de armas. No se molestó en quitarse las pieles de viaje ni en anunciar su llegada protocolar. Divisó a Theo en la galería baja, revisando unos arneses junto a los sargentos de guardia, y caminó hacia él con la determinación de quien arrastra una tormenta.
—Theo —soltó Alexander, su voz ronca interrumpiendo el murmullo de los soldados—. Deja eso. Tenemos que hablar ahora mismo.
El Comandante Supremo alzó la vista, entornando sus ojos gélidos ante el estado de su primo. Hizo una seña para que los subordinados se retiraran y avanzó un paso, cruzando los brazos sobre su imponente coraza de cuero.
—¿Qué te trae por aquí con tanta prisa, Alexander? —preguntó Theo, su tono grave y pausado—. Pensé que estabas ocupado limpiando los muelles de la capital.
—Se acabó el misterio —declaró el príncipe, acortando la distancia y clavando sus ojos claros en los del general—. La redada en la subasta y los informes del sur dieron resultado. Los invitados que tienes viviendo bajo tu techo no son simples emisarios ni oficiales transferidos. El maldito capitán al que tienes vigilado es el mismísimo Rey del sur en el exilio. Y la mujer que maneja tus mapas es su hermana mayor, la estratega de la corona.
Theo se quedó completamente inmóvil, con el rostro transformado en una máscara de piedra. Las piezas del rompecabezas que habían discutido días atrás en la posada encajaron de golpe con una violencia demoledora. La esgrima perfecta, el don de mando, la soberbia aristocrática... Todo cobraba un sentido alarmante. Pero la verdadera bomba estalló un segundo después, cuando Lucero cruzó el patio portando una cesta de lona y, al ver a Alexander, detuvo sus pasos con una sutil vacilación que no pasó desapercibida para el ojo clínico de su hermano mayor.
Theo desvió la mirada hacia Lucero, reviviendo la escena del jardín tras el ataque y la devoción con la que el supuesto subordinado la había sostenido. La sospecha de lo que había ocurrido en el balcón la noche anterior, el eco de los rumores de los guardias sobre un encuentro a solas, cobró una certeza absoluta en su mente. El intruso no solo le había mentido en su propia cara dentro de su fortaleza, sino que un monarca extranjero se había atrevido a ponerle las manos encima a la joya de la casa Valerius sin su consentimiento.
La ira protectora de Theo, acumulada durante semanas de frustración y celos contenidos, estalló con la fuerza de un alud en la cordillera.
—Ese bastardo —siseó el General de Hierro.
Sin escuchar las advertencias de Alexander, Theo dio media vuelta y cruzó el patio de armas con zancadas destructivas. La nieve comenzaba a caer con fuerza, cubriendo las piedras del suelo con una fina capa blanca, pero el calor de la furia que corría por las venas del Comandante parecía derretir el ambiente a su paso.
Interceptó al Rey encubierto justo cuando este salía de la armería baja, vistiendo aún el uniforme de lana tosca del Imperio.
—¡Tú! —grito Theo, su rugido resonando en todo el patio y haciendo que los centinelas de las torres se llevaran las manos a sus armas.
El Rey extranjero se detuvo, enderezando la espalda con esa parsimonia noble que Theo ahora reconocía y detestaba con cada fibra de su ser. No hubo tiempo para explicaciones ni diplomacia. Con un movimiento violento y fluido, Theo llevó la mano a su espalda y desenvainó su imponente mandoble de combate. El acero imperial emitió un zumbido limpio y asesino al cortar el aire, reflejando la luz pálida del invierno.
—Desenvaina —ordenó Theo, su voz temblando por la furia contenida, con la punta de su hoja apuntando directamente al pecho del monarca—. Desenvaina de una maldita vez, "capitán". Vas a pagar por cada mentira que escupiste en mi territorio y por haber osado tocar a mi hermana. De este patio no sales vivo.
El Rey midió la envergadura del general y, comprendiendo que las palabras ya no servirían para frenar a la fiera del Norte, desenvainó su espada recta con una solemnidad gélida.
El choque inicial de los aceros provocó un estruendo metálico que sacudió el patio. Fue un duelo a muerte brutal desde el primer segundo. Theo atacó con la fuerza salvaje de un león herido, descargando golpes descendentes con su mandoble que habrían partido en dos a cualquier soldado común. Cada impacto obligaba al Rey a retroceder, sus botas deslizándose sobre la nieve compacta, utilizando desvíos laterales y giros veloces para evitar el peso destructor de la hoja de los Valerius. El monarca demostró por qué llevaba la corona de su pueblo, respondiendo con estocadas quirúrgicas que buscaban los puntos ciegos de la coraza del general, pero Theo, cegado por la ira protectora, ignoraba el cansancio y el peligro, arrinconándolo contra las maderas de los establos.
El acero de Theo cayó de lado, destrozando uno de los postes de soporte y levantando astillas por doquier. Estaba listo para lanzar el tajo definitivo que terminaría con la vida del monarca cuando el espacio entre ambos fue invadido de forma imprevista.
—¡Basta, Theo! ¡Detente! —gritó Lucero, interponiéndose físicamente en la línea de ataque, con los brazos extendidos y el rostro pálido pero firme.
Al mismo tiempo, la estratega —la hermana mayor del Rey— emergió de la galería alta y bajó las escaleras de piedra con una velocidad asombrosa. Se plantó exactamente al lado de su hermano, bloqueando el avance del Comandante con su sola presencia imponente. El dobladillo de su capa oscura barrió la nieve ensangrentada del suelo mientras su mirada calculadora se clavaba en los ojos gélidos de Theo.
Theo detuvo el mandoble a escasos centímetros del cuello de la mujer, con los músculos de sus brazos temblando por el esfuerzo de frenar el golpe mortal. La respiración del general era un vaho espeso y agitado en el aire helado.
—Quítate de en medio —siseó Theo, con los puños apretados sobre la empuñadura de su arma—. Tu hermano ha sellado su destino. Nadie se burla de mi casa y vive para contarlo.
La estratega no dio un solo paso atrás. Sostuvo la mirada destructora del general con una templanza que rozaba la insolencia, dando un paso al frente hasta que el frío metal del mandoble casi rozó la tela de su propio jubón.
—Baja el arma, Comandante Valerius —declaró ella, su voz fluyendo con una frialdad y una claridad política que cayeron como agua helada sobre la hoguera del patio—. Deje de comportarse como un animal acorralado y use la mente que se supone que tiene para gobernar este ejército. La vida de mi reino, la sangre de mi pueblo y el futuro de la frontera de su propio Imperio dependen de la alianza que estamos firmando. Si asesina a mi hermano por un arranque de celos provincianos, destruirá el tratado antes de que empiece la guerra. Estará entregando las tierras de sus padres a los usurpadores místicas simplemente porque su orgullo herido no tolera la verdad. ¿Es eso lo que es el gran General de Hierro? ¿Un niño grande que prefiere ver arder el Norte antes de aceptar que necesita nuestra ayuda?
Las palabras de la mujer fueron un desarme verbal perfecto, un golpe quirúrgico al intelecto y al honor militar de Theo. El Comandante se quedó congelado en mitad del patio bajo la nieve que caía con más fuerza. La combinación de la cercanía física de la estratega, el recuerdo de la noche en la biblioteca y la lógica aplastante de sus argumentos lo dejaron temblando de una mezcla indomable de furia, orgullo herido y un deseo reprimido que amenazaba con devorarlo por completo. Quería destrozar al Rey, quería encerrar a Lucero, pero sobre todo, deseaba tomar a esa mujer por los hombros y callar su boca brillante con un beso posesivo.
Con un juramento sordo, Theo bajó el mandoble, clavando la punta de la hoja con fuerza en el suelo congelado del patio. Miró al Rey, luego a la estratega, y finalmente se giró hacia Alexander, que observaba la resolución del encuentro con los brazos cruzados desde la distancia.
—Esto no se ha terminado —sentenció Theo, su voz ronca vibrando en el silencio del patio de armas—. Vamos a ver qué tienen que decir nuestros padres sobre este nido de víboras que nos trajeron a casa.
El General de Hierro dio media vuelta y caminó hacia la torre del homenaje, dejando tras de sí un rastro de tensión que prometía hacer arder la fortaleza antes de que terminara el invierno.