Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 22 Horita no, papá Narra Edwin
Llegué a la casa completamente destruido.
Sinceramente ni recuerdo cómo manejé desde el hospital hasta la mansión.
Solo sé que sentía el cuerpo vacío.
Como si me hubieran arrancado algo por dentro.
Las manos todavía me dolían de tanto golpear las paredes del hospital y tenía los ojos ardiendo de llorar.
Cuando entré a la casa todo estaba en silencio.
Ese silencio enorme que siempre tenía esa mansión.
Pero esa noche se sentía peor.
Más fría.
Más vacía.
Subí las escaleras lento.
Sin ganas de nada.
Solo quería encerrarme en mi cuarto y desaparecer del mundo aunque fuera unas horas.
Pero apenas iba llegando al segundo piso escuché la voz de mi papá.
—“¿Y esa hora de llegar?”
Yo cerré los ojos un segundo.
No tenía fuerzas para una pelea.
No ese día.
No después de perder a Valeria.
Seguí caminando sin responder.
Pero él volvió a hablar más duro.
—“Le estoy hablando.”
Me detuve despacio.
Sin siquiera mirarlo.
—“Horita no, papá…”
Mi voz salió rota.
Cansada.
Y él, como siempre, no entendió.
—“¿Cómo que horita no? Usted cree que puede llegar a la hora que quiera y ya?”
Yo respiré profundo intentando aguantarme.
Porque sinceramente sentía que si alguien me presionaba un poquito más me iba a quebrar ahí mismo.
—“No me siento bien.”
Él soltó una risa seca.
—“¿Y ahora qué le pasó?”
Ahí sentí la rabia mezclarse con el dolor.
Pero más que rabia…
era agotamiento.
Del alma.
Me giré despacio para mirarlo.
Y cuando vio mi cara dejó de hablar un segundo.
Porque yo sí estaba mal.
Los ojos rojos.
La ropa llena de arena todavía.
Las manos golpeadas.
Y la mirada completamente perdida.
—“¿Qué le pasó en las manos?” —preguntó más serio.
Yo bajé la mirada.
Y ahí ya no fui capaz de seguir fingiendo.
—“Valeria murió.”
Silencio.
Completo.
Mi papá se quedó quieto.
Como si no hubiera entendido.
—“¿Qué?”
Yo sentí otra vez el pecho destruyéndose.
—“Valeria… murió.”
La voz se me quebró horrible.
Y las lágrimas volvieron otra vez.
Porque decirlo en voz alta hacía que fuera real.
Mi papá me miró en silencio.
Y sinceramente creo que nunca me había visto así.
Porque yo ya estaba roto completamente.
Me pasé las manos por la cara llorando.
—“Se me murió…”
Y ahí ya no aguanté más.
Sentí las piernas débiles y terminé sentándome en las escaleras mientras lloraba como un niño.
Porque el dolor ya era demasiado.
Mi papá bajó despacio.
Y aunque nosotros casi nunca éramos cercanos…
esa vez no dijo nada.
Solo se quedó ahí mirándome destruido.
Yo respiraba mal.
Me dolía el pecho horrible.
—“No pude hacer nada…”
Mi voz apenas salía.
—“No pude salvarla…”
Las lágrimas seguían cayendo sin control.
Mi papá suspiró profundo.
Y por primera vez en muchísimo tiempo…
lo vi sin esa actitud fría de siempre.
Se sentó a mi lado despacio.
—“Lo siento, hijo.”
Esa frase me rompió más.
Porque sinceramente hacía años no sentía a mi papá tan humano conmigo.
Yo me tapé la cara llorando.
—“Ella tenía miedo…”
Mi respiración temblaba horrible.
—“Y yo le prometí que todo iba a estar bien.”
Silencio.
La mansión seguía completamente callada.
Y yo ahí…
hecho pedazos en unas escaleras enormes que nunca se habían sentido tan vacías como esa noche.
Mi papá me miró un momento.
—“¿La amaba mucho?”
Yo solté una risa triste entre lágrimas.
—“Demasiado…”
Y eso era lo peor.
Porque nunca imaginé perderla tan rápido.
Nunca imaginé que la última vez que la abracé sería en una playa mientras ella se iba apagando entre mis brazos.
Cerré los ojos fuerte.
Y automáticamente recordé su voz diciéndome:
“Prométeme que vas a ser feliz.”
Sentí el pecho destruirse otra vez.
Porque no tenía idea de cómo hacerlo ahora.
No sin ella.
No después de verla morir así.
Mi papá se quedó sentado conmigo un rato más en silencio.
Y sinceramente…
ese silencio dolía menos que cualquier palabra.