Un temible asesino a sueldo reencarna por karma en el cuerpo de una noble atrapada en una novela trágica. Su destino: casarse con el volátil Emperador de Fuego para calmar su ira, ser abandonada por la protagonista real y morir de depresión.
Dispuesto a cambiar su destino (y a costa de su hombría), decide jugar el juego: curará la inestabilidad del Emperador, pero planea exigir un divorcio millonario para recorrer este nuevo mundo mágico a su antojo. Lo que no esperaba es que al Emperador de Fuego le fascinara tanto su fría y letal esposa. Entre conspiraciones, magia y un romance que no quiere aceptar, el antiguo asesino tendrá que luchar para demostrar que ella (el)... definitivamente no es la heroína de esta historia.
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Capitulo 14: El precio de la supervivencia
El plazo de tres días se ha extinguido como una vela consumida por la brisa, y para Vance, aquel silencio es una sentencia de muerte disfrazada de celebración. Mientras observa el reflejo en el espejo, el abismo entre su alma (la de un hombre acostumbrado a la lógica y a la aspereza de su vida pasada) y su realidad actual (la piel, los gestos y la delicadeza de Mirelle) se siente más profundo que nunca.
No es una novia preparándose para el amor; es una presa acicalándose para un sacrificio ritual. La noche de bodas no es, en su mente, un acto de unión, sino un campo de batalla táctico. Tiene que sobrevivir. Y si eso significa interpretar el papel de la esposa hasta que sus manos dejen de temblar, lo hara.
__Señorita, está lista__. Susurró Mara, su voz apenas un hilo de nerviosismo y admiración.
A su lado, la Duquesa Waters contempla la escena con los ojos anegados en lágrimas, una estampa de orgullo maternal que, para Vance, resulta dolorosamente ajena. Miyuki, por su parte, ajusta los últimos encajes del vestido con una precisión obsesiva.
El atuendo no es el tradicional blanco nupcial que simboliza pureza. Aquello es un estandarte de guerra. El diseño es una oda al Imperio de Fuego: una mezcla de seda marfil y un azul profundo como el océano nocturno, todo bordado con hilos que alternan entre el rojo Borgoña y el naranja vibrante, creando un efecto visual que emula llamas danzantes. Las mangas, una compleja red de seda y encaje negro, caen con elegancia. El escote de corazón esprofundo, audaz, resaltando su figura sin caer en la vulgaridad, una elección que Vance, desde su mente masculina, consideró una distracción estratégica necesaria.
"¿Crees que Kaelen se atreva a objetar algo?". Pensó, con una chispa de cinismo.
__Si se atreve a quejarse, le pateare las pelotas hasta que recuerde quién es la verdadera dueña de su destino__. Afortunadamente, el emperador no ha puesto una sola traba.
Mirelle giró ligeramente, observando el resultado final. Ya no es solo una joven noble; el espejo le devuelve la imagen de una futura emperatriz, alguien que no solo va a ser coronada, sino que pretende dominar. Su cabello, recogido en un moño sofisticado, deja escapar mechones traviesos que enmarcan su rostro, coronado por una tiara de obsidiana incrustada con rubíes que brillan en tonos Borgoña y naranja.
__Estás hermosa, hija mía... serás una gran emperatriz__. Dijo la Duquesa, con la voz quebrada por la emoción.
Mirelle asintió, tensando los hombros. No es la emoción lo que la mantiene rígida, sino el peso del futuro. Cada movimiento es una coreografía calculada.
El momento de la verdad llegó. Las puertas se abrieron y el Duque Waters se aproximó para escoltarla. El camino hacia el Gran Templo no es un simple paseo; es un mensaje político. El hecho de que la boda se oficiara en el epicentro espiritual del imperio, y no en una ceremonia privada como dicta la costumbre para las emperatrices anteriores, es un anuncio audaz: Mirelle no es una consorte de paso, es una figura de poder.
Y en aquel imperio, el poder atrae enemigos como la carroña a los buitres.
Mientras caminan, el Duque, ajeno a la tormenta mental de su "hija", no puede evitar elogiar su fortaleza.
__Ya no me preocupa que estés en el palacio__. Confesó él en un murmullo, apretando suavemente el brazo de Mirelle.
__Has demostrado una resiliencia que no creía posible. Los nobles nunca estarán satisfechos, Mirelle, pero ahora sé que puedes destrozarlos__. Mirelle le dedicó una media sonrisa, una máscara perfecta que oculta la fiera que habita bajo la piel de seda y encaje.
__No deben preocuparse, padre__. Respondió ella con una firmeza que hizo que el Duque la mirara, sorprendido por la seguridad en su tono.
__Si intentan algo, descubrirán que esta "frágil" emperatriz tiene dientes__.
El Gran Templo se alzó ante ellos, una maravilla de ingeniería que desafia la gravedad. Piedras preciosas, cristales tallados y magia antigua se fusionan en una estructura que parece un castillo de otro mundo. Los tonos marfil, naranja y Borgoña dominan la arquitectura, vibrando con una energía casi palpable.
Al entrar, el ruido del exterior se apagó, reemplazado por un silencio solemne. Mirelle se aferró al brazo de su padre. No es miedo (Vance se niega a admitir el miedo), sino los nervios del actor que entra a un escenario donde el guion está por escribirse y donde un error significa la caída.
El pasillo es interminable, decorado con flores que parecen hechas de fuego sólido y sombras danzantes. Al final, esperando bajo un arco de cristal, esta Kaelen.
El emperador luce un traje que parece una extensión de la arquitectura del templo: rojo Borgoña mezclado con naranja y detalles en obsidiana negra. Su corona, una obra maestra de oscuridad y luz, enmarca un rostro de facciones afiladas.
Kaelen la vio y, por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Su respiración se cortó. No ve a una mujer sumisa; ve una mezcla embriagadora de belleza, fragilidad y una fiereza latente que le revolvió la sangre. Eso, precisamente eso, es lo que lo ha atraído a ella desde el principio. Una mujer capaz de mirarlo a los ojos y desafiarlo sin pestañear.
Cuando el Duque llegó al altar y entregó la mano de su hija al emperador, hubo un murmullo en la audiencia. Los nobles, aquellos que esperaban una boda protocolaria y aburrida, se tensaron. La furia y el miedo comenzaron a filtrarse en sus rostros.
Kaelen no solo tomó la mano de Mirelle; lo hizo con una reverencia, hincando una rodilla ante ella, un gesto de lealtad absoluta que ningún emperador había hecho jamás ante una futura emperatriz en público.
El mensaje fue claro como el cristal: Ella es su igual, y protegerla es proteger el trono.
Mientras el emperador besa el dorso de su mano, los nobles apretaron los puños, confirmando sus sospechas. Mirelle ya no es solo una amenaza política; es un objetivo prioritario. Pero mientras siente la calidez de los labios de Kaelen contra su piel, Mirelle, o más bien Vance, sintió que algo cambió en su interior. La aversión inicial se convirtió en determinación. Si ellos quieren una guerra, el trono de fuego no será el único que arderá en el imperio.
La ceremonia apenas va a comenzar, y el juego de sombras esta por volverse letal.