Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 11
Zarek contemplaba la criatura que sostenía entre sus manos con una mezcla de desconcierto e incredulidad. No se trataba de un arma, ni de un documento oficial, ni de una joya de la corona; era una pequeña mascota alienígena, sumamente esponjosa, que le había sido confiada con total naturalidad por el pequeño gamma antes de deslizarse con apuro hacia el interior del baño real. El emperador de Astris, el hombre más temido del cosmos, estaba de pie en mitad del pasillo sosteniendo un animalito que emitía suaves ronroneos contra sus guantes de cuero negro.
Alistair los seguía de cerca, con el rostro pálido y la frente perlada de sudor por el puro nerviosismo. El canciller principal avanzaba a pasos rápidos, agitando la tableta digital mientras intentaba mantener la compostura ante la absurda escena.
—Zarek, esto es una locura, tienes que escucharme —susurró Alistair, bajando la voz pero con un tono urgente—. Ese muchacho no es el candidato que el consejo aprobó. Kala es una alfa fuerte, y este niño es... un omega. Debe haber ocurrido un error catastrófico con las frecuencias o las órdenes de embarque. Déjame comunicarme de inmediato con el jefe del clan del planeta de las bestias para saber qué demonios ocurrió y exigir que envíen a la verdadera prometida.
El emperador, manteniendo su carácter frío y severo de siempre, ni siquiera se giró para mirarlo por completo. Solo desvió sus gélidos ojos grises hacia Alistair, dedicándole una mirada tan cortante y cargada de una advertencia implacable que el canciller cerró la boca al instante. No hizo falta una sola palabra; Alistair entendió perfectamente que el emperador no toleraría más quejas ni alteraciones en su espacio personal mientras descifraba qué hacer con el tierno polizón.
En ese preciso momento, la puerta del baño se deslizó y Nesta salió dando pequeños saltos. Su colita felina se agitaba de un lado a otro con evidente alivio. Con total confianza, el gamma se acercó a Zarek, tomó a su pequeña mascota con un brazo acurrucándola contra su pecho, y con la otra mano libre sujetó firmemente los dedos del emperador.
—Oye, ¿ya vamos a comer? —preguntó Nesta, mirando a Zarek con sus grandes y brillantes ojos felinos—. Es que tengo mucha hambre. Quiero comer pollo, pero sin verduras porque no me gustan nada. Tienen un sabor feo, aunque mi papá siempre me obliga a comerlas.
Al decir esto, el pequeño gamma arqueó sus cejas pomposas y formó un puchero tan sumamente adorable y lastimero que el aire en el pasillo pareció ablandarse. Sus orejas se inclinaron hacia atrás en una perfecta demostración de reproche infantil hacia el recuerdo de las comidas de su hogar.
Alistair, tratando por todos los medios de mantener la calma y retomar el control de la situación diplomática, dio un paso al frente y forzó una sonrisa amable.
—Pequeño, escúchame —le dijo el canciller a Nesta con voz suave—. Yo te llevaré a comer lo que tú desees a otra sala, en lo que nos comunicamos con tu casa para avisarles que estás aquí. Ven conmigo.
Sin embargo, cuando el canciller se acercó un poco de más, los instintos dependientes y tímidos de Nesta se activaron. Al ver al hombre frente a él avanzar con tanta insistencia, el gamma se asustó un poco; retrocedió medio paso y apretó fuertemente la mano de Zarek, buscando refugio detrás de la imponente capa del soberano, usándolo como un escudo protector contra el desconocido.
Zarek sintió el firme y asustado agarre del muchacho en sus dedos, y una chispa de posesividad y diversión cruzó por primera vez sus facciones de piedra. Miró de reojo a Alistair, dictando su sentencia con una voz profunda que no admitía réplicas.
—Preparen el gran comedor principal de inmediato —ordenó el emperador—. Almorzaremos ahora mismo.
Luego, Zarek bajó la mirada hacia el tierno gamma que lo miraba desde abajo con expectación. Una sutil y extraña sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios.
—Habrá pollo, Nesta —le dijo el emperador con un tono falsamente severo—. Pero en este palacio sí debes comer las verduras. Todas ellas.
Nesta abrió los ojos de par en par, totalmente indignado por la traición de su nuevo protector. Abrió la boca listo para protestar, patalear y poner mil peros como hacía siempre en su casa para salirse con la suya, pero Zarek no le dio la oportunidad. El emperador ya había comenzado a caminar a paso firme por el pasillo del palacio, arrastrando suavemente al gamma consigo, sumamente divertido por la cara de profunda tragedia y los tiernos murmullos de queja que ponía la criatura a su lado. Zarek, por primera vez en muchos años, encontraba algo genuinamente interesante en su aburrida vida imperial.