Scarlett, Santiago y Ángel eran tres hermanos unidos por algo más fuerte que la sangre: el amor y la lealtad. Vivían una vida tranquila, lejos de problemas, en una casa humilde donde las risas de sus padres llenaban cada rincón. Scarlett era inteligente y valiente; Santiago, serio y protector; y Ángel, el menor, noble pero impulsivo. Nunca buscaron enemigos ni conflictos, pero una noche todo cambió. Unos hombres desconocidos entraron a su hogar y asesinaron brutalmente a sus padres frente a ellos. Desde ese instante, el dolor se convirtió en odio. Los tres hermanos hicieron una promesa sobre las tumbas de sus padres: encontrar a los culpables y cobrar venganza, aunque eso significara perderse a sí mismos en el camino.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6: La Scarlett que ya no se esconde
La verdad, esa noche no fue una noche como cualquier otra. Esa noche no solo se llevaron a mis padres… esa noche mataron a la Scarlett que todos conocían.
A la niña buena. A la tranquila. A la que siempre decía “sí” aunque por dentro no quisiera. A la que se quedaba encerrada en su cuarto pensando que el mundo afuera era demasiado grande y demasiado peligroso.
Y al final… tenían razón.
El mundo sí era peligroso.
Pero lo peor no fue eso. Lo peor fue que después de esa noche, ya no quedaba nada de esa niña.
Mis hermanos estaban destruidos. Todos estábamos en la misma casa, pero cada uno parecía estar en un mundo diferente. Se escuchaban llantos en los cuartos, pasos rápidos, puertas cerrándose de golpe. Era como si la casa misma estuviera llorando con nosotros.
Yo también debería haber llorado.
Pero no podía.
No me quedaban lágrimas.
Era como si todo dentro de mí se hubiera secado. Como si el dolor hubiera sido tan grande que simplemente se había apagado algo en mi interior. Me quedé sentada en mi habitación, esa misma habitación donde pasé tantos años escondiéndome del mundo, creyendo que ahí estaba segura.
Qué equivocada estaba.
Esa habitación no me protegió.
Solo me encerró.
Ahí dentro murió la niña que obedecía, la que no preguntaba, la que no se metía en problemas. Esa Scarlett ya no existe.
Ahora soy otra.
La nueva Scarlett.
Al día siguiente llegó el tío de nuestra madre. Entró a la casa con una cara que no necesitaba explicaciones. Sus ojos lo dijeron todo antes de que hablara. No hizo falta preguntar nada.
El silencio era suficiente.
Mis hermanos fueron los primeros en romperlo. Uno de ellos apretó los puños, caminando de un lado a otro, con la rabia desbordándosele por los ojos.
—Esto no se va a quedar así —dijo con la voz rota—. Vamos a vengarlos.
El otro golpeó la mesa.
—Vamos a encontrar a los responsables. Vamos a hacer que paguen.
El ambiente se volvió pesado. La rabia estaba en el aire como humo.
Yo los escuchaba.
Pero no decía nada todavía.
Porque entendía su dolor… pero también entendía algo más.
La rabia sola no basta.
La venganza sin plan es solo otro tipo de muerte.
Entonces me levanté.
Ellos se quedaron en silencio al verme.
Yo no era la misma de antes.
Ya no.
Di un paso al frente.
—Yo también quiero ayudar —dije.
Mis hermanos me miraron sorprendidos, como si no esperaran que yo hablara primero.
Tragué saliva y continué.
—Pero no solo ayudar… tengo ideas.
El tío me observó en silencio. No me interrumpió. Solo esperó.
Respiré hondo.
—Primera idea —dije—. En este barrio hay muchas personas malas… personas que ya están metidas en cosas ilegales. Podemos empezar trabajando para ellos.
Mis hermanos fruncieron el ceño.
—¿Trabajar para ellos? —preguntó uno.
Asentí.
—Sí. Pero no para siempre. Solo como inicio. Vamos a aprender cómo se mueve todo. Dinero, contactos, rutas, nombres… todo.
El silencio se hizo más pesado.
Seguí hablando, sin bajar la mirada.
—Luego, cuando tengamos lo suficiente, empezamos a lavar dinero. Pero de forma inteligente. Sin llamar la atención. Sin errores.
Mi tío entrecerró los ojos.
—Estás hablando de construir una estructura —dijo lentamente.
—Sí —respondí—. Una estructura real. No solo rabia. Poder.
Mis hermanos seguían en shock, pero ya no me interrumpían.
Sentí algo extraño dentro de mí. No era emoción… era control. Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba pensando con claridad.
—Y no nos quedamos ahí —continué—. Con ese dinero, conseguimos protección. Escoltas. Personas que trabajen para nosotros. Gente que nos cuide mientras crecemos.
Uno de mis hermanos bajó la mirada, como si estuviera intentando procesarlo todo.
Yo no me detuve.
—Después movemos cosas. Expandimos. Nos hacemos fuertes. Lo suficiente para que nadie pueda tocarnos otra vez.
Hice una pausa.
Y entonces lo dije.
Lo que realmente estaba en el fondo de todo esto.
—Y cuando tengamos poder suficiente… vamos a encontrar a los responsables de lo que le hicieron a nuestros padres.
El aire se quedó congelado.
No era un grito.
No era una amenaza desesperada.
Era una promesa fría.
Mi hermano menor me miró por primera vez con algo diferente. Ya no era solo dolor. Era comprensión.
—Scarlett… —susurró— tú ya no eres la misma.
Negué lentamente.
—No —dije—. No lo soy.
El tío se cruzó de brazos, mirándonos a todos.
—Esto no es un juego —dijo serio.
Lo miré directo.
—Nunca lo fue.
Mis hermanos se quedaron en silencio unos segundos más. La rabia seguía ahí, pero ahora tenía una dirección. Ya no era solo caos.
Era un plan.
Uno de ellos finalmente habló.
—Si hacemos esto… no hay vuelta atrás.
Asentí sin dudar.
—Ya no la hay desde esa noche.
El silencio volvió otra vez.
Pero esta vez no era vacío.
Era decisión.
Uno por uno, mis hermanos empezaron a asentir. No porque fuera fácil. Sino porque no había otra opción.
Porque el mundo nos había cambiado sin preguntarnos.
Y ahora nosotros íbamos a cambiar con él.
Me di la vuelta y miré por la ventana.
El barrio seguía igual.
La gente seguía viviendo su vida como si nada hubiera pasado.
Pero dentro de esa casa…
Los hermanos Beltrán acababan de empezar algo nuevo.
Y yo… yo acababa de convertirme en la Scarlett que ya no se esconde.