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Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Luz De Luna Y Sombras Del Abismo.

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.

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Capítulo 13

Las fuerzas oscuras atacan la aldea.

El cielo de Eloria ya no era el manto estrellado que Emara amaba desde niña; se había convertido en una herida abierta, un tajo purulento de color carmesí del que goteaba la oscuridad. El aire, denso y cargado de ozono y azufre, vibraba con un zumbido que hacía sangrar los oídos. No era solo una tormenta; era la realidad misma deshaciéndose en las costuras.

—¡A las murallas! —rugió Emara, su voz cortando el pánico que se extendía como un incendio por la aldea—. ¡Clemente, organiza a los arqueros! ¡Sergio, lleva a los niños y a los ancianos a las cuevas del refugio, ahora!

La aldea de los Alarcón, que durante siglos había sido un bastión de piedra y orgullo, parecía ahora una casa de juguetes ante la magnitud de lo que descendía desde la grieta. Las sombras no caían; se deslizaban, formas etéreas y alargadas que recordaban a dedos esqueléticos buscando algo que apretar. No eran solo los segadores que Kellan le había descrito; eran "Los Devoradores", entidades que no buscaban matar, sino consumir la esencia misma de la vida.

Tibor Alarcón permanecía inmóvil en medio de la plaza principal. Sus ojos, antes fieros y dominantes, estaban fijos en la entidad colosal que emergía del portal. El Rey de las Sombras no era un hombre, ni un demonio con cuernos; era un vacío absoluto, una mancha de nada que absorbía la luz a su alrededor.

—Es el final —susurró Tibor, y por primera vez, Emara vio a su padre como un hombre anciano y roto—. El pacto... él dijo que nos daría la eternidad.

—¡La eternidad de la nada, padre! —le gritó Emara, agarrándolo por los hombros y sacudiéndolo—. ¡Reacciona! Si no luchamos ahora, no quedará ni el recuerdo de lo que fuimos. ¡Lucha por tu pueblo, aunque sea para redimirte!

Un estruendo ensordecedor sacudió la tierra. La empalizada oeste, construida con troncos de roble centenarios reforzados con plata, saltó por los aires como si fuera paja. De entre el humo y las astillas, surgieron las primeras bestias: lobos deformados por la sombra, con pelaje de humo y ojos que eran brasas agonizantes.

—¡Por la Luna! —gritó Sergio Alfaro, apareciendo al lado de Emara con su hacha de combate en la mano. Su rostro estaba manchado de hollín, pero sus ojos brillaban con una determinación desesperada—. Emara, son demasiados. El refugio no resistirá si esas cosas llegan a las cuevas.

—No llegarán —dijo Emara, y en ese momento, dejó que la transformación la reclamara.

Pero no fue el doloroso crujir de huesos de siempre. Gracias a la magia que había absorbido en el Aethelgard, la transformación fue rápida, una expansión de poder. Su pelaje ya no era solo marrón terroso; hebras de plata brillante corrían por su lomo, y sus ojos eran dos lunas llenas. Soltó un aullido que no solo era un grito de guerra, sino una orden que resonó en la sangre de cada hombre lobo presente.

La batalla fue una carnicería desde el primer segundo. El choque de los lobos del clan contra las bestias de sombra era un caos de garras, colmillos y humo negro. Emara se lanzó al centro del conflicto, una mancha plateada que cortaba la oscuridad. Cada vez que sus garras alcanzaban a un devorador, una chispa de luz blanca del Reino Olvidado estallaba, desintegrando a la entidad.

—¡Mantened la línea! —Sergio gritaba mientras decapitaba a una sombra que intentaba saltar sobre un guerrero joven—. ¡No retrocedáis!

Sin embargo, el Rey de las Sombras finalmente puso un pie —si es que se le podía llamar así— en el suelo de Eloria. Con su presencia, la temperatura bajó drásticamente. Las flores se marchitaron al instante y la esperanza pareció drenarse de los corazones de los defensores. Aquellos que luchaban con valor de repente soltaron sus armas, cayendo de rodillas, sumidos en visiones de sus peores pesadillas.

—Emara... —la voz de Kellan resonó en su mente, débil, lejana—. El nexo... el nexo está en el Altar de los Eones... Tibor debe cerrarlo... con su propia voluntad...

Emara sacudió la cabeza, tratando de mantener la consciencia. Buscó a su padre con la mirada. Tibor estaba siendo rodeado por tres devoradores gigantescos. Parecía entregado a su destino, como si la culpa por la muerte de Arilsa y la traición a su propia especie lo hubiera dejado sin fuerzas para alzar su lanza.

—¡Padre! —rugió Emara en su forma de loba, saltando sobre uno de los devoradores y desgarrándole el cuello de humo.

Sergio Alfaro la seguía de cerca, protegiéndole los flancos. A pesar de que su padre también había sido parte de la traición, Sergio no compartía esa oscuridad. Él era el ideal del guerrero: noble, leal y valiente hasta la médula.

—¡Emara, ve al Altar! —gritó Sergio, bloqueando un golpe que iba dirigido a la loba—. ¡Yo sacaré a tu padre de aquí! ¡Ve!

—¡No puedo dejarte solo con ellos, Sergio! —respondió ella, volviendo momentáneamente a su forma humana para recuperar el aliento.

—¡Es la única forma! —Sergio le dedicó una sonrisa triste, una que Emara recordaría el resto de su vida. Había algo de despedida en sus ojos—. Siempre supe que tú eras la que nos llevaría a un nuevo amanecer. Yo solo soy el escudo que te permite llegar allí. ¡Corre!

Emara dudó solo un segundo. El amor que sentía por sus amigos, por su aldea, la impulsó hacia el Altar de los Eones, una estructura circular en la colina más alta de la aldea. Mientras corría, escuchó el estruendo de un nuevo ataque masivo de sombras. Miró hacia atrás y vio a Sergio rodeado. Estaba luchando como un demonio, su hacha brillando con cada impacto, pero las sombras eran infinitas.

Sergio vio que una de las entidades más poderosas, un General de las Sombras, se lanzaba directamente hacia la espalda de Emara. Sin pensarlo, el joven Alfaro se interpuso en el camino.

La lanza de sombra pura atravesó el pecho de Sergio, emergiendo por su espalda.

—¡NO! —el grito de Emara desgarró el aire, un sonido que no era humano ni animal, sino puro dolor.

Sergio cayó de rodillas, pero con un último esfuerzo de voluntad suprema, agarró el brazo de la entidad de sombra y activó una piedra de luz solar que llevaba colgada al cuello —un regalo que la madre de Emara le había dado años atrás—. La explosión de luz fue cegadora. Sergio y la entidad desaparecieron en un estallido de energía blanca, despejando el camino hacia el Altar.

El sacrificio de un amigo cambia todo.

Emara se detuvo, con el pecho agitado. El silencio que siguió a la explosión fue más doloroso que el ruido de la batalla. Sergio se había ido. El niño con el que había jugado en los arroyos, el hombre que le había jurado lealtad a pesar de sus secretos, se había sacrificado para que ella pudiera dar un paso más.

La tristeza se transformó en algo frío y afilado dentro de ella. Miró hacia el Rey de las Sombras, que ahora rugía de frustración. El sacrificio de Sergio no solo había despejado el camino; había encendido una chispa de resistencia en el resto de los guerreros, que al ver la valentía de su camarada, recuperaron sus fuerzas. Pero para Emara, el mundo se había vuelto un poco más oscuro.

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