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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Borrador

Guerra o tregua

Alexander no perdió un segundo. Marcó el número privado de Müller con los dedos tan tensos que parecían a punto de romper la pantalla del teléfono, y cuando la llamada fue atendida al otro lado, ni siquiera dio tiempo al saludo protocolario que solía preceder a los negocios sucios entre mafias. "Escúchame bien, cabrón", escupió Alexander en un alemán macarrónico pero cargado de la furia visceral de los rusos cuando tocan a los suyos, "nadie sabe de Laura en Rusia. Nadie. Su asistente nos ha dicho que está descansando, su madre no sabe nada, y su hermana gemela lleva siete días sin dormir por su culpa. Así que no me vengas con mentiras, no te atrevas a decirme que está bien, y mucho menos te permito pensar siquiera en haberle puesto un dedo encima. Me importa una mierda que seas el Don de la mafia alemana, que tengas sicarios, abogados y políticos en tu nómina; si has hecho algo contra ella, te juro por la memoria de mi abuelo que te mato sin contemplación, y si sobrevives a eso, desato una guerra entre clanes que te va a costar más que tu imperio y tu puta vida.

Así que deja de hacerte el cabrón, pon a mi hermana al teléfono ahora mismo, y cuando termine de hablar conmigo, la pondrás a hablar con Lorena y con Valentina. ¿Entendiste, alemán? Nos estamos viendo." Y colgó sin esperar respuesta, dejando el silencio al otro lado como un puñal clavado en el oído de Fred Müller. Alexander respiró agitado, con el pecho subiendo y bajando como un fuelle, y miró a Valentina, que lo observaba desde el sofá con los brazos cruzados y el ceño fruncido, conteniendo la respiración. "Ya está hecho, amor", le dijo Alexander con una voz que aún temblaba de adrenalina, "ahora solo queda esperar que ese alemán tenga más miedo a la guerra que a su propio orgullo.

 Pero si en una hora no tenemos noticias, no voy a esperar más, voy a llamar a mis hombres y vamos a volar a Berlín con o sin avión privado". Valentina asintió, pero en su interior sabía que las balas de palabra solo abrían la puerta; si Laura no aparecía pronto, las balas de verdad cantarían en las calles de Berlín y ninguna negociación detendría a una mujer que había visto cómo su mejor amiga desaparecía en el silencio más absoluto.

Dimitri esperó exactamente tres minutos después de que Alexander colgara, el tiempo justo para que Müller digiriera la primera amenaza y creyera que aquello era simplemente un arrebato pasional de un cuñado celoso. Llamó él mismo, con la frialdad calculadora del hombre de negocios que ha visto cadáveres flotar en el Neva y ha negociado tratados de paz en medio de fuego cruzado. "Müller, soy Dimitri", dijo sin rodeos, con una voz tan plana como el acero, "no me suelo inmiscuir en los matrimonios ajenos, lo sabes bien porque hemos hecho negocios juntos y siempre he sido un hombre de palabra, pero mi esposa está que trepa por las paredes porque lleva una semana sin saber de su gemela, y como no tengo otra forma de calmarla, voy a tener que involucrarme aunque no quiera. Y te voy a ser sincero, alemán: soy yo quien paga tus platos rotos. Si Lorena se pone histérica, yo soy el que duerme en el sofá, yo soy el que escucha sus gritos a las tres de la madrugada, yo soy el que paga las facturas del psiquiatra y los billetes de avión improvisados. Así que por puro egoísmo, por querer mantener la paz en mi propia casa y en mi propia cama, te pido que le des el teléfono a Laura para que llame a su hermana, a Valentina y a su madre.

No es una sugerencia, Dimitri no hace sugerencias, es una condición innegociable. Si en media hora esas llamadas no ocurren, no te quedará más remedio que recibirnos en tu casa de Berlín, a mi esposa y a mí, y créeme, Fred, cuando Lorena está en modo salvaje, ni tus guardaespaldas mejor pagados pueden detenerla, porque esa mujer es capaz de derribar puertas blindadas con una mirada." Dimitri se detuvo un instante, dejando que el peso de sus palabras calara en la mente del mafioso como gotas de plomo fundido, y luego añadió con una voz más baja pero infinitamente más peligrosa, casi un susurro: "No quiero una guerra, no me interesa ensuciarme las manos con sangre alemana, pero si tú me obligas a elegir entre el negocio y la tranquilidad de mi mujer, te aseguro que elijo a mi mujer, y elijo enterrar tu cadáver en el jardín de tus malditas reuniones de negocios, con tus propias orquídeas como testigos. Media hora, Müller. El reloj ya está corriendo".

Fred Müller sostuvo el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada como si aún pudiera ver las caras de los dos hombres que acababan de amenazarlo desde dos frentes distintos pero con una misma determinación implacable. Primero Alexander, el ruso bravucón que le prometió una guerra interminable y le cantó las cuarenta como si el Don de la mafia alemana fuera un simple matón de barrio; luego Dimitri, el calculador que le dejó claro que su paciencia era más corta que un mechero sin gas y que el precio de su silencio era más alto que cualquier acuerdo millonario. Durante unos segundos eternos, el hombre que había hecho temblar a jueces, comisarios y jefes de la competencia sintió lo que nunca había sentido en sus cuarenta años de vida: el vértigo de estar completamente acorralado, no por enemigos armados hasta los dientes, sino por un círculo de mujeres que habían tejido una red de lealtad alrededor de Laura tan fuerte que ni el imperio más poderoso podía romperla.

 Miró hacia la puerta del dormitorio, donde ella seguía sentada en la cama, con la espalda recta y la mirada perdida a través del ventanal, ajena a esas llamadas pero consciente en lo más profundo de su ser de que algo se estaba moviendo, de que su hermana no la había abandonado. Fred respiró hondo y, por primera vez en su vida, dejó que el miedo a perder a su esposa fuera más fuerte que su ego, que su orgullo de Don y que todas las reglas no escritas de su mundo.

 Se levantó con movimientos torpes, caminó hacia el buró donde guardaba el teléfono de ella confiscado desde aquella noche en que ella intentó huir a la habitación de invitados, una medida de control que ahora le parecía ridícula y patética y lo tomó con dedos que temblaban ligeramente. Volvió al cuarto, se arrodilló frente a Laura con una humildad que ella nunca había visto en él, y le tendió el dispositivo como quien entrega un arma cargada.

⁷"Llama a tu hermana", le dijo con una voz que apenas reconocía como suya, ronca y quebrada, "y llama a Valentina, y llama a tu madre. Diles que estás viva, que no te he tocado, que solo he sido un imbécil, el mayor imbécil de la tierra. Porque han llamado dos hombres que están dispuestos a derribar mi imperio y a matarme por ti, y por primera vez en mi vida entiendo que no tengo cojones para enfrentarme a eso, que no hay bala ni blindaje que pueda protegerte de un amor tan feroz como el de tu hermana. Llama, Laura, antes de que la media hora se cumpla y termine recibiendo a Lorena con un cuchillo entre los dientes y a Dimitri con una lupa buscando el lugar exacto donde enterrarme". Laura levantó lentamente la cabeza, sus ojos se encontraron con los de él, y al ver el teléfono en sus manos, sintió que el pecho se le deshinchaba por primera vez en siete días de angustia contenida.

Tomó el aparato con una lentitud deliberada, y al ver la pantalla iluminarse con los cientos de mensajes perdidos de Lorena, de Valentina y de su madre, una oleada de alivio y de lágrimas contenidas le recorrió el cuerpo entero. Marcó el número de Lorena con dedos temblorosos, y mientras el tono de llamada sonaba en el otro extremo, supo que, aunque todo se hubiera roto entre ella y Fred, aunque su matrimonio estuviera hecho añicos, el amor de su hermana seguía siendo el ancla más sólida que cualquier mafia, cualquier Don y cualquier guerra, y que mientras Lorena respirara, ella nunca estaría realmente sola.

El rostro que salva

Laura marcó el número de su hermana con los dedos aún temblorosos, sintiendo el peso del teléfono en la palma como si fuera un salvavidas en medio de un océano de angustia. La pantalla se iluminó y, al cabo de apenas dos tonos, el rostro de Lorena apareció en la videollamada, desencajado, con el cabello revuelto y los ojos inyectados en sangre por las noches en vela. Junto a ella, asomando por el borde de la pantalla, estaba Valentina, con su melena roja suelta y una expresión de alerta máxima, como una leona que olfatea peligro. Lorena no perdió ni un segundo en observar a su gemela con esa precisión quirúrgica que solo los que comparten el mismo útero y la misma sangre pueden tener, y antes de que Laura pudiera siquiera articular un saludo, su hermana la interrumpió con la voz quebrada pero firme: "Has llorado, no me mientas, tus ojos no me engañan. Esos párpados hinchados, esa ojera que te llega hasta las mejillas, yo conozco tu cara mejor que la mía propia, hermana. Dime qué te ha hecho ese desgraciado". Laura intentó esbozar una sonrisa débil, de esas que apenas levantan las comisuras de los labios, y respondió con una voz que era más susurro que palabra: "Un poco, ya sabes cómo soy de intensa, lloro por todo, por una película, por un atardecer, por el olor del pan. No soy fuerte como tú, hermana, perdóname por preocuparte, no quería que te alarmaras". Pero Lorena, que había crecido aprendiendo a descifrar los silencios de su hermana, no se tragó aquella excusa tan endeble como un papel de fumar. Se inclinó hacia la cámara con los ojos entrecerrados, y su voz se volvió un filo que cortaba el aire: "Dame un momento el celular, ponme al bastardo de tu esposo, quiero hablar con él ahora mismo". Laura dudó, miró hacia atrás, hacia Fred que seguía arrodillado en el suelo como un penitente, y luego volvió a la pantalla con una mezcla de miedo y alivio. "Quiere hablar contigo", dijo Laura en voz baja, y Lorena asintió con una determinación tan feroz que hasta Valentina, a su lado, contuvo el aliento. Laura le pasó el teléfono a Fred, que lo tomó como quien recibe una sentencia de muerte, y en ese instante el rostro de Lorena se llenó de toda la furia contenida de siete días de angustia.

"Escúchame bien, Müller, y no me interrumpas porque no tengo paciencia para tus excusas de mafioso de medio pelo", comenzó Lorena con una voz que no admitía réplica, fría como el acero siberiano, "tú no mereces ni una lágrima de mi hermana, ni una sola. Algo le hiciste, no sé qué, pero no la arrastres a tu inmundicia ni la conviertas en tu prisionera. Si no puedes ser un hombre de verdad, si no puedes ser un esposo que la proteja y la respete, entonces pon a mi hermana y a mi sobrino en un avión y mándalos a casa, porque ella no es uno de tus guardaespaldas para ser aislada del mundo, mucho menos castigada por tus miserias. Y créeme, Fred, si ella me dice que valla a por ella, ni tú ni ninguna mafia de este planeta me van a detener, porque yo vuelo esa maldita casa en pedazos, ladrillo por ladrillo, y me la llevo aunque tenga que pasar por encima de tu cadáver. Así que compórtate como el hombre que debes ser, que es lo único que te pido, y ponme a mi hermana ahora mismo".

 Fred, con la mandíbula tensa y el rostro pálido como la cera, le devolvió el teléfono a Laura sin atreverse a pronunciar ni una palabra, y cuando la imagen de Lorena volvió a ocupar la pantalla, su expresión cambió por completo, de la furia de una tormenta al calor de un abrazo invisible. "Ahora tú, Laura, dime: ese imbécil te golpeó, porque si lo hizo, juro por todo lo sagrado que cojo el próximo vuelo y le parto la cara". Laura negó con la cabeza, con una certeza que sorprendió incluso a ella misma: "No, Lorena, él no haría eso, jamás me ha levantado la mano". Lorena arqueó una ceja y soltó una risa amarga pero cómplice: "Ah, entonces te puso los cuernos y quiere que se los aguantes como una santa. Pues mira, hermana, si ese cabrón te engaña, búscate un joven de tu edad, hermoso y cachondo, y que te haga el amor una semana entera, dale de su propia medicina, que sepa lo que se siente. Eres una Lombardi, Laura, no lo olvides, eres suficiente mujer para cualquier hombre que pueda estar a tu altura, y si él te ha engañado, entonces es un cobarde, un mentiroso, y no se merece ni un segundo más de tu tiempo.

Pero ahora dime, ¿cómo está mi sobrino? ¿Está bien? ¿Ha comido? ¿Ha dormido? Porque si algo le ha pasado a él también, no respondo de mis actos". Laura, con las lágrimas rodando libremente por sus mejillas pero con una sonrisa genuina en los labios, le aseguró que el niño estaba bien, que dormía en su habitación, ajeno a la tormenta de los adultos, y en ese instante, mientras miraba a su hermana y a Valentina en la pantalla, sintió que el mundo dejaba de derrumbarse.

Valentina, que había permanecido en silencio escuchando, se asomó por completo a la cámara y dijo con esa voz suya que siempre lograba calmarla: "No estás sola, Laura, jamás lo estás. Nosotras estamos aquí, y aunque estés al otro lado del mundo, siempre vamos a encontrar la manera de llegar a ti. Ahora respira, toma un vaso de agua, y prométenos que mañana nos volverás a llamar, no importa la hora, no importa si es de día o de noche, porque si no lo haces, te juro que Lorena y yo montamos un circo en Berlín que ni la policía va a poder controlar".

Laura asintió, riendo y llorando al mismo tiempo, y mientras la llamada se despedía con promesas de hablar al día siguiente, supo que, aunque todo a su alrededor estuviera hecho añicos, el amor de su hermana y de su amiga seguía siendo el faro más brillante en la noche más oscura de su vida, y que mientras ellas respiraran, ella tendría siempre un hogar al que regresar.

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