✅️🦋Bruno Koch es un brillante sonidista que trabaja en las sombras del backstage, atrapado en un doloroso dilema: lleva años enamorado en secreto de Nash Wright, un exitoso cantante pop. Bruno ha sido el testigo silencioso de cómo una relación destructiva y los excesos arrastran a Nash hacia el abismo, ocultando sus sentimientos. Tras un colapso público en el escenario, Nash toca fondo y es diagnosticado con trastorno afectivo bipolar. Junto a Harper, una ruda y leal compañera técnica, Bruno se convierte en la red de seguridad de Nash mientras este inicia su camino hacia la rehabilitación.🦋✅️
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Boleto de tren
El frío de la mañana golpeaba los vidrios de la sala de espera de la clínica. Bruno tenía el bolso de mano a un costado de su silla y el boleto de tren hacia la capital guardado en el bolsillo interior de su campera de jean. El viaje estaba programado para esa misma tarde. Había pasado la noche anterior convenciéndose de que marcharse un mes era lo correcto, que poner distancia con Nash era la única manera de sanar los fragmentos de su corazón.
Sin embargo, el destino en la vida de Nash Wright nunca seguía un guion lineal.
La puerta del pasillo interno se abrió y el doctor salió acompañado por Nash. Verlo caminar hacia el exterior después de un mes entero de internación causó un salto en el estómago de Bruno. El cantante vestía ropa sencilla: un jean oscuro flojo y un buzo negro. Ya no tenía el rostro demacrado ni la mirada perdida del día del colapso, pero se notaba un cambio rotundo en su energía. Caminaba más despacio, con los hombros relajados y una postura que ya no buscaba comerse el mundo, sino pasar desapercibido. La medicación estabilizadora había apagado el fuego febril de sus ojos, reemplazándolo por una calma plana, casi temerosa.
Harper, que estaba sentada al lado de Bruno, se puso de pie de inmediato para recibirlo con un abrazo firme.
—Mira nada más. Te ves como un ser humano decente otra vez, Wright —bromeó Harper, intentando romper el hielo con su habitual rudeza cariñosa.
—Me siento como uno —respondió Nash con una voz suave, modulando cada palabra con una lentitud que a Bruno le pareció extraña pero reconfortante. Nash desvió los ojos hacia Bruno y le dedicó una sonrisa tímida—. Hola, Bruno.
—Hola, Nash. Qué bueno tenerte de vuelta —murmuró Bruno, levantándose también.
El impulso de dar un paso adelante y estrecharlo contra su pecho fue automático, pero se obligó a congelarse en su lugar, manteniendo las manos dentro de los bolsillos.
El doctor llamó a los dos sonidistas a un lado mientras Nash terminaba de firmar unos papeles en la recepción.
—El alta es provisional y bajo condiciones muy estrictas —explicó el médico en voz baja, mirándolos con seriedad—. Nash debe tomar su medicación dos veces al día sin falta. Su sistema nervioso está estable, pero es frágil. La discográfica aceptó no presionarlo con la gira, pero él insiste en volver a la música de inmediato. Le sugerí que hiciera algo pequeño, íntimo, sin presiones externas. Monitoreen sus horas de sueño. Si pasa más de veinticuatro horas despierto o empieza a hablar demasiado rápido, me llaman al instante.
Bruno asintió, registrando cada instrucción médica en su mente con la precisión de un manual técnico.
Minutos después, los tres subieron al auto de Harper para llevar a Nash de regreso a su departamento. Durante todo el trayecto, Nash miró por la ventana, abrumado por el ruido del tránsito y el caos de la ciudad que hacía un mes no veía. Al llegar al penthouse, el ambiente se sentía diferente. Bruno y Harper se habían encargado de limpiar los destrozos semanas atrás: las persianas estaban altas, dejando entrar la luz del día, y ya no había botellas ni cajas de pastillas en la mesa de vidrio. Sin embargo, los espacios vacíos en las paredes donde antes colgaban los cuadros seguían siendo un recordatorio mudo del pasado.
Nash se dejó caer en el sillón de cuero, soltando un suspiro largo. Miró a Bruno y a Harper, quienes permanecían de pie cerca de la entrada.
—La discográfica me dio permiso para rescindir el contrato de la gran producción —anunció Nash de repente, rompiendo el silencio—. No quieren saber nada de estadios por un largo tiempo, y yo tampoco. Pero no puedo quedarme de brazos cruzados. Si no hago música, me hundo, muchachos.
—El doctor dijo que tenías que tomártelo con calma —le recordó Harper, cruzándose de brazos—. Nada de encerrarte noches enteras en el estudio.
—No lo haré. Quiero hacer algo diferente —Nash se inclinó hacia adelante, y por primera vez en el día, un destello de genuino entusiasmo apareció en sus ojos claros—. Quiero armar un estudio casero aquí mismo, en la sala. Nada de consolas gigantes. Solo yo, una guitarra acústica, un piano y un micrófono. Quiero grabar un disco crudo, acústico. Canciones que hablen de lo que me pasó, de la clínica, de la bipolaridad. Sin efectos, sin mentiras comerciales.
Harper miró a Bruno de reojo, sabiendo lo que aquello implicaba. Nash se puso de pie, caminó hacia Bruno y le tomó las manos con una desesperación sutil que al sonidista le quemó la piel.
—Pero no puedo hacerlo solo —le suplicó Nash, mirándolo fijamente a los ojos—. No confío en ningún técnico de la discográfica. Ellos solo quieren que suene comercial para vender. Tú eres el único que conoce mi voz real. El único que sabe cuándo me quedo sin aire o cuándo una nota sale del corazón y no de la garganta. Necesito que seas mi único productor técnico en esto. Solo nosotros dos en esta sala, manejando el sonido a nuestro ritmo. Por favor, Bruno. No me dejes solo ahora que estoy intentando empezar de cero.
Las palabras de Nash cayeron como un peso muerto sobre el boleto de tren que Bruno llevaba en el bolsillo. La encrucijada era brutal. En su mochila estaba la carpeta que Harper le había conseguido: la oportunidad de oro para irse a la capital, trabajar con una banda nueva, despejar su mente y empezar a salvarse a sí mismo lejos de su amor platónico. Si aceptaba quedarse con Nash, se estaría entregando voluntariamente a otra temporada en el purgatorio, pasando horas a solas con el hombre que amaba, escuchándolo cantar sobre sus heridas y recordándose cada segundo que solo era el "mejor amigo".
Bruno miró a Harper. Los ojos verdes de su compañera le gritaban que dijera que no, que se subiera a ese tren y pensara en su propia vida por una vez. Harper había hecho un esfuerzo enorme por conseguirle ese escape.
Bruno regresó la vista a Nash. Vio el leve temblor involuntario en sus dedos debido a los estabilizadores de ánimo, vio el miedo oculto detrás de su petición y la absoluta confianza que el cantante depositaba en él. Sabía que si se marchaba en ese instante, Nash se sentiría abandonado por su pilar fundamental, y el riesgo de una recaída emocional era demasiado alto. Su instinto de protección, ese amor incondicional que no sabía de egoísmos, terminó por ganarle la batalla a su cordura.
Bruno soltó un suspiro lento, sintiendo cómo la oportunidad de su propia libertad se desvanecía en el aire de la sala.
—Está bien —dijo Bruno con la voz baja, forzando una sonrisa contenedora—. Me quedo. Vamos a armar ese estudio casero y vamos a grabar ese disco a tu ritmo. No te voy a dejar solo.
Nash cerró los ojos con un alivio inmenso y abrazó a Bruno con fuerza, apoyando la cabeza en su hombro.
—Gracias, Bruno... de verdad, gracias. Eres el mejor hermano que la vida me pudo dar —susurró el cantante, apretándolo con cariño.
Por encima del hombro de Nash, Bruno vio a Harper. La sonidista negó con la cabeza, con una expresión de profunda decepción y tristeza mezcladas en su rostro. No estaba enojada con él; estaba dolida de ver cómo su amigo elegía voluntariamente regresar a la jaula de la que tanto le había costado salir llorando.
Cuando Nash se apartó para ir a buscar unos cables al cuarto, Harper se acercó a Bruno a paso rápido. Lo tomó del brazo y lo arrastró hacia el pasillo de la entrada, lejos del alcance del oído del cantante.
—Eres un idiota, Bruno Koch —le siseó Harper con los dientes apretados, pero con los ojos empañados—. Tenías el boleto en el bolsillo. Tenías la oportunidad de respirar aire limpio en la capital. ¿Por qué te haces esto?
—No puedo dejarlo así. Míralo, está asustado —se defendió Bruno en un susurro desesperado, con el corazón latiéndole a mil—. Si me voy ahora y él recae, nunca me lo voy a perdonar. Su salud mental depende de que tenga un entorno seguro. Solo será este disco acústico. Después veré qué hago con mi vida.
Harper soltó el brazo de Bruno con brusquedad, mirándolo con una lástima que le dolió más que cualquier insulto.
—El problema es que para ti nunca va a haber un "después". Siempre va a haber otra canción, otra crisis, otra recaída. Te vas a desgastar hasta quedar en silencio por salvar una voz que nunca va a decir tu nombre de la forma en que tú quieres —sentenció Harper, acomodándose la gorra hacia atrás—. Yo llamaré a Mateo a la capital para decirle que no vas a ir. Pero te lo advierto, Koch: esta es la última vez que te pongo una red de seguridad. Si decides quedarte a quemarte en este incendio, vas a tener que aprender a manejar las cenizas tú solo.
Harper dio media vuelta, abrió la puerta del penthouse y salió de un portazo, dejando a Bruno solo en el pasillo gris.
Bruno se metió la mano en el bolsillo, sacó el boleto de tren hacia la capital y lo arrugó dentro de su puño hasta volverlo una pequeña bola de papel inservible. Lo tiró en el tacho de basura de la entrada. Sintió un vacío helado en el estómago y una profunda tristeza en el alma, pero al escuchar la voz de Nash llamándolo desde la sala para que lo ayudara a conectar un viejo parlante, Bruno se acomodó la remera negra, tragó el nudo de su garganta y caminó hacia el living. El tren de su propia vida se había marchado sin él, y ahora solo le quedaba sintonizar, una vez más, la frecuencia del hombre que amaba en secreto.
caer y tocar fondo también te muestra que podes levantarte (siempre y cuando quieras, aunque sea en un rincón de tu corazón) y después los que te apoyan y acompañas son vitales!!!
sería mucho pedir más capítulos?? 😅 🥰
Diferente, pero completamente realista y repleta de amor!!