Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Estrategia corporativa
...CAPÍTULO 10...
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...ANGELA SALLES ...
...PRESENTE…...
Estaba sentada detrás del imponente escritorio de madera de mi oficina en la empresa de mi padrastro, Alaric Thorne, rodeada de carpetas de análisis macroeconómico y contratos comerciales que debía revisar antes de la junta de la tarde.
Tenía los ojos inflamados y un dolor de cabeza latente, secuela de las horas que pasé llorando la noche anterior tras la destructiva pelea con el ahora mi exnovio, Maximiliem Cavendish.
En ese momento, la puerta se abrió sin previo aviso. El sutil pero inconfundible aroma a perfume precedió a la mujer que entró al lugar con un caminar perfectamente ensayado.
—Buenos días, Ángela —saludó Sofía, cerrando la puerta detrás de sí.
La miré por encima de mis gafas de lectura, sintiendo una opresión inmediata en el pecho. Sofía vestía un sastre hecho a medida, ni un solo cabello fuera de su sitio, la viva imagen de la aristocracia londinense. Al verla, era imposible no recordar que ella no siempre fue así. Mi madre se había transformado en una persona completamente diferente con los años, una metamorfosis impulsada por la sombra asfixiante de su suegra —la matriarca de los Thorne— y por su propia obsesión enfermiza de estar "al nivel" de la opulencia de su esposo Alaric. En su carrera por encajar en la élite y demostrar que merecía el apellido, Sofía dejó atrás cualquier rastro de calidez humana, convirtiéndose en una mujer fría, calculadora y superficial. Para ella, las personas ya no eran seres humanos; eran piezas de ajedrez. Por eso nuestra relación era un desastre. Para mí, ella hacía mucho tiempo que había dejado de ser una madre.
—Hola, Sofía —respondí con tono plano, volviendo la vista a los documentos para dejar claro que estaba ocupada.
—Espero que estés revisando los balances de comercio internacional para el comité —dijo, acercándose al escritorio y apoyando sus manos enguantadas en el borde—. Pero vine a recordarte algo más importante. Mañana es la gala benéfica de la fundación. Es el evento más importante de la temporada para la élite, estará toda la junta directiva y la prensa. No te olvides de llamar a Max hoy mismo para coordinar el vestuario y asegurarte de que te acompañe. Tienen que llegar juntos.
Dejé caer el bolígrafo sobre el escritorio. El sonido seco resonó en la oficina. Me quité las gafas de lectura de un tirón y la miré fijamente, armada con todo el escepticismo que me quedaba en el cuerpo.
—No voy a ir con Max, Sofía —solté, sosteniéndole la mirada con frialdad—. Terminamos. Anoche. Y no quiero volver a saber nada de él en mi vida.
Sofía parpadeó, perdiendo por una milésima de segundo su perfecta compostura. Sus cejas se juntaron en una línea tensa y cruzó los brazos sobre el pecho, mirándome con una mezcla de fastidio e incredulidad, como si le estuviera diciendo que había perdido un vuelo y no una relación de dos años.
—¿Qué dices, Ángela? ¿Cómo que terminaron? —preguntó, y su voz subió un tono, perdiendo la falsa dulzura—. No juegues con eso. ¿Qué pasó ahora?
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo la rabia de la noche anterior amenazaba con desbordarse otra vez en mi pecho, y decidí no guardarme nada.
—Pasó lo de siempre. Le descubrí otra infidelidad —le conté, con la voz temblando ligeramente por la humillación, pero firme—. Esta vez fue un chat con la misma tipa de la facultad con la que me juró que no hablaba. Mensajes, fotos, insinuaciones... todo. Me vio la cara de estúpida otra vez, y encima tuvo el descaro de culparme a mí, de decir que como estoy asfixiada con este semestre de la universidad y con el trabajo que Alaric me pone aquí, no tengo tiempo para él y por eso busca "distracciones". Me agarró, me manipuló, armó un escándalo en mi apartamento y casi destruimos la sala. Así que no, no me va a acompañar a ninguna gala. Maximilien Cavendish se puede ir directo al demonio.
Sofía no se inmutó. Ni una sola pizca de empatía o indignación materna cruzó sus ojos perfectamente maquillados. En lugar de eso, dejó escapar un suspiro de aburrimiento, como si le estuviera quitando el tiempo con un berrinche infantil.
—Por favor, Ángela, no seas tan melodramática. No es para tanto —soltó con una tranquilidad que me pareció aberrante—. Todos los hombres cometen errores, son impulsivos por naturaleza. Además, de igual forma van a volver, como siempre lo han hecho en estos dos años cada vez que tienen una de sus crisis.
Me quedé helada en la silla, mirándola con absoluto escepticismo. Sabía que era fría, pero escucharla normalizar las humillaciones de Max de esa manera me revolvió el estómago.
—¿Que no es para tanto? —repetí, sintiendo que la sangre me hervía—. Me engañó otra vez, Sofía. Me manipuló y me agredió verbalmente en mi propia casa. No voy a volver con él. Esta vez es definitivo.
Sofía dio un paso hacia el escritorio, inclinándose ligeramente. Su rostro se endureció.
—Escúchame bien, Ángela: ustedes no pueden terminar —sentenció, midiendo cada palabra con una rigidez implacable—. Entiende de una vez el mundo en el que vives. Tu relación con Maximilien no es un simple romance universitario que puedes desechar cuando te dé la gana. Los Cavendish y los Alistair-Thorne están a punto de cerrar el acuerdo de inversión más grande de la década. Ustedes dos son una parte fundamental para el fortalecimiento de las empresas familiares. La prensa los ama, la junta directiva ve en su unión la estabilidad que el mercado necesita.
Golpeó suavemente el dedo sobre la madera del escritorio, remarcando su punto.
—Así que te tragas tu orgullo, te pones un buen vestido mañana y arreglas las cosas con Max. No voy a permitir que un simple chat de Instagram arruine meses de estrategia corporativa. ¿Te queda claro?
Puse los ojos en blanco, sintiendo una oleada de asco y frustración que ya no me molesté en disimular. Me eché hacia atrás en la silla giratoria y miré a Sofía con el más absoluto desprecio.
—Hazme el favor y retírate de mi oficina si vas a seguir diciéndome esas estupideces —le solté, manteniendo la voz firme a pesar del nudo de rabia que tenía en la garganta—. No soy una moneda de cambio para tus negocios con los Cavendish.
Sofía abrió la boca, con los ojos encendidos en furia, lista para soltarme otra de sus reprimendas sobre el deber, el respeto y la etiqueta. Sin embargo, el sonido del intercomunicador del escritorio la interrumpió. Presioné el botón con brusquedad.
—¿Sí? —dije, conteniendo la respiración.
—Señorita Salles, lamento interrumpir —la voz de mi secretaria sonó un poco nerviosa a través del altavoz—. El señor Maximilien Cavendish está aquí en la recepción y dice que necesita hablar con usted de manera urgente.
El piso pareció moverse bajo mis pies. Me froté las sienes, completamente estresada, sintiendo que las paredes de la empresa se me venían encima. Max no tenía límites; no le bastaba con haberme lastimado la noche anterior, ahora venía a armar un escándalo en mi propio lugar de trabajo.
—Dile que no estoy, que estoy en una reunión o lo que sea. No lo dejes pasar, por ningún motivo —le ordené a la secretaria con tono cortante.
—¡De ninguna manera! —intervino Sofía, estirando la mano para presionar el intercomunicador ella misma—. Hazlo pasar de inmediato a la oficina.
Sofía soltó el botón, se giró hacia mí y me clavó una mirada implacable.
—Deja las idioteces de una vez, Ángela. Vas a sentarte, vas a escuchar a tu novio y van a solucionar esto como la pareja de adultos que se supone que son. No voy a tolerar tus berrinches.
Eso fue la gota que derramó el vaso. No iba a permitir que me acorralaran en mi propio espacio.
En un movimiento rápido, me levanté de la silla de golpe, haciendo que las patas del mueble chirriaran contra el suelo. Agarré mi abrigo del perchero y mi bolso con manos temblorosas por la adrenalina. Estaba sumamente enojada, tan cegada por la rabia que el dolor de cabeza desapareció por completo.
—Quédate tú a hablar con él, ya que tanto te importa —le espeté a Sofía, ignorando por completo sus llamados de advertencia mientras pasaba por su lado a zancadas firmes.
Abrí la puerta de la oficina de un tirón y salí al pasillo principal del piso corporativo. Caminé rápido, con los tacones resonando con fuerza sobre el suelo de porcelanato. Pero la suerte no estaba de mi lado. A mitad del pasillo, justo cerca de los ascensores, la figura de Max apareció. Venía con el cabello ligeramente desordenado y una expresión de angustia que ya me conocía de memoria.
Al verme, sus ojos se iluminaron y apresuró el paso, estirando una mano hacia mí.
—¡Ángela! Por favor, mi amor, hablemos. Vine a pedirte que me perdones, yo no puedo estar así contigo, anoche fue un malentendido y...
Me detuve en seco solo un segundo, lo suficiente para clavarle una mirada tan gélida que lo obligó a congelarse en su lugar.
—Ni se te ocurra dirigirme la palabra, imbécil —le corté en un susurro sibilante, cargado de un desprecio tan puro que Max dio un paso atrás, mudo.
No esperé a ver su reacción ni a que Sofía saliera de la oficina a armar un espectáculo frente a los empleados. Me giré hacia la puerta de la escalera de emergencias, empujándola con fuerza, y bajé los pisos casi corriendo, directo al estacionamiento subterráneo. Necesitaba subirme a mi auto, encender el motor y desaparecer de ese lugar antes de que terminara por volverme loca.
Terminé estacionándome frente a la boutique de Sarah.
Sarah había dejado de ser solo mi mejor amiga para convertirse en un fenómeno absoluto. Ahora era una influencer con cientos de miles de seguidores, pero, a diferencia de los parásitos de la élite que solo vivían de las apariencias, ella había canalizado toda esa atención en construir su propio imperio: una marca de cosméticos y ropa de diseñador que estaba arrasando en el mercado joven.
Empujé la elegante puerta de cristal de la tienda, y el familiar tintineo de las campanillas me recibió junto al aroma a lavanda y cuero nuevo. El lugar era precioso, minimalista y sofisticado. Al fondo del pasillo principal, vi a Sarah. Llevaba unos pantalones de sastre de tiro alto, el cabello recogido en un moño perfecto y una tableta en la mano. Estaba en pleno elemento, dirigiendo el barco.
—¡Con cuidado, por favor! —le decía a dos de sus empleados que bajaban unas cajas del fondo—. Saquen la ropa de la nueva temporada con delicadeza, no la vayan a ensuciar antes del lanzamiento del viernes. Si una sola costura se daña, nos retrasamos una semana.
A su lado, su asistente personal caminaba como una sombra, sosteniendo una agenda y hablándole a toda prisa:
—Sarah, recuerda que a las tres tienes la llamada con el laboratorio de los labiales, y mañana temprano debemos visitar a los proveedores de tela para revisar el lino italiano...
En ese momento, Sarah levantó la vista del inventario. Sus ojos se clavaron en mí y, al notar mi rostro descompuesto, las ojeras mal ocultas y la tensión en mis hombros, su expresión profesional se desmoronó de inmediato. Dejó la tableta sobre un mostrador y le hizo una seña rápida a su asistente.
—Cancela lo que quede de la tarde —le ordenó a la chica sin quitarme los ojos de encima—. Y por favor, dile a los chicos del bar del segundo piso que nos traigan dos Martinis a mi oficina. Ahora mismo.
La asistente asintió rápidamente y se retiró. Sarah caminó hacia mí a zancadas rápidas, ignorando por completo las cajas de ropa que acababan de llegar. Me tomó de las manos, mirándome con una mezcla genuina de preocupación y alarma.
—Ángela... por Dios, estás pálida —me dijo, bajando la voz mientras me guiaba hacia la privacidad de su oficina privada al fondo de la boutique—. ¿Qué pasó? ¿Es otra vez Max o tu madre? Cuéntame ya.
Me dejé caer en el sofá de terciopelo de su oficina, escondiendo el rostro entre las manos mientras toda la historia salía de mi boca como un torrente incontrolable.
A mitad del relato, la asistente de Sarah entró en silencio y dejó los dos Martinis sobre la mesa de centro. Sarah le dio las gracias con un gesto y esperó a que la puerta se cerrara por completo para tomar su copa y sentarse a mi lado, escuchando cada detalle con el rostro tenso y los ojos encendidos de indignación.
Cuando finalmente me callé, completamente agotada, Sarah le dio un trago largo a su Martini, dejó la copa con firmeza sobre la mesa y me tomó de las manos.
—Hiciste perfecto, Ángela —sentenció, mirándome con una seguridad que me devolvió un poco el alma al cuerpo—. Hice bien en decírtelo mil veces antes, pero qué bueno que por fin le terminaste a ese patán. Ese tipo no te respeta, nunca lo ha hecho. Es un infiel serial y un manipulador de primera que encima tiene el descaro de usar tus estudios y tu trabajo como excusa para sus porquerías. ¿Qué pretendía? ¿Que dejaras Economía Internacional para estar disponible veinticuatro siete para sus caprichos? Es un imbécil. No vuelvas con él, Ángela. Que se hunda con su orgullo.
Sarah suspiró, recostándose en el sofá, y su expresión se volvió un poco más sombría cuando tocó el segundo punto de mi crisis.
—Ahora... en cuanto a tu madre —continuó, midiendo sus palabras con cuidado—, ese es un tema mucho más denso. Ella está cegada por el estatus y por la elite, ya lo sabes. El problema es que ese es un asunto que tienen que solucionar las dos, cara a cara, porque Sofía no va a parar. Si tú no le pones un límite definitivo y le dejas claro que no vas a ser el títere de sus estrategias corporativas, te va a seguir asfixiando hasta que te rompas.
Me quedé mirando el líquido transparente de mi copa, procesando sus palabras. Sarah tenía razón.
—A ver, escúchame bien. Este viernes es mi lanzamiento, y después de eso, nos vamos a celebrar. Ya tengo todo planeado. Nos vamos con todo a las Bahamas, directo a Harbour Island. Te vienes conmigo.
Me froté las sienes, soltando un suspiro que parecía cargar con todo el peso de los balances de Alaric.
—Sarah, no sé...
—¡No me vengas con un "no sé"! —me interrumpió, dándome un empujoncito en el hombro—.Tienes que relajarte un poco y divertirte. Por Dios, Ángela, solo tienes veinte años y actúas como una señora menopáusica. Necesitas explorar nuevos horizontes, tratar de salir más y sacudirte ese ambiente rancio en el que te meten esos aburridos inversionistas.
Dejé escapar una pequeña risa, la primera en todo el día, aunque el cansancio seguía ahí.
—Déjame que lo piense, por favor —le pedí, recostando la cabeza en el sofá—. Tampoco puedo dejar el trabajo de la empresa tirado así como así. Es verdad que ya estamos en vacaciones intersemestrales de la universidad y no tengo que preocuparme por las clases de Economía hasta dentro de un mes, pero... no estoy muy segura de salir de esta burbuja.
Sarah me miró con suavidad, entendiendo perfectamente lo que pasaba por mi cabeza, y no me presionó más de la cuenta.
—Solo piénsalo, ¿sí? —me dijo, estirando la mano hacia su escritorio para tomar un sobre negro mate con letras doradas en relieve. Me lo tendió con una sonrisa cómplice—. Esta es la invitación VIP para el lanzamiento del viernes. A este sí vendrás, ¿no? Como tú mejor amiga, no te lo perdonaría si te lo pierdes.
Tomé el sobre entre mis manos, y la miré a los ojos, agradecida de tener al menos una persona real en mi vida.
—Claro que iré al lanzamiento, Sarah. No me lo perdería por nada del mundo —le sonreí, sintiendo un alivio genuino.
—¿Y a la celebración en Harbour Island? —insistió ella, alzando una ceja con picardía.
—Se lo dejas pensar a la señora menopáusica —le respondí, guardando la invitación en mi bolso mientras me ponía de pie.