Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
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Capitulo 10
El sol de la mañana entraba con una crueldad dorada por los ventanales del ático, bañando las sábanas de seda negra que apenas lograban cubrir el caos de la noche anterior. Elena abrió los ojos y lo primero que sintió fue el peso del brazo de Alexander sobre su cintura. Era un ancla de carne y hueso, posesiva incluso en el sueño profundo.
Le dolía el cuerpo. Un dolor sordo, vibrante, que le recordaba cada vez que él la había levantado, cada vez que sus manos grandes la habían sujetado contra la pared o la cama, demostrándole que el "niño" se había convertido en un animal insaciable. Sus piernas se sentían como gelatina y el roce de las sábanas le recordaba que su piel estaba sensible, marcada por la barba de él y por sus labios.
Había sido, sin ninguna duda, la mejor noche de su vida. Una noche que borraba diez años de amantes mediocres y traiciones baratas.
Con una agilidad que no sabía que tenía, se deslizó fuera del agarre de Alexander. Se quedó un segundo mirándolo. Dormido, Alexander parecía casi pacífico, pero la mandíbula seguía apretada y sus hombros anchos ocupaban la mitad de la cama. Elena recogió su vestido esmeralda —ahora una piltrafa de seda— y se escabulló hacia el baño. Se vistió rápido, con el corazón latiéndole en la garganta. Su instinto de guerrera le decía que si él despertaba ahora, no la dejaría salir en otras doce horas, y ella necesitaba procesar que su mundo acababa de estallar.
Salió del ático en silencio, sintiendo el aire fresco del pasillo. Al bajar al lobby del edificio, el cansancio y la adrenalina se mezclaban en una sonrisa que no podía borrar de su cara.
—¡Valla, valla! ¡Miren quién decidió bajar de las nubes!
Elena dio un pequeño salto. Sentado en uno de los sillones de cuero del lobby, con un café en la mano y las gafas de sol puestas a pesar de estar bajo techo, estaba Hugo, su mejor amigo y confidente desde hacía años. Hugo era el único que conocía todos sus secretos, el único que no la miraba como una empresaria fría, sino como la mujer que realmente era.
Hugo bajó las gafas de sol y la escaneó de arriba abajo. Su mirada se detuvo en el cabello ligeramente enmarañado de Elena y en el brillo de sus ojos.
—Nena… —dijo Hugo, soltando un silbido largo—. No hace falta que digas nada. Por esa sonrisa de satisfacción absoluta que traes, te acaban de dar la mejor cojida de tu vida. Estás resplandeciente, querida. Hasta caminas diferente, como si te hubieran desarmado y vuelto a armar.
Elena soltó una carcajada ronca, sentándose frente a él, ignorando que sus muslos todavía temblaban un poco.
—Fue la mejor, Hugo. Mucho más que la mejor. Fue… irreal. No tengo palabras para describir lo que ese hombre hace con sus manos. Me dejó sin caminar, literalmente.
Hugo suspiró dramáticamente y puso una carita triste, apoyando la mejilla en su mano.
—Qué envidia, nena, de la mala. Los míos solo acaban, se limpian y listo. Me dejan ahí como si fuera un mueble de catálogo. A ver si me pasas el manual de usuario o el número de ese santo —Hugo se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de curiosidad—. Bien, ahora suelta la lengua. ¿Quién es ese hombre? Porque lo vi entrar a la gala y, madre mía, el condenado está como quiere. Es un monumento al pecado. ¿Qué nombre tiene el dueño de tus gritos, amiga?
Elena suspiró, el aroma de sándalo todavía impregnado en su cuello.
—Es Alexander. Alexander Novak.
Hugo se quedó de piedra. La taza de café se detuvo a mitad de camino a su boca.
—¿El "niño"? ¿El de la casa de seguridad de hace diez años? ¿El del aroma inolvidable? —Elena asintió en silencio—. ¡No me jodas! ¿Ese bombón de 28 años es el mismo mocoso que trataste como un chiquillo? Nena, el destino no te dio una segunda oportunidad, te dio el premio mayor de la lotería.
—Nunca pensé que volvería, Hugo —confesó ella, bajando la voz—. Durante diez años pensé que era una fantasía que me inventé para sobrevivir a la traición de mi ex. Pero anoche… anoche me dejó claro que no se olvidó ni de un solo detalle. Me llamó "su gordita" mientras me ponía el mundo del revés.
Hugo soltó una carcajada escandalosa que hizo que el recepcionista del edificio los mirara.
—¡Llevó tu correa, amiga! —exclamó Hugo, aplaudiendo—. Ese hombre no vino a saludarte, vino a ponerte un collar de propiedad. Se le veía en la cara cuando apartaba a los otros tipos en la fiesta. Parecía que iba a degollar a cualquiera que respirara cerca de tu escote.
Elena negó con la cabeza, tratando de recuperar su máscara de frialdad, aunque por dentro era puro fuego.
—No volverá a pasar, Hugo. Fue una noche para cerrar el ciclo. Yo tengo mi imperio, él tiene su vida. Ya nos sacamos las ganas. No volverá.
Hugo se echó hacia atrás en el sillón y se puso las gafas de sol otra vez, mirándola con una suficiencia desesperante.
—Lo dudo mucho, Elena. Pero lo dudo con toda mi alma. Ese hombre no está "interesado" en ti; ese hombre está loco por ti. Un hombre no cruza el mundo y se vuelve un titán de los negocios solo para tener una noche de sexo y decir adiós. Él te reclamó frente a toda la alta sociedad.
—Fue solo sexo, Hugo —insistió ella, aunque ni ella misma se lo creía.
—Nena, por favor. ¿Viste cómo te miraba? Te miraba como si fueras lo único sólido en un mundo de humo. Te aseguro que antes de que termine el día, ese Alexander va a estar derribando tu puerta otra vez. No se forja ese nivel de obsesión para dejarte ir después de un café. Tú eres su trofeo, su guerrera, su todo. Y por lo que veo en tu cara, tú tampoco estás muy dispuesta a dejarlo ir.
Elena se quedó callada, mirando hacia la calle. Sentía el eco del placer en su vientre y la promesa de Alexander resonando en su cabeza: "Ahora soy el hombre que va a recordarte por qué nunca pudiste olvidar mi nombre".
—Tal vez tengas razón —susurró Elena—. Pero esta vez, si quiere quedarse, va a tener que sudar más que anoche. Porque una reina no entrega su trono tan fácil.
—Ay, por favor —bufó Hugo levantándose—. Si te pide que te arrodilles otra vez, lo vas a hacer antes de que termine la frase. Vámonos, que tienes una empresa que dirigir y yo necesito que me cuentes detalles más… específicos. Quiero saber exactamente qué hizo con esa mandíbula tan bien marcada.
Elena se levantó, sintiendo el tirón en sus músculos, y caminó hacia la salida. Sabía que Hugo tenía razón. Alexander Novak no era un capítulo cerrado; era el comienzo de una guerra que ella, por primera vez en su vida, no tenía ninguna prisa por ganar.