El Ducado de Valerius es conocido como la tierra del invierno eterno, y su gobernante, el gran Duque Cédric, como un hombre despiadado que combate a los monstruos de las fronteras con magia de hielo. Tras la muerte de su esposa, el ducado se volvió aún más frío, y su pequeño hijo, Theo, crece imitando la severidad de su padre, privado de toda infancia.
Por un antiguo pacto de sangre y gratitud, el Conde Kalen ofrece la mano de su amada hija, Alissa, una joven tímida pero rebosante de alegría y una sutil bendición de luz. Cédric acepta: él necesita una madre perfecta para su heredero, y ella desea proteger a su padre.
Alissa llega a un palacio gris decidida a cumplir una misión: devolverle la sonrisa al pequeño Theo y demostrarle que la calidez puede derretir incluso el hielo más grueso.
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CAPÍTULO 8: El aroma del hogar y las reglas rotas
El amanecer en el norte trajo consigo el inevitable peso de la realidad. Las campanas del palacio real apenas daban las siete cuando los carruajes ya estaban listos en el patio principal. Las despedidas fueron breves pero cargadas de significado. El Conde Kalen, visiblemente agotado por el viaje pero con una paz que no había tenido en años, abrazó a Alissa con fuerza, recordándole en un susurro que su luz era su mayor virtud. Por su parte, el príncipe Christopher se despidió con su habitual teatralidad, guiñándole un ojo a Alissa y dándole una palmada en el hombro a un Cédric que respiraba aliviado por recuperar el control de su palacio.
Sin embargo, el control del Gran Duque estaba a punto de desmoronarse de una forma que la estrategia militar jamás podría haber previsto.
Con la partida de su padre y del príncipe, Alissa se quedó oficialmente sola en la inmensidad del castillo de piedra. Tras cambiarse su ostentoso vestido por uno mucho más sencillo de algodón azul y ajustarse un delantal blanco a la cintura, Alissa no se dirigió al salón de té ni a la sala de costura como se esperaba de una nueva duquesa. Caminó con paso firme hacia los sótanos, guiada por el instinto y el sutil olor a carbón: las cocinas reales.
Al cruzar el umbral, el caos se detuvo de golpe. El chef principal, un hombre robusto de bigotes afilados, y la docena de ayudantes se quedaron petrificados, con los utensilios a mitad de camino. Una duquesa en las cocinas era algo inaudito, una violación directa a las estrictas etiquetas del norte.
—¡Milady! —exclamó el chef, haciendo una reverencia tan baja que casi toca el suelo—. ¿Ocurre algo malo con el desayuno? Si hay alguna queja, nosotros...
—No, no, en absoluto —lo interrumpió Alissa con una sonrisa radiante que descolocó a los sirvientes—. El desayuno estuvo delicioso. Solo que... hoy cocinaré yo. Le prometí al pequeño Theo un pastel de carne con especias de la capital y unas galletas de mermelada, y tengo la intención de cumplir mi palabra.
El chef parpadeó, escandalizado.
—Pero, Excelencia, el Duque Cédric exige raciones estrictas y un menú planificado para el heredero. Las especias de la capital son demasiado fuertes y...
—A partir de hoy, la alimentación de Theo también es mi responsabilidad —declaró Alissa, arremangándose el vestido con una determinación que no admitía réplicas—. Ahora, por favor, muéstrenme dónde guardan la carne picada, la masa hojaldrada y las especias. Y si no les molesta, me vendría bien un poco de música o al menos unas risas. Cocinar con el rostro serio arruina el sabor.
Al principio, los ayudantes se movían con timidez, aterrados de cometer un error frente a la señora del castillo. Pero el entusiasmo de Alissa era contagioso. En menos de una hora, la joven duquesa tenía las manos cubiertas de harina, una mancha blanca en la mejilla y tarareaba una canción alegre del sur mientras estiraba la masa. Consiguió que dos de las ayudantes más jóvenes se relajaran y terminaran riendo a carcajadas mientras decoraban las galletas con formas de copos de nieve y soles.
El aroma que comenzó a emanar de los hornos de piedra era embriagador. Ya no olía al caldo insípido o a la carne hervida de las raciones militares a las que el palacio estaba acostumbrado; olía a mantequilla tostada, a canela, a pimienta dulce y a clavo de olor. Olía, por primera vez en siete años, a un hogar de verdad.
En el comedor principal, la atmósfera seguía siendo idéntica a la de un campamento de guerra. Cédric y Theo se sentaron a la mesa a la hora exacta del almuerzo. El niño mantenía los brazos pegados al cuerpo y la espalda recta, esperando pacientemente a que los sirvientes sirvieran los platos. Cédric, con el uniforme impecable, revisaba un documento de reojo.
Sin embargo, cuando las puertas dobles se abrieron, la rigidez militar chocó de frente contra una realidad completamente diferente.
Alissa entró empujando un carrito de plata ella misma. Su cabello estaba un poco revuelto, sus mejillas encendidas por el calor de los hornos y el delantal mostraba rastros de su batalla con la harina. Tras ella, dos ayudantes de cocina entraron aguantándose la risa, cargando bandejas tapadas.
Cédric levantó la vista, frunciendo el ceño al ver las fachas de su esposa, dispuesto a reprenderla por romper el protocolo frente al servicio. Pero antes de que pudiera articular una palabra, el aroma del pastel de carne recién horneado inundó el comedor, golpeando sus sentidos.
—¡Buenas tardes! —saludó Alissa, sirviendo el primer plato directamente frente a Theo—. Cumpliendo promesas. Pastel de carne crujiente con las especias que te gustan, y nada de sopa de pescado.
Theo miró el plato. La masa del pastel estaba dorada a la perfección, dejando escapar un hilo de vapor que transportaba un olor tan delicioso que al pequeño mini duque se le hizo la boca agua al instante. Olvidándose por una milésima de segundo de las reglas de su padre, el niño tomó el tenedor, cortó un pedazo y se lo llevó a la boca.
Sus ojos azules se abrieron de par en par. El sabor era cálido, crujiente, sazonado exactamente como los banquetes imperiales pero con una textura suave y reconfortante. Theo masticó despacio, y por primera vez en su vida, una expresión de puro deleite infantil iluminó su rostro.
—Está... está riquísimo —susurró el niño, mirando a Alissa con una mezcla de asombro y adoración—. Sabe... diferente.
—Sabe a amor, Theo —respondió Alissa, acariciándole la cabeza con suavidad—. Porque lo hice pensando en hacerte feliz.
Cédric observaba la escena en silencio. Miró su propio plato, donde Alissa acababa de colocar una porción generosa. Cortó un trozo con elegancia y lo probó. El Duque de Valerius se quedó inmóvil. El sabor evocaba algo que creía haber perdido para siempre: la calidez de una familia, los días antes de que la guerra y la muerte de su primera esposa lo obligaran a convertirse en un bloque de hielo para sobrevivir.
Miró de reojo a su hijo. Theo ya no comía como un autómata; estaba disfrutando, moviendo los pies bajo la mesa con alegría y buscando la mirada de Alissa tras cada bocado. El comedor ya no estaba en un silencio sepulcral; Alissa comenzó a relatar una divertida historia sobre cómo casi quema las primeras galletas porque el chef principal no dejaba de vigilarla con cara de pánico, logrando que Theo soltara una risita limpia y espontánea.
Esa risa infantil fue el golpe final. Cédric sintió que una grieta profunda se abría en su armadura de hielo. Miró a Alissa, quien se reía junto al niño con total naturalidad, sin importarle la harina en su ropa ni la severidad del ducado.
Cédric dejó el tenedor despacio, exhalando un suspiro que esta vez no era de fastidio, sino de una profunda rendición. La rigidez militar había perdido la batalla contra un simple pastel de carne y la sonrisa de una mujer tímida pero indomable.
—Duquesa Alissa —pronunció Cédric, haciendo que ella se detuviera y lo mirara con cierta expectativa nerviosa—. Debo admitir que... las cocinas de este palacio nunca habían producido algo semejante. Si este es el precio por romper mis rutinas, creo que tendré que empezar a acostumbrarme al desorden.
Alissa parreó, sorprendida, pero la mirada azul de Cédric, que ahora lucía extrañamente cálida y fija en ella, le indicó que el duque estaba cediendo. Ella le devolvió una sonrisa brillante, sabiendo que el invierno del norte finalmente estaba empezando a derretirse.
me gustó porque tuvo de todo y también un dicho más vale muy corto y hermoso que largo y frustrarte
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