Andrea Miller jamás imaginó que una simple noche en una discoteca cambiaría por completo su vida. Después de semanas sintiéndose atrapada en la rutina, acepta salir con su mejor amiga, Viviana Lewis, sin saber que entre las luces, la música y el alcohol cruzaría miradas con el hombre que terminaría destruyendo su corazón.
Sebastián Foster es atractivo, elegante y demasiado encantador para ser real. Desde el instante en que se acerca a Andrea para ofrecerle una copa, la conexión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Las conversaciones fluyen, las miradas arden y el deseo termina convirtiéndose en algo mucho más peligroso: amor.
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Capitulo 18
Durante mucho tiempo, Renata Dawson había vivido bajo la convicción de que el acuerdo que había firmado y mantenido con su esposo era algo inquebrantable, una regla sagrada que ambos respetarían por encima de todo, por el bien de sus apellidos, sus fortunas y su posición en la sociedad. Sabía que no había amor entre ellos, nunca lo hubo, y eso no le importaba; lo que importaba era el orden, la discreción y el respeto mutuo que habían prometido. Por eso, cuando empezó a notar aquellos cambios sutiles pero evidentes en él, esa alegría repentina que no venía de nada que ella conociera, esa inquietud constante y esa necesidad imperiosa de estar fuera de casa, no solo se sintió molesta, sino profundamente ofendida en su orgullo y en su sentido del deber. Al principio trató de convencerse de que se trataba de asuntos de negocios, dificultades económicas o problemas familiares, pero cuanto más observaba, más claro tenía que la causa era otra muy distinta. Y cuando encontró aquella nota escrita con letra femenina, llena de cariño y promesas, ya no le cupo ninguna duda: Sebastián había roto las reglas, y lo que era peor, no se trataba de un pasatiempo cualquiera, sino de algo que le había llegado al alma y que amenazaba con destruir todo lo que habían construido.
Desde ese momento, Renata cambió por completo su forma de actuar. Dejó de ser la esposa distante, elegante y ajena a todo, y se convirtió en alguien decidida, fría y meticulosa, dispuesta a llegar hasta el final para saber la verdad completa. No iba a permitir que la trataran como a una tonta, ni que la dejaran al margen mientras otro ocupaba su lugar y ponía en riesgo todo lo que le pertenecía por derecho y por contrato.
—Si has decidido jugar sucio y romper lo pactado —se dijo a sí misma mientras se preparaba para empezar su investigación—, entonces yo también dejaré de lado las formas y la cortesía. Vas a ver que conmigo no se juega, y que todo lo que hagas tendrá consecuencias que no imaginas.
Lo primero que hizo fue organizarse con cuidado, pensando cada paso para no levantar sospechas ni darle oportunidad de cubrir sus huellas. Sabía que Sebastián era astuto, que tenía mucha experiencia ocultando lo que no le convenía y que contaba con ayuda de personas de confianza, especialmente de Omar Williams, su mano derecha y su compañero inseparable. Por eso debía actuar con discreción extrema, como una sombra, sin dejar rastro de lo que hacía ni de lo que buscaba.
Empezó revisando sus cosas, sus papeles, sus agendas y sus dispositivos, aprovechando los momentos en que él salía o se distraía, cosas que ahora ocurrían con mucha frecuencia y con mucha facilidad, ya que su mente estaba siempre puesta en otro lugar. Al principio no encontró nada claro: todo estaba ordenado, clasificado y aparentemente dedicado solo a temas laborales o sociales, tal como él quería que pareciera. Pero Renata conocía su forma de ser, sabía dónde guardaba lo más importante, sabía qué lugares utilizaba para esconder lo que no debía ser visto, y poco a poco empezó a hallar lo que buscaba: anotaciones breves, números de teléfono sin nombre al lado, direcciones escritas con letra pequeña y escondida, referencias a horas y encuentros que no coincidían con ninguna reunión oficial ni compromiso conocido.
Un día, mientras revisaba entre las hojas de un cuaderno que él usaba para apuntes diversos, encontró una frase que le llamó la atención, escrita al margen como si fuera un recuerdo o una nota para sí mismo: «Calle del Prado, número 14, apartamento 3B. Nuestro refugio, nuestro mundo sin reglas». Aquellas palabras le dieron justo lo que necesitaba: un lugar, una dirección concreta donde ir y ver con sus propios ojos lo que pasaba.
Decidió entonces dar el paso más grande de todos: seguirlo. Una mañana, él salió de la casa como de costumbre, diciendo que tenía una larga jornada de trabajo y reuniones que lo mantendrían fuera hasta muy tarde. Lo vio partir desde la ventana con esa sonrisa leve y esa prisa que ya le eran tan conocidas, y esperó unos minutos antes de salir ella también, conduciendo con prudencia y manteniéndose a suficiente distancia para que no pudiera notarla, pero sin perderlo de vista ni un segundo.
Recorrieron gran parte de la ciudad, y Renata iba sintiendo cómo crecía en su interior una mezcla de rabia helada y satisfacción fría, porque cada kilómetro que avanzaban confirmaba que nada de lo que él le decía era verdad. No se dirigía hacia ningún edificio de oficinas, ni hacia ninguna zona comercial o bancaria, como siempre alegaba. Se dirigía hacia un barrio tranquilo, residencial y discreto, muy lejos de los círculos que frecuentaban habitualmente.
Lo vio aparcar el coche, bajarse y mirar a todos lados con esa precaución y desconfianza que usaba para sus secretos, y entrar en el edificio cuya dirección ella ya conocía. Renata se quedó esperando en la calle, escondida entre otros vehículos, con el corazón latiéndole fuerte, pero no por miedo ni por dolor, sino por la intensidad del momento y por la certeza de que estaba a punto de ver la realidad cara a cara.
Pasaron unos veinte minutos, y entonces vio llegar a una mujer joven. Caminaba despacio, con paso ligero y expresión alegre, vestida con sencillez y elegancia, y se detuvo justo en la puerta del mismo edificio. No llamó ni preguntó; parecía saber perfectamente dónde ir, y cuando la puerta se abrió desde adentro, Renata vio aparecer a Sebastián. Lo vio tal como nunca lo había visto en todos los años que llevaban juntos: radiante, transformado, con una ternura y una pasión en la mirada que a ella jamás le había dedicado, con gestos dulces y abiertos, sin máscaras, sin formalidades, sin ninguna de las barreras que siempre había puesto entre los dos. Él le tomó las manos, la atrajo hacia sí y la besó con un sentimiento profundo y evidente, antes de entrar juntos y desaparecer de su vista.
Renata se quedó inmóvil, con la imagen grabada a fuego en su mente, sintiendo cómo todo encajaba por fin. Ya no había dudas, ya no había espacio para malentendidos ni explicaciones falsas. Había visto la verdad con sus propios ojos: Sebastián tenía otra vida, una existencia entera que construía y vivía al margen de todo lo oficial, al margen de su matrimonio, al margen de ella. Y aquella mujer, esa joven de apariencia dulce e inocente, era la ocupaba el lugar que ante las leyes, la sociedad y los acuerdos firmados, le correspondía legítimamente a ella.
Pero no se quedó ahí. Quería saber más, quería conocer hasta el último detalle para tener todas las armas necesarias cuando llegara el momento de actuar. Empezó a preguntar con mucha discreción a personas que conocían el ambiente, a antiguos amigos, a gente que se movía en los mismos círculos pero que no estaba directamente implicada. Hablaba con cuidado, insinuaba cosas, hacía preguntas indirectas, y poco a poco fue armando el resto del rompecabezas. Supo el nombre: Andrea. Supo cómo se habían conocido, supo que él le había contado una historia totalmente distorsionada de su realidad, haciéndole creer que solo tenía problemas familiares y obligaciones complicadas, ocultándole deliberadamente que era un hombre casado y comprometido. Supo también que habían logrado mezclar sus vidas, que la amiga de esa joven estaba ahora con Omar, convirtiéndolos a todos en cómplices y parte de aquella red de engaños.
Cuanta más información reunía, más claro tenía todo, y más crecía su determinación. Comprendió que esto iba mucho más allá de una simple aventura o un error pasajero. Lo que había ahí era un sentimiento profundo, un amor real que él sentía y que le había hecho arriesgar todo lo que tenía. Y eso, para Renata, era lo más grave y lo más peligroso de todo. No le importaba tanto que quisiera a otra persona; lo que le importaba era que él estuviera dispuesto a poner en riesgo su estatus, su nombre, su fortuna y la reputación de ambas familias, solo por seguir una emoción y una pasión que habían nacido fuera de todo lo permitido.
—Te has equivocado de medio a medio, Sebastián —murmuró para sí misma, mientras guardaba todas las notas, nombres y datos que había recopilado, ordenados y listos para ser usados cuando llegara el momento—. Pensaste que yo no me daría cuenta, pensaste que por ser indiferente o reservada estaba ciega o no me importaba lo suficiente para defenderme. Creíste que podías dividir tu vida en dos partes y vivir ambas sin consecuencias, dándole a ella todo lo bueno y todo lo verdadero, mientras a mí me dejabas solo la cáscara vacía y el peso de las obligaciones.
Ahora tenía todo lo que necesitaba: pruebas, nombres, lugares, fechas y la certeza absoluta de lo que estaba pasando. Sabía quién era la otra mujer, sabía cuánto sabía y cuánto ignoraba, sabía quiénes ayudaban y encubrían todo, y sabía exactamente en qué había fallado su esposo y en qué había roto cada regla que habían acordado respetar.
Ya no era la esposa engañada que no sabía nada. Ahora era la que tenía todo el poder en sus manos, la que conocía el secreto más grande de todos y la que iba a decidir cuándo y cómo estallaría todo. Y aunque por ahora seguía guardando silencio, manteniendo su apariencia de siempre, tranquila y serena, por dentro estaba preparando su movimiento final. Sabía que el choque sería terrible, que muchas cosas se romperían y muchas personas saldrían heridas, pero estaba decidida a hacer valer sus derechos, su posición y su orgullo. Y sobre todo, estaba decidida a demostrarle a Sebastián que nadie, absolutamente nadie, podía ocupar su lugar ni jugar con lo que le pertenecía, sin pagar un precio muy alto por ello.