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¿Alguna Vez Me Enamore?

¿Alguna Vez Me Enamore?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Romance / Escuela / Completas
Popularitas:547
Nilai: 5
nombre de autor: JESSE_SDV

Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.

NovelToon tiene autorización de JESSE_SDV para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 4

Los días pasaban lentos, como si el tiempo en aquel pueblo mágico estuviera suspendido en una rutina suave pero constante. Desde la ventana del aula se veían los árboles danzando con el viento, y a lo lejos, los montes cubiertos de neblina daban la ilusión de estar en una historia encantada. Para cualquiera que observara desde afuera, la vida en ese colegio rural parecía tranquila, casi poética.

Pero para Mey, cada día era una prueba. Desde aquel vergonzoso primer día de clases, se había vuelto invisible… o al menos, eso intentaba ser. Caminaba con pasos cortos, con los hombros encogidos, como queriendo reducir su presencia al mínimo. Sabía que si pasaba desapercibida, al menos no se reirían de ella otra vez.

Sin embargo, el destino tenía otros planes.

Al principio, pensó que las miradas eran parte de su imaginación. Que exageraba. Pero con el tiempo, los comentarios comenzaron a ser más frecuentes, más hirientes. Todo giraba en torno a su figura. Algunos chicos murmuraban cosas entre risas cuando ella pasaba, y algunas chicas ponían los ojos en blanco o cuchicheaban bajito, aunque lo suficientemente fuerte para que ella escuchara. "¿Ya vieron cómo se le marca la falda?" o "parece un tambor cuando camina" eran solo algunos de los comentarios que le llegaban.

Mey nunca había tenido complejos con su cuerpo. En la ciudad, había sido una chica común, con amigos que la querían como era. Pero en este nuevo entorno, donde las diferencias parecían notarse más, todo lo que la hacía única se volvía motivo de burla.

Y sin embargo, ella seguía adelante.

Se esforzaba por mantener una sonrisa, aunque fuera pequeña. Cuando la profesora hacía preguntas, Mey levantaba la mano con timidez, tratando de mostrarse participativa. En historia y literatura le iba bien, incluso en ciencias naturales lograba destacar. Pero había una materia que se le volvió una pesadilla: matemáticas.

Antes, en su anterior colegio, no tenía grandes dificultades. Podía seguir las clases, entendía los procedimientos. Pero ahora, en este nuevo lugar, con nuevos métodos, otra profesora y un ambiente en el que apenas podía concentrarse, se sentía perdida. Las fracciones se le escapaban, las ecuaciones la confundían, y los problemas verbales eran como acertijos imposibles de resolver.

—¿Cómo es que olvidé todo esto? —se repetía una y otra vez, mirando su cuaderno lleno de tachones y signos de interrogación.

La profesora de matemáticas, una mujer seca y directa, no ayudaba mucho. Era de las que creían que el que no entendía, simplemente no ponía atención. Así que cada vez que Mey no respondía bien, recibía una mirada de decepción o algún comentario que encendía las risas de los compañeros.

—¿Y tú, Mey? ¿También te perdiste con las fracciones o solo con tu reflejo en el espejo? —bromeó un chico un día, provocando una carcajada general.

Ella bajó la cabeza, fingiendo escribir algo.

Entre todas las voces, había una que dolía más. Elian.

Él era como un torbellino dentro del aula. Siempre tenía algo que decir, se reía fuerte, era el centro de atención. Las chicas lo miraban como si fuera el sol que iluminaba la clase, y los chicos querían estar cerca de él. Tenía ese aire de alguien que sabe que gusta y lo usa a su favor.

A Mey le había gustado desde el primer día. Incluso después de que se burlara de ella por el accidente del estornudo. Había algo en su risa, en su manera de caminar, en sus ojos que se entrecerraban cuando estaba concentrado, que la atrapaban. Pero cada vez que lo miraba, el destino le devolvía una bofetada.

Porque Elian, lejos de cambiar su actitud, parecía disfrutar haciéndola sentir mal.

Un día, durante una actividad en grupo, la profesora los dividió en equipos de cuatro. Para su mala suerte —o suerte torcida—, Elian fue asignado a su equipo. Mey se esforzó por disimular su nerviosismo, sonriendo con cortesía, tomando la palabra solo cuando era necesario. Elian parecía ignorarla, centrado en hablar con otro chico del grupo.

Pero en un momento, mientras Mey explicaba una idea, Elian le susurró al oído:

—Si las ideas fueran tan grandes como tus cachetes, seguro ganábamos el concurso.

Mey sintió que se le helaba la espalda. No supo qué responder. Nadie lo oyó, pero su cuerpo lo sintió todo. El temblor en sus manos, el calor subiendo por su cuello. Disimuló una sonrisa, siguió hablando como si nada. Pero por dentro, algo se rompía poco a poco.

A pesar de todo, Mey no dejaba de observarlo cuando él no miraba. Durante las clases, cuando el profesor explicaba, ella giraba levemente la cabeza para verlo garabatear en su cuaderno o morder la punta de su lápiz con ese gesto distraído que la enloquecía. Lo observaba en los recreos, cuando jugaba fútbol con los demás o cuando reía con las chicas del salón.

—¿Por qué te gusta alguien que te hiere? —se preguntaba a sí misma.

Y no tenía respuesta.

Quizás era porque, detrás de todas sus actitudes, ella intuía que había algo más. O quizás era solo que, en medio de tanta tristeza, necesitaba que algo le hiciera sentir mariposas, aunque fueran las mariposas equivocadas.

A veces, al llegar a casa, lloraba en silencio. Su madre le preguntaba cómo estaba, y ella respondía con la clásica “bien”. En su diario escribía todo lo que no podía decir en voz alta. Lo escondía debajo del colchón, como si al guardarlo ahí también pudiera encerrar sus penas.

Sin embargo, había algo en ella que no se quebraba. Por mucho que doliera, cada mañana se levantaba, se vestía, y volvía a intentarlo. Seguía estudiando, aunque fallara. Seguía participando, aunque se rieran. Seguía mirando a Elian, aunque él solo le devolviera desprecio.

Una tarde, en clase de educación física, los hicieron correr en parejas. A Mey le tocó con una chica nueva, Carla, que había llegado hacía poco. Carla era distinta: no parecía tener miedo de nadie, tenía una sonrisa fácil y no dudaba en hablar con quien sea.

Cuando terminaron de correr, Carla le ofreció su botella de agua.

—Oye, eres rápida —le dijo, riendo.

Mey parpadeó, sorprendida.

—¿Yo? Si casi me caigo dos veces.

—Sí, pero no te rendiste —respondió Carla con una sonrisa. Y eso, para mí, ya te hace más fuerte que muchos acá.

Fue la primera vez que alguien la defendía. La primera vez que alguien la veía más allá de su cuerpo o sus errores. No se hicieron amigas de inmediato, pero fue un inicio.

Ese día, al llegar a casa, Mey escribió en su diario:

"Hoy alguien me vio. Hoy, por un momento, fui más que la chica del moco o la de los cachetes grandes. Fui Mey, la que no se rinde."

Y aunque todavía Elian la mirara con burla. Aunque las matemáticas siguieran siendo su enemiga. Aunque la tristeza siguiera ahí, arrinconada. Había descubierto que resistir también era una forma de brillar.

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