Una historia de amor, odio y venganza
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La noche antes del derrumbe
Capitulo 14
Llegaron a la cabaña de la sierra cuando el sol empezaba a asomar sobre los picos de Guadarrama. El viaje desde Lisboa había sido largo y silencioso, atravesando la frontera por un paso secundario que Dante conocía de sus escapadas adolescentes. Nadie habló durante las últimas dos horas. Las palabras se habían agotado en el pacto del arcén; ahora solo quedaba la fatiga, el dolor del hombro de Valentia, y el peso del expediente que Lucas no soltaba ni para dormitar.
Dante aparcó el coche detrás de unos robles, cubriéndolo con una lona verde que guardaba en el maletero. El camuflaje era rudimentario, pero suficiente para despistar a un eventual rastreador. Nadie conocía aquel lugar. Nadie, excepto su madre muerta.
—Dentro hay comida enlatada, mantas y leña —dijo, abriendo la puerta de la cabaña con la llave que siempre llevaba colgada del cuello, junto a un pequeño colmillo de jabalí—. No es un hotel de cinco estrellas, pero es seguro.
Valentina cruzó el umbral y sintió el mismo escalofrío que la primera vez. La chimenea, los libros, la fotografía de su madre y la de Dante. Todo seguía igual, como si el tiempo se hubiera detenido desde aquella noche de tormenta. Pero ahora las cosas eran diferentes. Ahora sabía que la mujer de la foto —la madre de Dante, Elena— había sido amiga de Sofía. Que las dos llevaban la misma llave. Que las dos habían muerto en circunstancias violentas.
—Cuéntame lo de tu madre —dijo Valentina, sentándose en el sofá de cuero gastado—. Me lo prometiste en el coche.
Dante dejó la bolsa de comida en la mesa de madera y se sentó frente a ella, en el taburete de la cocina. Lucas, que había entrado detrás, se quedó en la puerta, indeciso.
—¿Quieres que me vaya? —preguntó.
—Quédate —dijo Valentina—. Esto también es tu historia.
Dante suspiró. Se pasó una mano por el pelo, gesto que Valentia ya conocía bien, y empezó a hablar.
—Mi madre se llamaba Elena. Era argentina, hija de exiliados políticos. Conoció a mi padre en Madrid, en una fiesta de la alta sociedad. Él se enamoró de ella al instante. Ella, creo, nunca se enamoró del todo. Pero se casaron porque era lo que se esperaba de ella. Mi padre era rico, poderoso, y le prometió que nunca le faltaría nada. Lo que no le dijo es que también la encerraría en una jaula de oro.
Lucas se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. El expediente seguía en sus manos, pero ya no lo apretaba con tanta fuerza.
—Elena descubrió los negocios sucios de mi padre al año de casarse —continuó Dante—. Él no se lo ocultó; al contrario, se lo contó con orgullo, como quien presume de un trofeo. Ella quiso denunciarlo, pero mi padre le mostró las fotos de sus padres en Argentina. Dónde vivían, a qué hora salían a comprar pan, qué colegio frecuentaba su sobrino pequeño. El mensaje era claro: si hablabas, ellos pagaban.
Valentina sintió un nudo en la garganta. Conocía esa táctica. Héctor Montenegro —o Diego, como debería llamarlo— era un maestro del chantaje.
—Entonces mi madre hizo lo que pudo —dijo Dante, con la voz quebrada—. Se alió con Sofía. Tu madre trabajaba para la Unidad de Delitos Económicos y llevaba tiempo investigando a mi padre. Elena se convirtió en su informante. Les unió algo más que la causa: las dos tenían hijas pequeños —tú y yo— y las dos querían un mundo mejor para nosotras.
—¿Y cómo murió? —preguntó Lucas, aunque parecía saber la respuesta.
—Renato la mató —respondió Dante, y esta vez no pudo contener las lágrimas—. La ahogó en la piscina de la mansión. Hizo que pareciera un accidente, pero yo lo vi. Tenía ocho años. Estaba escondido detrás de los arbustos del jardín, jugando al escondite con Lucas. Vi cómo mi tío sujetaba la cabeza de mamá bajo el agua. Vi cómo dejaba de moverse. Y no pude hacer nada. No pude ni gritar.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Lucas se llevó las manos a la cara y rompió a llorar en silencio. Valentina sintió cómo las lágrimas le resbalaban por las mejillas sin su permiso.
—¿Por qué no se lo contaste a nadie? —preguntó, con la voz ronca.
—Porque Renato me vio. Después de matar a mamá, se acercó a los arbustos, me levantó del suelo, me limpió la cara y me dijo: "Si hablas, tu padre será el siguiente. Y luego tu hermano. Luego tú. Y toda esta montaña de mierda que llamamos familia se irá al carajo. Así que abre la boca, Dante, y entierra lo que has visto. Aquí solo hay un accidente." Y yo le creí. Tenía ocho años y le creí.
Valentina se levantó del sofá. El hombro le dolía, pero ese dolor era nada comparado con el que sentía en el pecho. Se acercó a Dante, se arrodilló frente a él y le tomó la cara entre las manos, igual que él había hecho con ella tantas veces.
—No fue tu culpa —dijo—. Tenías ocho años. Un niño no puede contra un monstruo.
—Yo no soy un niño ahora —respondió Dante, con los ojos enrojecidos—. Y sigo sin poder contra él.
—No estás solo. Estamos nosotros.
Lucas se levantó del suelo y se acercó a ellos. Los tres formaron un círculo imperfecto, unidos por el dolor y la rabia y esa cosa frágil que a veces se parece al amor pero no lo es del todo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Lucas, secándose las lágrimas con la manga.
—Ahora —dijo Valentina—, hacemos una copia del expediente. La enviamos a la periodista. Y luego esperamos.
—No —interrumpió Dante—. Luego luchamos. Mi padre y mi tío no van a quedarse de brazos cruzados mientras su imperio se derrumba. Van a atacar. Y nosotros tenemos que estar preparados.
Prepararse significaba dormir. Aunque ninguno quería admitirlo, los tres estaban agotados. Valentina tenía el hombro vendado pero le ardía; Dante arrastraba las ojeras de quien no ha dormido bien en semanas; Lucas parecía a punto de desmayarse en cualquier momento. Decidieron turnarse para vigilar mientras los otros dos descansaban. Primero Lucas, luego Dante, luego Valentia.
Pero cuando llegó el turno de ella, algo cambió.
La cabaña estaba en penumbra, iluminada solo por las brasas de la chimenea. Dante dormía en el sofá, cubierto con una manta de lana. Lucas se había acurrucado en un rincón, con el expediente como almohada. Valentina se acercó a la ventana y miró el bosque. Todo estaba en calma. Demasiada calma.
—No duermes nunca, ¿verdad?
La voz de Dante la sobresaltó. Él estaba despierto, con los ojos abiertos en la oscuridad.
—No puedo —respondió ella, sin apartar la mirada del exterior—. Cada vez que cierro los ojos, veo a mi madre ardiendo.
—Yo veo a la mía ahogándose.
Dante se incorporó. La manta resbaló hasta su cintura y Valentia vio, por primera vez, su torso desnudo. No era un cuerpo de gimnasio, sino de supervivencia: cicatrices viejas, músculos duros, una línea de vello oscuro que desaparecía bajo el borde del pantalón.
—Ven aquí —dijo él, tendiéndole la mano.
Ella fue. No porque quisiera, sino porque sus pies se movieron solos. Se sentó en el borde del sofá, junto a él, y sintió cómo el calor de su cuerpo atravesaba el vendaje de su hombro.
—¿Todavía me odias? —preguntó Dante.
—No lo sé. ¿Todavía me mientes?
—No. Nunca más.
Esa noche no hicieron el amor. Hicieron algo más íntimo y más aterrador: se desnudaron delante del otro sin quitarse la ropa. Dante le contó el nombre de su primer perro, muerto cuando él tenía cinco años. Valentina le contó que su primer beso fue con una compañera del internado, a escondidas, y que le supo a fresa y a culpa. Él le confesó que lloraba todas las noches durante el primer año después de la muerte de su madre, pero que lo hacía en el cuarto de baño con el grifo abierto para que nadie lo oyera. Ella le confesó que había intentado suicidarse a los catorce años, con las pastillas de una compañera de piso, y que solo no lo consiguió porque le dio vergüenza que la encontraran.
—¿Ves? —dijo Dante, en algún momento de la madrugada—. No somos tan distintos.
—Somos iguales —respondió ella—. Por eso nos da tanto miedo querernos.
Él la atrajo hacia sí. Esta vez no hubo estrategias ni mentiras. Solo dos cuerpos rotos que se apoyaban el uno en el otro para no caerse del todo.
—Te odio —susurró Dante contra su pelo.
—Te odio más —respondió ella.
Y se quedaron dormidos así, abrazados, mientras afuera los lobos aullaban a una luna que parecía de mentira.
A la mañana siguiente, Lucas los encontró en el sofá, enredados como dos animales heridos. No dijo nada. Solo sonrió, preparó café y puso el expediente sobre la mesa.
—Hoy empieza la guerra —anunció—. ¿Estáis listos?
Dante y Valentina se separaron, pero no del todo. Sus manos seguían entrelazadas.
—Estamos listos —dijeron al unísono.
Y por primera vez, fue verdad.