En la ciudad prohibida, las reglas no solo están escritas en piedra, sino también en el corazón de un hombre que juró nunca amar.
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Capítulo 10: El Amanecer Distante
La luz del alba en Beijing no nace con el resplandor cálido de otras latitudes; surge como una filtración de gris azulado que se cuela a través de la polución y el cristal, devolviendo al mundo su contorno sólido y despiadado. Mei Ling abrió los ojos y, durante unos breves segundos, el peso del brazo de Li Wei sobre su cintura fue la única realidad que quiso reconocer. El calor de su cuerpo era un refugio, un santuario de piel y promesas susurradas en la oscuridad que aún vibraba en sus fibras.
Sin embargo, a medida que la claridad ganaba terreno en la habitación de la villa, los objetos empezaron a recuperar su significado profesional. El esmoquin de Li Wei, abandonado en una silla con una elegancia descuidada, parecía juzgarla. Su propio vestido esmeralda, arrugado en el suelo como un fénix caído, era el recordatorio de la gala de la que habían huido.
Se incorporó con lentitud, tratando de no despertar al hombre que dormía a su lado. Li Wei, sin la máscara de hierro del CEO, parecía casi joven. Su cabello, siempre perfectamente peinado hacia atrás, caía sobre su frente; su mandíbula, habitualmente tensa como un arco, estaba relajada. Pero ver su vulnerabilidad no le dio paz a Mei Ling; le dio miedo. Un miedo atroz que le atenazaba la garganta.
—¿Qué he hecho? —susurró para sí misma, sus pies tocando el suelo frío de madera.
Caminó hacia el gran ventanal. Desde esa altura, Beijing se despertaba bajo una capa de bruma industrial. Los rascacielos emergían como agujas que intentaban perforar el cielo, y entre ellos, en algún lugar del Distrito Central de Negocios, estaba la Torre Li. El edificio donde sus carreras se cruzaban y donde, a partir de hoy, todo sería un campo de minas.
Se puso la ropa con movimientos mecánicos, sintiendo que cada prenda era una pieza de una armadura que intentaba reconstruir. El vestido esmeralda se sentía ahora como una piel extraña. Se miró al espejo del baño y apenas reconoció a la mujer de ojos brillantes y labios hinchados que le devolvía la mirada. No era solo el rastro de la pasión; era la sombra de la consecuencia.
Si se quedaba, si esperaba a que él despertara, tendrían que hablar. Tendrían que ponerle nombre a lo que había pasado. Y Mei Ling sabía, con la intuición afilada de quien ha tenido que luchar por cada centímetro de su éxito, que las palabras de Li Wei a la luz del día no serían las mismas que bajo las estrellas. Él era el dueño de un imperio; ella era la arquitecta cuyo futuro dependía, irónicamente, de su aprobación. La asimetría de poder entre ellos era un abismo que un solo encuentro carnal no podía cerrar.
Regresó a la habitación principal. Li Wei se movió entre las sábanas de seda oscura, soltando un suspiro profundo pero sin despertar. Mei Ling se quedó observándolo un momento más, grabando en su memoria la curva de su hombro y la paz de su rostro. Sabía que esta era la última vez que vería al hombre; a partir de ahora, solo vería al jefe.
Buscó su bolso y sus zapatos. No dejó una nota. ¿Qué podría decir? *“Gracias por la noche más increíble de mi vida, ahora por favor no destruyas mi carrera”*. No, el silencio era la única moneda digna que le quedaba.
Salió de la villa y caminó hacia la entrada de la propiedad. El aire fresco de las Colinas Fragantes le quemó los pulmones, un contraste necesario con el calor sofocante de la habitación. Llamó a un taxi privado desde una aplicación, evitando el servicio de seguridad de la villa. Cuando el coche llegó, se hundió en el asiento trasero y cerró los ojos.
—Al distrito de Chaoyang, por favor —le dijo al conductor.
Durante el trayecto, vio cómo la ciudad se transformaba de la calma boscosa al caos urbano. Las pantallas LED gigantes ya mostraban noticias financieras. En una de ellas, vio una imagen borrosa de ellos dos saliendo del hotel la noche anterior. El titular hablaba de "movimientos inesperados en la cúpula de Li Corp".
El pánico empezó a subirle por el pecho. Mei Ling no era una ingenua; sabía que el mundo en el que se movía Li Wei devoraba a las personas por mucho menos que un romance de oficina. Si la junta directiva creía que ella había usado su cuerpo para asegurar el contrato de "El Ala del Fénix", su reputación quedaría reducida a cenizas. Y si Li Wei creía que ella esperaba un trato especial por lo ocurrido, la vería como una carga, no como una socia.
Llegó a su pequeño apartamento, un espacio lleno de maquetas, bocetos y plantas que apenas sobrevivían. Se quitó el vestido esmeralda y se metió en la ducha, frotándose la piel hasta que se puso roja, como si pudiera borrar el rastro de sus manos. Pero el recuerdo era persistente, incrustado en su memoria muscular.
Se vistió con su uniforme habitual: un traje de chaqueta gris humo, austero, profesional, con el cabello recogido de forma tirante. Se maquilló para ocultar el cansancio y la agitación. Cuando Zhang Bo la llamó a las ocho de la mañana, su voz fue firme.
—¿Mei? ¿Dónde demonios te metiste anoche? ¡La gala fue un desastre después de que te fueras! Los rumores están volando, dicen que te fuiste con Li Wei. Chen Hui está restregándoselo a todo el mundo.
Mei Ling apretó el teléfono, sintiendo un nudo en el estómago.
—Bo, no escuches a Chen Hui. Salí de la gala porque necesitaba aire. Li Wei... él simplemente se aseguró de que llegara a salvo a donde iba. Tenemos una reunión importante en dos horas en la sede. Asegúrate de tener listos los renders de la sección estructural.
—¿Estás bien? Tu voz suena... diferente.
—Estoy perfectamente, Bo. Nos vemos en la sala de juntas.
Colgó y se apoyó contra la mesa de dibujo. Sus manos temblaban ligeramente. No estaba bien. Estaba aterrorizada. Pero en el mundo del acero y el cristal, el terror se disfraza de eficiencia. Recogió sus planos, se puso sus gafas de montura negra y salió de casa. El amanecer ya se había ido, dejando paso a la implacable luz del mediodía de Beijing. La realidad la estaba esperando, y no tenía intención de ser amable.