La trama gira entorno a dos hermanas, y como a causa del daño que Kattya la hermana menor causa en su novio , desata una venganza donde la que paga un alto precio es su hermana mayor Cassandra.
¿Podrá la venganza vencer? o ¿el amor encontrará su camino?
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El retorno
La paz que Cassandra había construido en su soledad se hizo añicos a las seis de la tarde de un martes lluvioso. No hubo llamadas de advertencia. El estruendo de los neumáticos sobre la grava y el frenético movimiento del servicio alertaron a Cassandra, quien se encontraba en la biblioteca repasando sus notas de pediatría.
Su corazón, que durante cuatro años había latido con una calma forzada, dio un vuelco violento. Se puso de pie, ajustando su bata blanca de estudiante de medicina sobre su ropa sencilla. Al bajar la escalera principal, se detuvo en seco.
La puerta doble se abrió de par en par. Alexander Thompson entró primero. Parecía más alto, más ancho de hombros y considerablemente más sombrío. Su mirada recorrió el vestíbulo con la autoridad de un rey regresando a un territorio conquistado, hasta que sus ojos azules se clavaron en Cassandra. No hubo calidez, solo una inspección fría y calculadora.
Pero el verdadero golpe llegó un segundo después.
—¡Oh, por Dios, qué pequeña se ve esta casa después de Europa! —exclamó una voz chillona y cargada de veneno.
Kattya entró pavoneándose, del brazo de Alexander, envuelta en un abrigo de piel que costaba más que la matrícula anual de Cassandra. Su cabello estaba perfectamente peinado y sus labios, pintados de un rojo provocador, se curvaron en una sonrisa de triunfo al ver a su hermana.
—Hola, Cassy —dijo Kattya, sin soltar el brazo de Alexander—. ¿Qué pasa? Parece que hubieras visto a un fantasma. ¿No vas a saludar a tu esposo y a tu hermana favorita?
Cassandra apretó los pasamanos de madera con tanta fuerza que sus nudillos perdieron el color. Miró la mano de Kattya entrelazada con la de Alexander y sintió una náusea profunda. Cuatro años de soledad habían sido preferibles a esta humillación pública.
—Bienvenidos —respondió Cassandra, y su voz, para sorpresa de Alexander, no tembló. Era la voz de una mujer que había pasado noches enteras desvelandose con pensamientos tristes y alentadores, había madurado sin notarlo—. No esperaba su llegada. Marcus no mencionó que vendría acompañado.
Alexander soltó el brazo de Kattya, pero no para acercarse a Cassandra, sino para entregarle sus guantes al mayordomo. Su mirada no se apartaba de su esposa. Notó el cambio: ella ya no era la niña asustadiza que dejaba que él le dictara el mundo. Había una rectitud en su espalda y una inteligencia en sus ojos que lo irritaron profundamente.
—Mis planes cambiaron —dijo Alexander, su voz resonando en el vestíbulo como un trueno bajo—. Y Kattya me ha sido de gran utilidad en el extranjero. No vi razones para dejarla en un hotel cuando esta casa tiene habitaciones de sobra.
—Por supuesto —asintió Cassandra con una cortesía gélida—. Prepararé a los empleados para que instalen a Kattya en el ala de invitados.
—¿Invitados? —Kattya soltó una carcajada falsa—. Alexander me dijo que podía elegir cualquier habitación. Después de todo, hemos pasado tanto tiempo juntos que sentirme "lejos" de él me daría ansiedad, ¿verdad, Alex?
Alexander no confirmó ni desmintió. Simplemente caminó hacia el pie de la escalera, quedando a pocos peldaños de Cassandra.
—He oído que tienes planes de mudarte a Suiza, Cassandra —dijo él, ignorando el parloteo de Kattya—. He oído que tu tutor te ha llenado la cabeza con sueños de independencia.
Cassandra sostuvo la mirada de Alexander. Ya no era la joven de diecisiete años que buscaba su aprobación.
—Es una oportunidad profesional, Alexander. Algo que un hombre de mundo como tú, con tu prestigioso apellido, __ Thompson debería entender. Mi carrera es lo único que he cultivado en estos cuatro años de... este feliz matrimonio, el sarcasmo en las últimas palabras se sintió en el ambiente.
Alexander se acercó un paso más, invadiendo su espacio personal. El olor a tabaco y éxito que siempre lo rodeaba golpeó los sentidos de Cassandra.
—Tu carrera termina donde yo diga —sentenció él en un susurro que solo ella pudo oír—. No te vas a Suiza. No te vas a ninguna parte. Te quedarás aquí, bajo mi techo y junto a mí. Y más te vale que tu comportamiento sea impecable, porque Kattya estará aquí para informarme de cada uno de tus deslices.
Kattya se acercó a ellos, colocándose al lado de Alexander como si fuera la verdadera señora de la casa.
—Va a ser tan divertido, Cassy —ronroneó Kattya—. Como en los viejos tiempos de la escuela. Solo que ahora, no lidero a los populares sino que sere la reina de tu hogar. Ademas me quedare con el hombre que legalmente te pertenece... aunque su corazón parezca estar en otra parte esto solo lo dijo para que Cassandra lo oyera.
Cassandra los miró a ambos: al hombre que amaba a pesar de su crueldad y a la hermana que siempre había buscado destruirla. Por un momento, sintió ganas de llorar, de gritar y de renunciar a todo. Pero entonces recordó la oferta del Dr. Sterling. Recordó que en Suiza había un futuro esperándola.
—Si me disculpan —dijo Cassandra con una calma aterradora—, tengo que estudiar para un examen de cirugía. El conocimiento es lo único que nadie puede quitarme, ni siquiera tú, Alexander.
Se dio la vuelta y subió las escaleras sin mirar atrás. Alexander se quedó observándola, con una mezcla de furia y una admiración involuntaria que lo quemaba por dentro. Kattya, al notar la distracción de Alexander, le apretó el brazo.
—Déjala, Alex. Ya se le pasará el berrinche. ¿Por qué no vamos al comedor? Tengo hambre y quiero que celebremos nuestro regreso.
Alexander no respondió. En su mente, solo se repetía una frase: "Suiza". No permitiría que ella se fuera. No permitiría que ella fuera feliz mientras su hermano seguía en una habitación de hospital. La venganza, que se había enfriado durante tres años, acababa de reavivarse con una intensidad destructiva. La farsa con Kattya apenas comenzaba, y estaba decidido a que Cassandra pagara el precio más alto por su intento de libertad, no dejaría que se alejara de él.