En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 14
El pasillo del hospital era un caos absoluto. Gritos, empujones, llantos. Julio y Rosa, como si nada, ignoraban a los médicos y enfermeras que intentaban detenerlos, y seguían con la intención de llevarse a Benjamín a la fuerza.
---¡Alto! ---gritó Gerardo\, ordenando al mayordomo y a los cuidadores que intervinieran.
Sin dudarlo, avanzaron y, de un movimiento firme, le quitaron al niño de los brazos de Rosa. Benjamín lloraba desconsolado, sus sollozos me atravesaban como cuchillos. Estaba destrozado, sus pequeñas manos se aferraban a Geraldo y a Estela, buscando protección.
---Shhh\, mi amor\, tranquilo ---susurró Estela mientras acariciaba su cabello---. Todo está bien\, estamos aquí.
Julio y Rosa, lejos de sentir vergüenza, comenzaron a gritar, señalando a Gerardo y a Estela.
---¡Son unos secuestradores! ---vociferaba Julio---. ¡Nos quieren quitar a nuestro nieto!
---¡Están intentando robar al niño! ---añadía Rosa\, con una mezcla de lágrimas y furia.
La situación se descontrolaba con cada palabra. Los enfermeros trataban de mantener el orden, pero Julio y Rosa gritaban más fuerte, manipulando a quienes podían escuchar.
Fue entonces cuando Flora apareció, entrando al hospital como un torbellino. Con pasos firmes y decididos, se acercó a Estela y, con un gesto rápido, se interpuso entre sus padres. El niño aún sollozaba, pero al sentir la presencia de su madre, su llanto empezó a calmarse, aunque seguía temblando.
---¡Papá\, mamá\, basta! ---exclamé\, mi voz temblando de rabia y miedo---. ¿Qué diablos creen que están haciendo?
Julio no pareció inmutarse y, con un gesto altanero, continuó acusando:
---¡Cómo pueden mantener a un niño lejos de su familia! ---gritaba---. ¡Esto es injusto!
---¡Injusto es que quieran sacrificar la vida de un niño por salvar a su hijo adulto! ---gritó Flora\, roja de furia---. ¿Se dan cuenta de lo que hacen? ¡Están dispuestos a usar su nieto como moneda de cambio!
Rosa, desesperada, lanzó otra artimaña.
---¡No entienden! Solo quiero llevarlo con un "curandero"\, un tratamiento alternativo para su leucemia. ¡Es por su bien!
---¡Mentira! ---respondió un enfermero\, firme---. Ese "tratamiento" es un fraude. El niño necesita medicación certificada\, no supersticiones.
Mi corazón se rompía viendo a Benjamín, abrazándose a Lupe y a Estela, temblando de miedo. No podía quedarme quieta. Corrí hacia él, apartando a cualquiera que se interpusiera, y lo abracé con todas mis fuerzas. Su llanto se mezcló con el mío; cada sollozo suyo era un golpe directo a mi pecho.
---Nunca permitiré que te hagan daño ---susurré\, sintiendo un odio que quemaba---. Nadie va a tocarte mientras yo esté aquí.
Julio, aún sin inmutarse, levantó la voz.
---¡Eres una desagradecida! ---me acusó---. Dejarías morir a tu hermano si eso ayudara al niño\, ¿verdad?
Rosa, entre lágrimas, cayó de rodillas frente a mí, haciendo un espectáculo frente a médicos, enfermeras y visitantes.
---¡Flora\, por favor! ---sollozaba---. Hazlo por tu hermano... solo saca el dinero... ¡por favor!
Sentí que todo mi cuerpo se tensaba. Era un intento descarado de manipulación, de chantaje moral. Pero justo entonces, Estela se adelantó, firme y clara:
---¡Basta! ---su voz resonó como un trueno en el pasillo---. Ustedes no están ayudando a nadie. No solo ponen en riesgo al niño\, sino que se aprovechan de su dolor para sus propios intereses. ¡No merecen llamarse padres!
Sus palabras me golpearon, pero también me dieron fuerza. Observé cómo, por primera vez, Estela no solo hablaba, sino que defendía a mi hijo y a mí con una autoridad natural que dejaba claro quién tenía razón.
Julio y Rosa, desbordados y avergonzados, no supieron cómo reaccionar. Intentaron recomponerse, pero el impacto de sus acusaciones expuestas y la respuesta firme de Estela los dejó mudos.
Apreté a Benjamín contra mí, sintiendo su respiración irregular contra mi pecho. Sus lágrimas se mezclaban con las mías, y en ese instante comprendí lo que realmente significaba proteger a alguien: no solo con palabras, sino con firmeza y presencia.
---¡Fuera de aquí! ---ordené con voz firme a mis padres---. ¡Si no se van ahora mismo\, llamaré a la policía!
Rosa intentó levantarse, todavía implorando, pero esta vez no hubo drama ni súplicas que me hicieran dudar. Julio permanecía de pie, rígido, humillado ante la situación. La moral y la legalidad estaban de nuestro lado, y no habría vuelta atrás.
Con un último gesto de desafío, ambos comenzaron a retroceder, murmurando acusaciones y amenazas vacías. Pero mi mirada permanecía fija en ellos; no iban a acercarse de nuevo. Benjamín se aferró a mí, sus manos pequeñas contra mi pecho, y sentí cómo su llanto se transformaba lentamente en susurros.
Era un triunfo momentáneo, sí, pero suficiente para recordarme que la verdadera fuerza no siempre viene del físico, sino del amor, la determinación y quienes están dispuestos a pelear con nosotros. Miré a Estela, agradecida, y por primera vez percibí la grandeza y dignidad de esa mujer, firme, justa y leal.
Aún temblando y con el corazón latiendo a mil por hora, supe que este episodio nos había unido más que nunca. No había vuelta atrás: protegería a Benjamín hasta el final, y nadie, ni mis propios padres, tendría derecho a interponerse.