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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 7: La Ceguera del Orgullo

Andrés permanecía de pie junto al ventanal de su sala, contemplando la lluvia caer de forma implacable sobre la avenida. Llevaba un vaso de whisky en la mano, intacto, mientras el hielo se derretía lentamente. Su mente estaba fija en un solo pensamiento que repetía como un mantra para calmar su conciencia: él tenía la razón. Se ponía de escudo su propio dolor, convencido en su orgullo de hombre de que era el único que había sufrido en esa historia, el único que cargaba con las heridas del rechazo y de una espera de cinco años que consideraba injusta.

En su empeño por victimizarse, Andrés se volvía completamente ciego ante el pasado. No se detenía a pensar, ni por un segundo, en la profunda y dolorosa huella que sus propias acciones habían dejado en Juliana años atrás. En su ignorancia y egocentrismo actual, minimizaba el impacto destructivo de sus decisiones cuando la despreció en pleno embarazo, dejándola sola cuando más lo necesitaba.

Tampoco recordaba la humillación silenciosa que Juli soportó cuando, tiempo después, aceptaron compartir el mismo techo y llevar una relación de simples amigos por el puro bienestar de la bebé que venía en camino. Andrés parecía haber borrado de su memoria el día en que la miró a los ojos, con una frialdad corporativa, para confesarle que nunca podría amarla porque su corazón le pertenecía por completo a su amor de la infancia. Él no sabía, ni alcanzaba a dimensionar, el impacto psicológico que tuvieron esas palabras en Juli; cómo sepultaron su autoestima, cómo destrozaron su seguridad como mujer y cómo la marcaron con un miedo crónico a entregarse de nuevo.

Y aun así, con el alma hecha pedazos por ese rechazo, cuando ese amor de la infancia finalmente apareció en la vida de Andrés, Juliana no buscó venganza. Se tragó su propio dolor y lo apoyó desde el amor más puro y desinteresado, apartándose para que él pudiera buscar la felicidad que tanto anhelaba.

Pero Andrés, atrapado en la red de su propio resentimiento, era incapaz de ver esa grandeza. Para él, Juliana solo era la mujer que se escondía detrás de sus padres, Julia y Joaquín, y de unas casas separadas para rechazarlo una y otra vez.

Se giró lentamente al escuchar un pequeño bostezo. En el sillón principal, arropado con una manta de lana, el pequeño Andreis Julián, de cinco años, se removió adormilado. El niño se había rehusado a irse a la cama sin antes hacerle la misma pregunta de todas las noches: "Papá, ¿mañana sí vamos a ir a la academia a ver a mi mamá Juli?"

Andrés caminó hacia el sillón y se acuclilló frente a su hijo, mirándolo con una mezcla de frustración y fijeza. Una resolución drástica, nacida desde la soberbia y su propia ignorancia emocional, se terminó de asentar en su pecho. Si Juliana tanto defendía los límites y la distancia, él le demostraría que podía ser el doble de radical. No se limitaría a firmar los papeles de copaternidad de Athenea; iba a cortar de raíz lo que más le dolería.

En su ignorancia, Andrés tomó la decisión de que el niño ya no pasaría tiempo con Juli. No volvería a pisar la academia, no pasaría las tardes con ella y, sobre todo, no seguiría alimentando la ilusión de sentir que Juliana era su mamá. Para Andrés, en su mente distorsionada por el despecho, era una medida justa y de protección para el menor; pero para la realidad de la historia, era el golpe más bajo, egoísta y destructivo que podía darle a la mujer que, a pesar de todo el daño recibido, seguía amándolo en el más absoluto silencio.

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