Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.
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14
La proclamación no se hizo desde el balcón principal.
Ese detalle, por sí solo, fue suficiente para que Natalie supiera que no era una proclamación legítima.
Se hizo desde el balcón secundario, el que daba al patio interior, donde la voz debía descender antes de alcanzar la ciudad, debilitada por la piedra y la distancia. Era un gesto calculado: cumplir con la forma sin entregar el símbolo.
Natalie observó desde la galería superior, invisible entre las columnas.
Abajo, Anya estaba de pie, vestida de negro absoluto, sin adornos, sin emblemas. No parecía una mujer de luto. Parecía una mujer que había esperado.
El consejero mayor sostenía el pergamino.
—Por la presente —leyó, con voz grave—, el Consejo de Valthoria reconoce el fallecimiento de Su Majestad, el rey Alaric, y declara un periodo de regencia provisional hasta que el heredero legítimo sea presentado ante el Consejo y el pueblo.
Una pausa.
—Durante este periodo, la autoridad ejecutiva será ejercida por el Consejo en su conjunto, en representación de la continuidad del reino.
Nada más.
Ni un nombre.
Ni una referencia.
Ni Natalie.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier reacción. Los soldados no se movieron. Los sirvientes no aplaudieron. La ciudad, más allá de los muros, permaneció distante, como si esperara una verdad que aún no había sido pronunciada.
Natalie no sintió ira.
Sintió confirmación.
—Era previsible —dijo una voz detrás de ella.
Lysandro.
Se detuvo a su lado sin hacer ruido.
—Han elegido diluir el poder —continuó—. Es más fácil controlar algo que no tiene rostro.
Natalie no apartó la mirada de Anya.
—No —dijo en voz baja—. Han elegido ganar tiempo.
—Para encontrar al heredero.
—Para controlarlo.
Se giró entonces hacia Lysandro.
—¿Está todo preparado?
Él asintió.
—Kaelen y Boris esperan en la puerta este. Bastian ya está listo.
—¿Y Tomás?
Una fracción de segundo.
—Con sus hombres.
No era una respuesta. Era una verdad incompleta.
Natalie lo aceptó sin comentarlo.
—Bien —dijo—. Es hora de ver cuánto de este reino sigue siendo real.
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La salida fue discreta.
No caballos con insignias. No escolta visible. Solo capas oscuras, acero oculto y rutas que el palacio había olvidado que existían.
Boris iba delante, abriendo camino con su sola presencia. Kaelen cubría el flanco derecho, siempre atenta a los espacios donde alguien podía observar sin ser visto.
Bastian caminaba cerca de Natalie.
Demasiado cerca para ser casual.
—¿Tenéis miedo? —preguntó él en voz baja.
Natalie tardó en responder.
—Sí.
Bastian pareció sorprendido.
—Eso no es debilidad —añadió ella—. Es claridad.
Él asintió, como si esa respuesta fuera suficiente.
Lysandro cerraba la formación.
Siempre el último.
Siempre viendo lo que los demás no podían.
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La finca Varlen no parecía un lugar donde se escondiera el futuro de un reino.
Era pequeña. Antigua. Olvidada.
La puerta principal estaba cerrada, pero no sellada.
Boris no llamó. Empujó.
La madera cedió con un crujido que sonó demasiado fuerte.
Dentro, el aire olía a polvo y abandono.
Pero no completamente.
Kaelen fue la primera en notar el detalle.
—Hay ceniza reciente —dijo.
Bastian avanzó hacia la chimenea.
—Aquí vivía alguien.
Natalie recorrió la habitación sin tocar nada.
Entonces lo vio.
Un juguete.
Tallado en madera.
Un caballo pequeño, imperfecto.
Lo recogió con cuidado.
—No hace mucho —murmuró.
—Se han ido deprisa —añadió Kaelen—. No hay signos de traslado organizado.
—O sabían exactamente qué llevar —corrigió Lysandro.
Boris gruñó.
—Estamos persiguiendo sombras.
—No —dijo Natalie.
Se acercó a la mesa.
Había marcas.
Tres líneas paralelas, grabadas en la madera.
No eran accidentales.
Eran una señal.
Bastian palideció.
—Ese símbolo…
Todos lo miraron.
—Lo vi antes —continuó—. En los salvoconductos.
El aire cambió.
—El anillo —dijo Natalie.
Bastian asintió.
—Sí.
Eso significaba que quien controlaba al heredero había estado allí.
Y seguía moviéndolo.
Natalie cerró la mano alrededor del caballo de madera.
Entonces Lysandro habló.
—Hay algo más.
Estaba junto a la pared norte.
Había encontrado una grieta.
No en la piedra.
En la intención.
Presionó.
Un panel oculto se abrió con un sonido seco.
Dentro, solo había un objeto.
Un cilindro de pergamino.
Sellado.
Con el sello del rey.
No del Consejo.
No de Anya.
Del rey Alaric.
Natalie no respiró mientras lo tomaba.
El sello estaba intacto.
Eso significaba que nadie más lo había leído.
Lo abrió.
La letra era inconfundible.
Firme.
Precisa.
Viva.
> Si estás leyendo esto, entonces he muerto como sabía que moriría.
No confíes en el Consejo.
No confíes en quienes juran protegerte.
Ni siquiera confíes en quienes amas.
El heredero que buscan proteger no es el heredero que el reino necesita.
Te elegí a ti.
No por tu derecho.
Por tu voluntad.
El mundo no se detuvo.
Pero Natalie sí.
No levantó la vista.
No habló.
No reaccionó.
Porque en ese momento entendió el segundo giro de la verdad:
El rey no había sido una víctima pasiva.
Había estado jugando.
Y la había elegido a ella.
No como hija.
Como sucesora.
Pero nunca lo anunció.
Nunca lo hizo oficial.
Porque alguien lo habría impedido.
O alguien lo habría matado antes.
El silencio en la habitación se volvió insoportable.
—¿Qué dice? —preguntó Boris.
Natalie enrolló el pergamino con cuidado.
—Dice que el rey sabía.
No era mentira.
Pero tampoco era toda la verdad.
Y en ese instante, comprendió el tercer giro.
No podía confiar en nadie.
Ni siquiera en quienes estaban con ella ahora.
Porque si el rey había ocultado esto…
Era porque el enemigo no estaba solo en el Consejo.
Estaba en todas partes.
Incluso aquí.
Especialmente aquí.
Natalie levantó la mirada.
Sus ojos ya no eran los de una hija.
Eran los de alguien que entendía el precio de sobrevivir.
—Nos vamos —dijo.
—¿Adónde? —preguntó Kaelen.
Natalie sostuvo el caballo de madera.
Sintió el peso de un niño que no conocía.
Y el peso de un reino que ya no podía ignorar.
—A reclamar algo que nunca me ofrecieron —respondió.
Y por primera vez, no sonó como una posibilidad.
Sonó como una promesa.
El viento había cambiado.
Natalie lo sintió antes de salir de la casa. No era una brisa real, sino una certeza en la piel, como si el mundo hubiera decidido moverse en una dirección nueva sin pedir permiso.
Boris empujó la puerta abierta con el hombro y escudriñó el exterior.
—Nada —gruñó.
Eso no tranquilizó a nadie.
Kaelen salió primero, con la mano cerca del puño de su espada. Sus ojos recorrieron el perímetro con precisión fría: los árboles desnudos, la tierra endurecida, el camino estrecho que descendía hacia el valle.
—Han dejado un observador —dijo.
Natalie se detuvo.
—¿Dónde?
Kaelen señaló sin mirar directamente.
—Tercer árbol desde el lindero. Marca en la corteza. Reciente.
Boris escupió al suelo.
—Entonces saben que estamos aquí.
—Lo sabían antes de que llegáramos —corrigió Lysandro.
Eso era peor.
Mucho peor.
Natalie descendió los tres escalones de piedra y se detuvo en el terreno abierto. El caballo de madera seguía en su mano, el pergamino oculto dentro de su capa, cerca del corazón.
Por primera vez desde la muerte de su padre, el miedo no venía del pasado.
Venía del futuro.
—Se están moviendo más rápido de lo que esperaba —dijo.
—¿Quiénes? —preguntó Bastian.
Natalie no respondió de inmediato.
Porque la respuesta honesta era: todos.
—Quienes tienen al niño —dijo finalmente—. Y quienes saben que lo estamos buscando.
Boris soltó una risa amarga.
—Eso incluye a medio reino.
—No —dijo ella—. Incluye a alguien que sabe exactamente lo que encontró mi padre.
Silencio.
Kaelen la observó.
—No nos habéis contado todo.
No fue una acusación.
Fue un hecho.
Natalie sostuvo su mirada.
Durante un segundo, consideró mentir.
Decir que la carta no decía nada importante. Que solo eran palabras de un hombre moribundo.
Pero ese tipo de mentira tenía un peso que no se podía sostener mucho tiempo.
—Mi padre sabía que lo estaban reemplazando antes de que muriera —dijo.
Bastian frunció el ceño.
—¿Reemplazando?
—Gobernando en su nombre. Moviendo tropas. Firmando órdenes.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Boris.
—No —corrigió Natalie—. Él también lo sabía.
Eso cambió algo en el aire.
Porque significaba que el rey no había sido débil.
Había estado observando.
Esperando.
Preparando algo.
—¿Y no hizo nada? —preguntó Boris.
Natalie pensó en el pergamino.
En las palabras.
Te elegí a ti.
—Sí hizo algo —dijo.
No explicó qué.
Kaelen no insistió.
Pero Natalie vio la pregunta en sus ojos.
La desconfianza no era una traición.
Era supervivencia.
Lysandro habló entonces.
—Debemos regresar.
Natalie negó con la cabeza.
—No.
Todos la miraron.
—Si volvemos ahora, confirmamos que seguimos sus reglas.
—¿Qué proponéis? —preguntó Kaelen.
Natalie miró el valle.
La ciudad no era visible desde allí, pero podía sentirla. El peso de miles de personas esperando algo que no podían nombrar.
—Nos separamos.
Boris soltó un gruñido inmediato.
—Mala idea.
—Necesaria —replicó ella—. Si alguien nos sigue, no puede seguirnos a todos.
Se volvió hacia él.
—Boris. Llevarás a Bastian a la fortaleza sur.
Bastian abrió la boca.
—¿Por qué yo?
—Porque eres testigo. Y porque intentarán silenciarte antes de que hables ante el Consejo completo.
Boris asintió lentamente.
—Eso sí lo creo.
Natalie miró a Kaelen.
—Quiero que regreses al palacio.
Kaelen se tensó.
—Eso es más peligroso que quedarme con vos.
—Lo sé. Por eso debes hacerlo.
Kaelen sostuvo su mirada durante varios segundos.
—¿Qué debo buscar?
Natalie dudó.
La respuesta era simple.
La verdad.
Pero la verdad tenía muchas formas.
—Movimientos que no tengan sentido —dijo—. Guardias reubicados. Puertas selladas. Órdenes que nadie admita haber dado.
Kaelen asintió.
Luego, Lysandro.
Siempre el último.
—Tú vienes conmigo —dijo Natalie.
Él no pareció sorprendido.
—¿Adónde?
Natalie miró el caballo de madera.
Lo giró entre sus dedos.
Había algo en él.
Algo demasiado deliberado para ser solo un juguete.
Tres pequeñas marcas en una pata.
Tres líneas paralelas.
El mismo símbolo.
—A donde empezó esto —dijo.
Boris frunció el ceño.
—Eso no es un lugar.
—Sí lo es.
Levantó la vista.
—Es el lugar donde mi padre decidió que el heredero debía ser escondido.
Silencio.
—Y el lugar donde decidió que yo debía encontrarlo.
El peso de esas palabras se asentó en todos ellos.
Porque por primera vez, Natalie no estaba reaccionando.
Estaba siguiendo un camino.
Uno que había sido trazado antes de la muerte del rey.
Antes del veneno.
Antes de la traición visible.
Kaelen dio un paso atrás.
—Entonces esto empezó hace mucho tiempo.
Natalie asintió.
—Sí.
Bastian habló en voz baja.
—¿Y cuándo termina?
Natalie lo miró.
Y por primera vez, no tuvo una respuesta inmediata.
Porque el final dependía de algo más que encontrar a un niño.
Dependía de descubrir si el reino que su padre había intentado proteger aún merecía ser salvado.
—Termina —dijo finalmente— cuando sepamos quién está dispuesto a destruirlo para gobernarlo.
El viento volvió a moverse.
Esta vez real.
Frío.
Implacable.
Y mientras se separaban en direcciones distintas, Natalie sintió algo que no había sentido desde la noche en que su padre murió.
No tristeza.
No miedo.
Certeza.
El juego ya no se trataba de sobrevivir.
Se trataba de ganar.