Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 6
Romina
La luz me golpeó los párpados como un aviso implacable de que la noche había terminado. Parpadeé varias veces, intentando enfocar la realidad, y lo primero que sentí fue el vacío a mi lado. La cama estaba fría. Estaba sola.
Me incorporé de golpe, llevándome una mano a la cabeza que me latía con fuerza. La habitación ya no era la cueva oscura de la noche anterior. La luz del día se colaba por esa pequeña ventana sucia, revelando un espacio reducido, desordenado, con cajas apiladas en las esquinas y un viejo perchero oxidado. Parecía un trastero, no el escenario de la noche más intensa de mi vida.
Miré a todos lados. No había nadie. Ni rastro del hombre misterioso, de su voz grave, de sus manos que habían recorrido mi cuerpo con esa mezcla de urgencia y delicadeza. Solo estaba yo, desnuda, con la piel marcada por las sábanas arrugadas y el recuerdo ardiente de sus caricias.
Busqué mi ropa a tientas, sintiendo el frío de la mañana en mi piel. El vestido color vino estaba en el suelo, arrugado, y al recogerlo, el olor de la noche anterior sudor, alcohol, se-xo me golpeó con la fuerza de un recuerdo vívido.
Me vestí con manos temblorosas, ajustándome la ropa interior, subiendo el cierre del vestido, alisando las arrugas con las palmas mientras intentaba procesar lo que había pasado.
Las sensaciones volvían a mí en oleadas. Sus manos en mis caderas. Sus labios en mi cuello. Esa voz profunda susurrándome que era hermosa, que era perfecta. Y yo, que siempre había odiado cada centímetro de mi cuerpo, que siempre lo había escondido bajo capas de tela holgada, me había entregado por completo a un desconocido en la oscuridad.
¿Qué había pasado, Por qué me había sentido así? El calor, el deseo incontenible, la pérdida de control... nada de eso era normal en mí. Pero en ese momento, en la penumbra de aquella habitación, había sido la persona más libre del mundo.
Salí del cuarto con cuidado, cerrando la puerta detrás de mí. El pasillo estaba desierto. Avancé hacia la salida del bar, y cuando crucé la puerta, la luz del sol me cegó por un instante. El local estaba prácticamente vacío. Algunos compañeros, los que habían resistido toda la noche, dormitaban en las mesas o en los sillones del fondo. Olían a alcohol y a trasnocho. Reconocí a dos chicos de mercadotecnia, a una chica de recursos humanos. Pero de Laura, ni rastro.
El corazón me latía a mil por hora. Necesitaba salir de allí, necesitaba llegar a casa, necesitaba poner orden en mi cabeza. Caminé rápido hacia la calle, levantando una mano para detener un taxi. Uno se detuvo casi de inmediato, y cuando di mi dirección, la voz me salió ronca, apenas un susurro.
Durante el trayecto, apoyé la frente contra el vidrio de la ventanilla y dejé que los recuerdos me invadieran. No sabía qué había pasado exactamente. No entendía cómo había terminado en esa habitación, cómo había permitido que un desconocido me tocara así, cómo había respondido con tanta pasión. Pero a pesar de la confusión, a pesar de no haber visto su rostro, a pesar de que probablemente no lo volvería a ver jamás... no podía negarlo.
Había sido especial.
Me había gustado.
Y esa certeza, en lugar de asustarme, me llenaba de una calma extraña.
Llegué al edificio, pagué al taxista y subí las escaleras con las piernas aún temblorosas. Cuando abrí la puerta de nuestro pequeño apartamento, el silencio me recibió. Avancé de puntillas hasta la habitación de Laura y asomé la cabeza. Ahí estaba, hecha un ovillo en su cama, todavía con el vestido azul marino arrugado, roncando suavemente. Dormía como un tronco.
Sonreí a pesar de todo. Al menos ella estaba bien.
Me metí en la ducha y abrí el agua, dejando que el chorro caliente cayera sobre mi piel. El vapor llenó el pequeño baño, y mientras el agua resbalaba por mi cuerpo, los pensamientos se arremolinaban en mi mente como hojas en un torbellino.
Recordaba sus manos. Recordaba sus labios. Recordaba la forma en que había dicho qué, regalo me has dado, cuando supo que era mi primera vez. Recordaba la delicadeza con la que me había tratado, como si fuera algo precioso, algo digno de ser cuidado.
Y entonces, sin saber por qué, las lágrimas comenzaron a mezclarse con el agua de la ducha. Lloraba y no sabía bien si era de confusión, de miedo, de felicidad o de todo a la vez. Pero también sonreía. Sonreía como una idiota, recordando la sensación de sus brazos rodeándome, de su peso sobre mí, de sus palabras en mi oído.
Cuando salí de la ducha, envolviéndome en una toalla, me paré frente al espejo empañado. Pasé la mano por la superficie, limpiando un círculo para verme el rostro. Pero lo que vi fue más que mi cara. Vi mi cuello, y ahí estaban, pequeñas marcas rojas, casi imperceptibles, pero inconfundibles. Besos. Mordidas suaves. Las huellas de su boca sobre mi piel.
Bajé la mirada hacia mi cuerpo, hacia mis pechos, hacia mis caderas. Y por primera vez, en lugar de odiar lo que veía, recordé sus manos acariciando cada curva, sus labios besando cada pliegue, su voz diciéndome que era perfecta.
—Eres hermosa
susurré, repitiendo sus palabras, tratando de creérmelas.
La puerta del baño se abrió de golpe como un vendaval.
—¡¿Romina, Dónde carajo estabas?! ¡Te busqué toda la noche! ¡Toda la puta noche!
Laura irrumpió en el baño como una furia, con el pelo alborotado, los ojos inyectados en sangre y una expresión entre el alivio y la desesperación. Me agarró por los hombros y me zarandeó ligeramente.
—¿Estás bien, Te pasó algo? ¡Contesta, Romina!
—Tranquila, Lau, estoy bien
dije, intentando calmarla, pero ella no aflojaba.
—¿Bien, Bien dices? Desapareciste, Romi. Una hora, dos horas, tres... y nada. Tu copa estaba en la mesa, tu cartera también, pero tú no. ¡Hasta dejaste el celular!
gritó, y entonces soltó un suspiro tembloroso.
— Le pregunté a todo el mundo. A los de la facultad, a los camareros, a los idiotas de León y sus amigos... y nadie sabía nada.
—¿Le preguntaste a León?
pregunté, frunciendo el ceño.
—Sí, y puso una cara de no saber nada que me pareció sincera, pero con ese imbécil nunca se sabe
bufó Laura.
—La única que dijo algo fue Valeria. Esa estirada de mierda dijo que te había visto salir con alguien, que parecías irte por tu propia voluntad. Pero no supo decirme con quién.
Recordé entonces a Valeria en el baño, su sonrisa falsa, sus palabras amables que no encajaban con ella. Y el vino. Ese sabor amargo del vino.
—Llamé a tu celular como mil veces
continuó Laura, sacándome de mis pensamientos
— Pero sonaba en tu cartera, Romi. La encontré en la mesa, junto a tu copa. ¡Dejaste todo! ¿Qué clase de persona desaparece y deja todo, Qué pasó?
Me quedé en silencio, mirándola. Sus ojos marrones estaban llenos de preocupación genuina, de miedo, de amor de amiga. Y yo necesitaba contárselo. Necesitaba decírselo a alguien.
—Lau... —
empecé, tragando saliva.
— Pasó algo.
continuara...