A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.
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El secreto bajo el suelo
El viaje de regreso fue totalmente distinto al de ida. Ya no había silencio cargado de dudas, ni miedo a lo que podrían encontrar. Ahora, en el vehículo oscuro que recorría los caminos de tierra, reinaba una tensión fría, afilada, la misma que llevaba Alejandro grabada en cada gesto y en cada mirada. Condujo con la misma precisión absoluta de antes, pero ahora sabía por qué se movía así, sabía de dónde venía esa capacidad de calcular cada curva, cada obstáculo, cada posible peligro mucho antes de que apareciera. Era como si una venda hubiera caído de sus ojos, y todo, absolutamente todo, tuviera ahora un sentido nuevo, más claro, más peligroso.
Elena iba a su lado, mirándolo de vez en cuando, aún maravillada y conmovida por el cambio que había ocurrido en él. El hombre dulce, reservado y tranquilo que ella había conocido seguía ahí, lo sentía en la forma en que le apretaba la mano de vez en cuando para darle seguridad, en la forma en que le hablaba con suavidad cuando el silencio se hacía demasiado largo. Pero ahora estaba mezclado con algo más: una fortaleza imparable, una inteligencia aguda, una determinación que asustaba y atraía a partes iguales. Él era ambos hombres al mismo tiempo, y esa mezcla era lo que lo hacía realmente único, y realmente peligroso para quienes quisieran hacerle daño.
—¿Crees que ya saben que vamos de vuelta? —preguntó ella, rompiendo el silencio, con la voz baja pero firme.
Alejandro no apartó la vista del camino, pero sus dedos se cerraron con más fuerza sobre el volante.
—Lo saben —respondió él, con esa voz segura y profunda que ya se estaba volviendo su marca—. Javier conoce mis capacidades, o al menos las que tenía antes de borrarme la memoria. Sabe que si hablo con quien sabe la verdad, vuelvo a ser yo. Y sabe que, si vuelvo a ser yo, el lugar al que iré primero será mi refugio. El lugar que construyeron para mí, el lugar donde escondieron lo que quieren. El Confín.
Hizo una pausa, y una sonrisa leve, fría y calculada apareció en sus labios.
—Nos estarán esperando. O nos habrán preparado una trampa. Pero lo que no saben... es que yo ahora juego con sus mismas cartas, pero con una ventaja que ellos nunca imaginaron.
La miró de reojo, con esa intensidad que la hacía sentir protegida y viva al mismo tiempo.
—Te tengo a ti. Y tengo claro lo que quiero proteger. Ellos solo juegan por poder. Y eso... eso siempre es su debilidad.
Cuando llegaron a las afueras del pueblo, el sol ya empezaba a esconderse, tiñendo el cielo de colores oscuros y rojizos que parecían presagiar la batalla que se acercaba. Alejandro no entró por el camino principal, ni por la puerta habitual. Tomó desvíos estrechos, callejones olvidados y caminos traseros que él mismo había abierto años atrás, sin recordar por qué lo hacía, solo guiado por ese instinto que ahora entendía perfectamente. Se movía como un fantasma, evitando miradas, controlando el entorno, anticipándose a cualquier vigilancia.
Estacionaron el vehículo a unas cuadras del bar, oculto entre árboles y viejos muros, y bajaron caminando, pegados a las sombras. Cuando por fin vieron la fachada de El Confín, brillante, acogedora, tal como siempre había sido, Elena sintió un escalofrío. Parecía el mismo lugar de siempre, el refugio seguro, el punto de encuentro de todos. Pero ahora sabían que bajo esa apariencia tranquila, bajo esas paredes llenas de historias y risas, se escondía algo que podía cambiarlo todo, algo por lo que habían estado dispuestos a destruir su vida.
—No hay movimiento extraño —susurró Alejandro, mientras observaba todo con atención absoluta, analizando cada ventana, cada puerta, cada rincón—. Todo parece normal. Pero ellos están ahí. Lo siento. Lo sé.
Caminaron hacia la entrada, abrieron la puerta y entraron como si fuera una noche cualquiera. El sonido habitual, las voces, el olor a madera y bebida, todo estaba ahí. Los clientes los saludaron con naturalidad, sus amigos les sonrieron desde las mesas, nadie parecía notar que algo había cambiado, que el dueño del bar ya no era solo el hombre que conocían. Alejandro respondió a los saludos, sonrió, habló con la misma calma de siempre, interpretando su papel a la perfección, ocultando tras esa máscara amable al lobo que ahora despertaba.
Se dirigieron tras el mostrador, al lugar que durante tanto tiempo había sido su territorio, su pequeño reino. Alejandro pasó su mano por la madera pulida, recorriendo cada marca, cada rasguño, cada detalle, buscando algo que siempre había estado ahí, algo que había visto mil veces sin saber lo que era. Se detuvo en una esquina, justo donde él solía apoyarse para hablar con los clientes, una zona donde la madera tenía un dibujo grabado, un diseño sencillo que él mismo había hecho años atrás sin saber que en realidad era una señal, una marca, una llave.
Miró a Elena, que lo observaba con el corazón en un puño, y asintió lentamente. Se agachó, sacó de su abrigo la navaja que le había dado la anciana, esa con el grabado del lobo, y la acercó al dibujo. Con un movimiento preciso y suave, encajó el diseño del mango con la marca de la madera. Hubo un leve clic, casi imperceptible, y un trozo del mostrador se movió, se deslizó hacia un lado, revelando una pequeña abertura oscura.
Dentro no había dinero, ni objetos de valor común. Había una llave antigua, pesada, de metal oscuro, y un pequeño papel con unas palabras escritas con tinta que aún se leía perfectamente: "Para cuando recuerdes quién eres. El verdadero guardado está donde todo termina y todo empieza de nuevo".
Alejandro tomó la llave y el papel, leyó las palabras y entendió al instante. Era una frase que él había escuchado, o dicho, en algún momento de su vida anterior, una frase que significaba algo muy claro.
—El sótano —dijo él, con voz baja, solo para que ella lo oyera—. El sótano que nunca usamos, el que está cerrado desde que llegué aquí, el que yo siempre sentí que debía mantener cerrado. Ahí es.
Cerró el hueco de nuevo, ocultando todo como si nada hubiera pasado, y le tomó la mano.
—Vamos. Ahora. Antes de que ellos sepan que ya lo hemos encontrado.
Cruzaron las estancias traseras, pasaron por delante de los empleados que estaban ocupados en sus tareas, y llegaron a la puerta de madera vieja y pesada que daba acceso al sótano. Nunca había sido abierta. Alejandro mismo había puesto el cerrojo años atrás, movido por ese instinto que ahora reconocía como parte de su entrenamiento. Introdujo la llave nueva en la cerradura, y esta giró con suavidad, como si hubiera estado esperando solo su mano para abrirse.
Bajaron las escaleras de piedra, en la oscuridad, alumbrándose solo con la luz de sus teléfonos. El aire allí abajo era frío, húmedo, cargado de años de silencio y secretos. Cuando llegaron al final, se encontraron con una estancia amplia, mucho más grande de lo que cualquiera podría imaginar que cabía bajo el bar. Y en el centro, iluminado por rayos de luz que se colaban por pequeñas aberturas altas, había un escritorio de madera maciza, y sobre él, una caja fuerte de acero, negra, sin marcas, sin números, sin mecanismos visibles.
Pero en la parte frontal tenía grabado el mismo lobo que ahora llevaba Alejandro en su navaja.
—Es esto —dijo él, acercándose lentamente, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la emoción de llegar al final de todo este camino—. Aquí está todo. La verdad completa, las pruebas, los nombres, lo que ellos quieren, lo que yo debo proteger.
Se acercó a la caja, y antes de hacer nada, miró a Elena.
—Pase lo que pase ahora, pase lo que encontremos aquí, quiero que sepas que lo que siento por ti es lo único real que ha existido en toda mi vida, antes y después del olvido. Gracias por estar aquí conmigo.
Ella se acercó, le acarició el rostro con dulzura, con los ojos brillantes de amor y determinación.
—Yo elegí estar contigo desde el primer momento, aunque no supiera quién eras realmente. Y te elijo ahora, más que nunca. Abrelo. Juntos.
Alejandro asintió. Sacó de nuevo la navaja, la colocó en el lugar exacto donde encajaba el dibujo del lobo, y empujó. La puerta de acero se abrió lentamente, sin ruido, revelando lo que había dentro.
No había oro, ni riquezas, ni armas, aunque sí había documentos, mapas, informes detallados de operaciones pasadas, nombres de personas que ahora vivían vidas normales, igual que él. Pero lo que llamó su atención, lo que estaba justo en el centro, encima de todo lo demás, era una carpeta gruesa, de cuero desgastado, con su nombre escrito en la portada con letras firmes: ALEJANDRO.
Y al lado, una fotografía.
Cuando la tomó y la miró, sintió que el mundo se detenía por completo. Era una foto de él, mucho más joven, vestido de forma diferente, con una mirada dura, fría, de alguien que ya sabía demasiado de la vida y de la muerte. Pero no estaba solo. A su lado, sonriendo, con esa misma mirada de inteligencia y fuerza, estaba la anciana que les había contado la verdad. Y detrás de ambos, sonriendo con orgullo, estaba un hombre mayor, de ojos claros y cabello oscuro... un hombre al que él se parecía increíblemente. Su maestro. Su padre.
Pero lo que lo dejó helado fue lo que había escrito al reverso de la foto, con la misma letra de la portada:
"El día que te fuiste, salvaste tu alma. El día que vuelvas, salvarás todo lo que hemos construido. Javier no solo quiere el poder. Él quiere vengarse. Porque yo lo elegí a ti, nunca a él. Y ahora... él ha venido a cobrarse esa vieja deuda. Cuida de ella. Cuida de ti. Y recuerda: la verdadera fuerza no está en lo que puedes destruir, sino en lo que eres capaz de proteger".
De repente, la luz que se colaba desde arriba se apagó por completo. El ruido de la puerta del sótano cerrándose de golpe resonó con fuerza sobre sus cabezas. Y desde la oscuridad, una voz que Alejandro conocía demasiado bien, una voz que había escuchado hacía poco, sonó fría, calculadora y triunfante.
—Muy bien, Alejandro. Lo has encontrado todo. Has descubierto quién eres, de dónde vienes, y por qué todo esto empezó. Ahora ya sabes la verdad. Y eso... es justo lo que yo necesitaba.
Una luz potente se encendió de golpe, apuntando directamente hacia ellos, cegándolos un momento. Y en la puerta, bloqueando la salida, con varios hombres armados detrás de él, estaba Javier. Sonriendo. Disfrutando cada segundo.
—Bienvenido de verdad al juego —dijo Javier, dando un paso hacia abajo, hacia la oscuridad donde estaban ellos—. Por fin estamos solos. Y por fin... podemos terminar lo que empezó hace tantos años.