Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Tango y obsesión
La orquesta del restaurante Cipriani arrancó los primeros compases de un tango rioplatense, y el salón entero pareció contener la respiración.
Dante se levantó de la mesa sin decir una palabra. Extendió la mano hacia Eva, que llevaba un vestido negro con abertura lateral y aretes de diamantes de la colección Yang —una pieza que ella misma había diseñado. Eva aceptó su mano con la naturalidad de quien lleva años confiando en el mismo compañero.
—No me pises —murmuró ella mientras caminaban hacia la pista.
—Nunca lo hago.
El bandoneón gimió una nota larga y oscura. Dante la tomó por la cintura, firme pero sin rigidez, y comenzaron a moverse. No era un tango de exhibición sino de conversación: ella avanzaba, él retrocedía; él marcaba un giro cerrado, ella lo completaba con un ocho perfecto. Sus cuerpos se entendían con la economía de dos personas que han aprendido a leerse sin palabras.
Eva inclinó la cabeza hacia su hombro.
—Anderson no te quita los ojos de encima —dijo en voz baja.
—Lo sé.
—¿Te molesta?
Dante la hizo girar, aprovechando el movimiento para barrer con la mirada el perímetro del salón. Anderson Lorenzo estaba de pie junto a una columna de mármol, copa de champán en la mano, completamente inmóvil. No miraba a la pista en general. Lo miraba a él. Solo a él.
—No —respondió Dante—. Me es útil.
Eva soltó una risa breve, casi inaudible bajo la música.
—Mientes fatal, Dean.
El tango aceleró. Dante la llevó en una secuencia de cortes rápidos, los zapatos de ambos deslizándose sobre el piso de madera oscura como si el suelo fuera agua. Los otros invitados de la gala se habían retirado de la pista para observarlos, pero Dante apenas lo registró. Su mente estaba partida en tres: el ritmo, la posición de Anderson y la información que Leslie le había prometido para esa noche.
La música terminó con un golpe seco del contrabajo. Eva se separó de él con una sonrisa leve, casi triste.
—Ten cuidado con esa utilidad que mencionas —le dijo al oído antes de volver a la mesa—. Los hombres como él no se dejan usar.
Dante no respondió. Volvió a su lugar, tomó un sorbo de whisky y dejó que el ruido del salón lo envolviera.
*
Anderson no había tocado su champán.
Richard apareció a su lado con la discreción de una sombra, las manos cruzadas detrás de la espalda.
—El señor Yang baila bien —comentó en tono neutro—. ¿Desea que le traiga otro vehículo? La gala terminará pronto.
Anderson no contestó de inmediato. Sus ojos seguían fijos en Dante, que ahora conversaba con un empresario japonés al otro lado del salón. La luz de las velas proyectaba sombras cambiantes sobre el rostro de Dante, acentuando la línea de su mandíbula, el movimiento preciso de sus manos al gesticular.
—Richard.
—¿Señor?
—Esto ya no es un juego.
El mayordomo no se movió. Conocía ese tono: bajo, controlado, peligroso. Era el tono que Anderson usaba antes de tomar decisiones irreversibles.
—Quiero desarmarlo —continuó Anderson sin apartar la mirada—. Quiero tomarlo entre mis manos, pieza por pieza, y ver si puede mantenerse entero. Quiero poseerlo y destruirlo al mismo tiempo. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Richard guardó silencio durante tres segundos exactos. Luego habló con la voz templada que había perfeccionado a lo largo de veinticinco años de servicio.
—Entiendo, señor. Entiendo perfectamente.
Lo que no dijo —lo que ambos sabían— era que esa confesión no describía crueldad sino hambre. Anderson había perdido a su hermano gemelo a los seis años. Desde entonces, cada vínculo significativo se le presentaba como una ecuación de control: si puedo romperlo, es real; si sobrevive a mi peor versión, entonces me pertenece. No era amor en ningún idioma convencional. Pero era lo único que Anderson sabía ofrecer.
Richard recogió la copa intacta de la mesa auxiliar.
—¿Preparo el auto?
Anderson finalmente se giró hacia él. Sus ojos eran de un marrón casi negro, sin brillo.
—Prepáralo. Y asegúrate de que Yang sepa que me fui antes que él.
—Entendido, señor.
Anderson caminó hacia la salida sin despedirse de nadie. Los invitados se apartaban a su paso con una naturalidad ensayada, como si todos supieran que acercarse demasiado a Anderson Lorenzo era un privilegio que nadie pedía dos veces.
*
A las once de la noche, Dante estaba sentado en el escritorio del departamento de seguridad del hotel, con Leila de pie detrás de él y la pantalla del portátil mostrando el rostro pixelado de Leslie Avis desde la sede de Interpol en Lyon.
—Buenas noches, agente Lam —dijo Leslie con su acento británico cortante—. Iré al grano porque mi ventana de conexión segura es de ocho minutos.
—Adelante.
Leslie compartió pantalla. Apareció un diagrama corporativo con ramificaciones en rojo.
—MASSIVE tiene tres accionistas ocultos que no figuran en ningún registro público. Los encontramos gracias a una filtración del Banco Central de Panamá. Primer accionista: una sociedad fantasma registrada en las Islas Caimán, vinculada al tráfico de armas en el sudeste asiático. Segundo: un fideicomiso en Liechtenstein que canaliza fondos de origen desconocido. Tercero...
Leslie hizo una pausa deliberada.
—¿Tercero? —presionó Dante.
—Tercero es una entidad que todavía no hemos podido identificar, pero cuya firma digital coincide con patrones de lavado conectados a carteles mexicanos. Esto convierte a MASSIVE en algo mucho más grande que una empresa de logística, Lam. Es una máquina de lavado tricontinental.
Dante procesó la información en silencio. Leila, a su espalda, cruzó los brazos.
—¿Qué necesitas de mí? —preguntó Dante.
—Necesito que consideres usar a Anderson Lorenzo como activo de inteligencia. Tiene acceso directo a los tres niveles de la estructura. Si logramos que coopere, voluntaria o involuntariamente, podemos desmontar MASSIVE desde adentro.
Dante miró la pantalla sin parpadear. La propuesta era lógica, fría, profesionalmente impecable. También significaba convertir a Anderson en una herramienta. Usar su fascinación, alimentarla, dirigirla.
"Quiero poseerlo y destruirlo al mismo tiempo."
Las palabras de Anderson —que Dante no había escuchado pero intuía con una precisión que lo inquietaba— reverberaron en algún lugar detrás de su esternón.
—Lo voy a pensar —dijo.
—No hay mucho tiempo, Lam.
—Dije que lo voy a pensar.
Leslie lo estudió a través de la cámara durante un instante y luego asintió.
—Tienes setenta y dos horas. Avis fuera.
La pantalla se apagó.
Leila rodeó el escritorio y se sentó en la esquina, los brazos todavía cruzados.
—¿Vas a hacerlo?
—¿Usar a Anderson?
—Sí.
Dante cerró el portátil con un clic suave.
—Prepara los vuelos a Las Vegas. Salimos mañana a las seis. Tenemos reunión con el señor Red a las once, hora del Pacífico. Quiere ver la colección completa de Joyería Yang antes de comprometerse con la distribución en sus casinos.
Leila lo observó un momento más largo del necesario. Luego se puso de pie.
—Entendido. ¿Primera clase o privado?
—Privado. No quiero registros comerciales.
—Hecho.
Leila caminó hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el marco.
—Dante.
Él levantó la vista.
—No te pierdas en esto —dijo ella sin inflexión—. He visto agentes mejores que tú desaparecer dentro de sus propias coberturas.
Dante sostuvo su mirada.
—No voy a perderme.
Leila no pareció convencida, pero no insistió. Cerró la puerta detrás de ella, y Dante se quedó solo en la habitación oscura, con el olor a whisky todavía en los labios y el eco del bandoneón atrapado en algún rincón de su memoria.
Afuera, la Ciudad de México respiraba su ruido nocturno: sirenas lejanas, motores, el murmullo interminable de doce millones de personas viviendo sus propias versiones del peligro.
Dante apagó la lámpara.
En la oscuridad, permitió que un solo pensamiento cruzara la línea de seguridad que había construido alrededor de su mente operativa:
"Si Anderson quiere desarmarme... ¿qué pasa si ya empezó?"
Se levantó, se ajustó el reloj y salió de la habitación sin mirar atrás.