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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Zona de extracción

El sol de Irak caía como una maldición sobre el parabrisas. El aire olía a arena caliente, a polvo seco y a combustible. Conduje en silencio por la carretera estrecha que cruzaba el desierto, el rugido del motor mezclándose con el zumbido constante del viento. Detrás, el convoy avanzaba a distancia prudente: tres vehículos en total, camuflados, con los emblemas cubiertos. Misión en curso.

Apreté el volante con fuerza. El camino era largo, y el silencio, incómodo. En el asiento trasero, Natalie ajustaba su armamento con precisión milimétrica, revisando el seguro del fusil, el cargador, las miras, el cinturón táctico. Cada movimiento suyo era exacto, frío, disciplinado. No decía una palabra, pero podía sentir su concentración como una corriente eléctrica dentro del vehículo.

Giré un poco el retrovisor. No pude evitar mirarla. El sol que se filtraba por la ventanilla lateral iluminaba su rostro, destacando el corte recto de su mandíbula, la tensión en sus labios. Se notaba distinta: más seria, más distante. La capitana Cardona había vuelto. Y diablos... cuánto había extrañado esa versión suya.

—Parece que alguien no durmió mucho anoche —soltó Tamy, desde el asiento del copiloto, rompiendo el silencio.

No aparté la vista del camino. —No fue precisamente una noche de descanso. Teníamos informes que revisar.

—Oh, claro... informes —repitió ella, con una sonrisa cargada de insinuación. Giró un poco el rostro hacia mí—. ¿Y los revisaste solo?

Sabía perfectamente a qué jugaba. Apreté la mandíbula.

—Sí —respondí, sin mirarla—. Como corresponde.

—Qué raro, porque escuché que alguien estuvo "ocupado" hasta tarde —añadió, con ese tono dulce y venenoso que usaba cuando quería provocar.

Natalie levantó apenas la vista desde el asiento trasero. Su mirada se cruzó con la mía a través del retrovisor. Fue un segundo, apenas una chispa, pero suficiente. Sus ojos hablaban: ¿vas a dejar que siga?

Tamy sonrió, satisfecha con el efecto que causaba.

—Digo, uno pensaría que antes de una misión importante no sería muy prudente pasar la noche entretenido...

Solté un suspiro pesado.

—Teniente, si su objetivo es hacerme perder la paciencia, le aseguro que está muy cerca de lograrlo.

—Solo trato de romper el hielo, coronel —respondió, encogiéndose de hombros—. Hace calor, el ambiente está tenso... y bueno, pensé que una conversación ligera—

—No necesitamos conversación ligera —interrumpió Natalie, su voz cortando el aire como una hoja afilada—. Necesitamos concentración. No es el momento para tus estupideces.

El silencio que siguió fue brutal.

Tamy se quedó quieta, fingiendo revisar su arma. Yo alcé la mirada al retrovisor y vi cómo Cardona desviaba la suya hacia la ventana, apretando el fusil entre las manos. La conocía demasiado bien: estaba molesta, sí, pero no por lo que Tamy había dicho. Estaba molesta porque había funcionado.

Sonreí apenas. Esa rigidez, esa forma suya de evadir sin evadir del todo... ahí estaba la Natalie de siempre.

—Cinco minutos para llegar al punto, coronel —avisó Emma por radio.

—Recibido —respondí, girando el volante. El camino se volvía más irregular, más árido. Un grupo de colinas rocosas aparecía al horizonte.

Cuando finalmente detuve el vehículo, el motor se apagó con un gruñido seco.

Antes incluso de que diera la orden, Natalie ya había abierto la puerta trasera y descendido con el fusil al hombro. Su figura se recortaba contra el horizonte polvoriento, firme, segura, sin una palabra.

Tamy bajó detrás, murmurando algo ininteligible. Yo la ignoré.

Nos reunimos junto al segundo vehículo. El aire quemaba la piel. Emma sostenía la tablet, el mapa proyectado en su pantalla reflejaba las coordenadas del complejo abandonado.

—Bien, escuchen —dije, alzando la voz—. Nos separamos aquí. Grupo uno: James, Marcos y Natalie, van hacia el flanco norte. Su objetivo es infiltrarse por el corredor externo y asegurar la entrada.

Natalie asintió. —Recibido.

—Grupo dos —continué—: Emma, Tamy y yo. Avanzaremos por el oeste. Estableceremos punto de vigilancia y apoyo táctico.

—Copiado —respondió Emma, ajustando su auricular.

—Recuerden, comunicación mínima por radio —añadí—. Solo códigos. No queremos alertar a nadie antes de tiempo.

El viento soplaba fuerte, levantando la arena. Los rostros se cubrían con pañuelos y gafas oscuras.

Cada movimiento era mecánico, medido. ARMA no improvisaba.

—Nos movemos en cinco —ordené.

James y Marcos tomaron su rumbo junto a Natalie. Antes de desaparecer entre las formaciones rocosas, ella giró un instante la cabeza. No dijo nada, pero me miró, directo. Una mirada que pesaba más que cualquier palabra.

Le respondí apenas con un gesto corto, el tipo de gesto que solo los que se conocen demasiado entienden.

Después, me giré hacia mis compañeras.

—Emma, abre ruta. Tamy, cierra.

—Entendido —dijo Emma, concentrada en la tablet, marcando el camino—. Tenemos una desviación de terreno al suroeste, parece una vía de acceso más segura.

—Perfecto. Vamos.

Avanzamos por el terreno árido, el sol cayendo sin piedad, el sonido del viento mezclado con el crujir del polvo bajo las botas.

Emma iba al frente, orientando con la tablet; yo la seguía, atento al entorno, mientras Tamy cubría la retaguardia.

A cada paso, el desierto parecía tragarse los sonidos. Solo quedaba el eco lejano de los motores apagándose y la sensación de que algo, allá adelante, nos estaba esperando.

La misión acababa de comenzar.

Y aunque el protocolo decía que debía pensar solo en el objetivo, lo único que tenía en la cabeza era esa mirada de Natalie, fija, seria, imposible de ignorar.

Como si me recordara que, por más distancia que intentáramos poner entre los dos, nunca sería suficiente.

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