En un pequeño taller lleno de historia y sencillez vive Liam: un joven trabajador, responsable y honrado, que cuida de su madre enferma y lleva una vida alejada de los reflectores. Todo cambia cuando llega Demián: un hombre imponente, dueño de una gran corporación, poderoso, dominante y acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Demián encarga que solo Liam repare su valioso coche antiguo y empieza a visitar el taller cada día. Se unen dos mundos opuestos: la humildad de Liam frente al control y la influencia de Demián. Nace una relación llena de tensión y sentimientos, donde el poder y la entrega se entrelazan en una historia que cambiará sus vidas para siempre.
NovelToon tiene autorización de Mateo Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La verdad distorsionada
La puerta se cerró tras Liam, dejándolo solo en el pasillo, pero dentro del despacho, el aire se sentía denso, cargado de una tensión que no había desaparecido, sino que solo había cambiado de forma. Demián no se sentó de inmediato. Se quedó de pie frente a su escritorio, con los puños apretados a los costados, la respiración lenta y pesada, como si estuviera luchando contra algo que no lograba identificar del todo.
Pero Valentino sí lo identificaba todo.
Valentino se reclinó cómodamente en su asiento, entrelazó los dedos sobre su regazo y observó a su viejo amigo con esa mirada inteligente y peligrosa que tenía. Sabía que había lanzado la frase perfecta, la que encajaba como una llave en la cerradura de la mente de Demián. Ahora solo tenía que girarla suavemente.
—Esto es nuevo para ti, ¿verdad, Demián? —empezó Valentino, con voz suave, casi pensativa, rompiendo el silencio—. Nunca antes habías tenido que lidiar con esto. Generalmente, la gente que está a tu lado sabe muy bien dónde está su sitio. Se sienten afortunados de respirar el mismo aire que tú. Pero él… él es diferente.
Demián giró la cabeza lentamente para mirarlo, sus ojos grises oscurecidos por la confusión y el orgullo herido.
—Es terco —dijo Demián con voz grave—. Y tiene una boca demasiado rápida.
—No es solo eso —corrigió Valentino, negando suavemente con la cabeza, como si estuviera explicando algo muy sencillo a un niño—. Es que él no te ve como te vemos los demás. Para mí, para cualquiera que esté en su sano juicio, tú eres el líder, el jefe, el hombre al que todos obedecemos y respetamos por encima de todo. Pero para Liam… para él, eres solo el hombre con el que se acuesta. Y lo peor de todo es que él cree que eso lo hace tu igual.
Demián dio media vuelta y caminó hacia la gran ventana, mirando hacia abajo, hacia la ciudad que él controlaba. Las palabras de Valentino entraban en su mente y encontraban terreno fértil. ¿Igual? La sola idea le resultaba absurda, ofensiva, casi repugnante.
—Se equivoca —murmuró Demián, con frialdad absoluta.
—¡Claro que se equivoca! —exclamó Valentino, levantándose y caminando despacio hacia él, acercándose para hablarle casi al oído, como si compartiera el secreto más íntimo y verdadero del mundo—. Pero el problema, amigo mío, es que él cree que tiene razón. Míralo: te desafía delante de mí, te exige respeto, te habla como si tuviera derecho a opinar, a decidir, a estar a tu altura. ¿Y sabes por qué lo hace? Porque tú se lo has permitido.
Demián se giró bruscamente hacia él, con el ceño fruncido.
—Yo no le he permitido nada. Yo soy quien manda.
—¿Seguro? —Valentino arqueó una ceja, con una sonrisa triste y calculadora—. Porque desde fuera, y te lo digo como tu socio y quien más te conoce en este mundo… desde fuera parece otra cosa. Parece que él ha logrado lo que nadie: suavizarte. Que ha logrado que el gran Demián De Vries, el hombre que no acepta un "no" por respuesta, el hombre que traza la línea y todos la siguen… ahora tenga que aguantar que un chico de la calle le lleve la contraria.
Valentino hizo una pausa, dejando que el veneno se esparciera, y luego soltó la frase que sellaría todo:
—Él piensa que, porque lo deseas, te tiene bajo control. Piensa que tu deseo es tu debilidad y su poder.
Demián sintió cómo la sangre le hervía en las venas. ¿Que él era la debilidad? ¿Que Liam creía tener poder sobre él? Aquello era intolerable. Era una mancha en su reputación, en su imagen, en lo que él era. Valentino estaba en lo cierto, maldita fuera. Él había sido demasiado blando, demasiado permisivo al principio, dejando que las cosas fluyeran por el placer, y ahora ese chico tenía la audacia de creerse su par.
—Tienes razón —dijo Demián, y su voz sonó más baja, más peligrosa, más fría que nunca—. He cometido un error al tratarlo como si fuera algo más de lo que es. Le he dado un centímetro y ha tomado un kilómetro.
—Y va a seguir tomando más si no lo detienes —añadió Valentino rápidamente, martilleando la idea—. Hoy te exige respeto y trato de igual a igual. ¿Qué será mañana? ¿Te exigirá que le entregues acciones? ¿Que le des un puesto en la junta? Ya ha cruzado la línea hoy, Demián. Te ha desafiado abiertamente. Si tú no respondes con la autoridad que te corresponde, si tú no le enseñas la realidad de un golpe, entonces él nunca lo entenderá.
Demián volvió a mirar hacia la puerta cerrada donde estaba Liam. Ya no veía al chico del que se había enamorado o al que deseaba. Ahora, gracias a la imagen que Valentino había pintado en su mente, solo veía a un desafío, a un intruso que no entendía su lugar, a alguien que necesitaba ser educado a la fuerza.
—¿Y qué sugieres que haga? —preguntó Demián, girándose totalmente hacia Valentino, buscando confirmación, buscando la solución que su mente alterada ya había aceptado—. ¿Cómo le hago ver que no es nada sin mí? Que nunca podrá estar a mi altura?
Valentino sonrió, una sonrisa suave y cruel, y puso una mano sobre el hombro de Demián, apretando con fuerza, cómplice.
—Ya te lo dije antes, Demián. Necesita una lección de humildad. Pero no con palabras. Las palabras se las lleva el viento. Él necesita sentirlo en la piel, en los huesos, en el orgullo destrozado. Necesita entender que entre tú y él hay un abismo que nunca podrá cruzar. Que tú eres el dueño absoluto, y él… él es solo algo que tú posees.
Valentino miró hacia la puerta y añadió, bajando la voz:
—Hazle ver que su voluntad no vale nada frente a la tuya. Hazle ver que, aunque se rebelara, aunque gritara o se negara, al final, tú siempre obtienes lo que quieres, porque tienes la fuerza, tienes el poder y tienes el control. Si logras que entienda eso, entonces dejará de ser un problema y volverá a ser lo que debe ser: tuyo, sumiso y agradecido por estar ahí.
Demián asintió lentamente, tragando aquella idea como si fuera la pura verdad, la única verdad. La semilla de Valentino ya había echado raíces profundas en su corazón y en su mente, ahogando cualquier otro sentimiento que no fuera la necesidad de reafirmarse, de dominar, de demostrar que él era el rey y Liam solo un súbdito atrevido.
—Voy a ir a buscarlo —anunció Demián, con una determinación oscura y definitiva en sus ojos—. Y voy a asegurarme de que, después de hoy, nunca más se le ocurra pensar que puede estar a mi nivel.
—Esa es la actitud —aprobó Valentino, retrocediendo hacia su sillón, preparándose para ver el espectáculo que él mismo había orquestado—. Ve y recuerdale quién es el que manda. Yo me quedaré aquí, para asegurarme de que nadie interrumpa la lección.
Demián caminó hacia la puerta con pasos pesados y decididos. No sentía culpa, ni remordimiento, ni amor en ese momento. Solo sentía la justicia de su autoridad herida pidiendo ser restaurada.
Abrió la puerta de golpe, y al ver a Liam allí de pie, esperando inocentemente, Demián ya no vio a la persona que amaba. Vio al enemigo de su propio orgullo.
La semilla había crecido. Y ahora, Demián estaba listo para cosechar el dolor.