Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
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el juego de las máscaras
Capitulo 13
El sol de Manhattan comenzaba a lamer los cristales de los rascacielos, tiñendo de un naranja encendido el lujoso apartamento de Adrián. Sobre la mesa de noche, el teléfono de Beatriz vibró con una insistencia casi violenta, rompiendo el silencio denso que se había instalado en la habitación. Beatriz se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas. Al ver el nombre de Julián iluminando la pantalla, sintió una descarga de adrenalina y temor. Se giró sutilmente para mirar a Adrián; él permanecía recostado, con los ojos entreabiertos, observándola con una frialdad analítica que ella no terminaba de descifrar. Hacía semanas que el calor entre ellos se había evaporado; Adrián ya no la buscaba, ya no la tocaba con el hambre de antes, y aunque ella lo atribuía al estrés, en el fondo sentía que el terreno bajo sus pies empezaba a agrietarse.
Sin decir una sola palabra, Beatriz atrapó el celular y se levantó de la cama de un salto. Cruzó la habitación con pasos rápidos y salió al balcón, cerrando la puerta de cristal tras de sí para que el estruendo del tráfico matutino de la ciudad camuflara su conversación.
—¿Qué pasa? ¿Por qué llamas a esta hora? —susurró Beatriz, con la voz cargada de una ansiedad mal contenida.
Al otro lado de la línea, la voz de Julián sonaba desencajada, ronca de rabia y sorpresa. "Valeria se volvió loca, Beatriz. Me pidió el divorcio. Se atrevió a decirme en mi propia cara que me quiere fuera de su vida porque me metí con sus malditas pinturas y su edificio de arte", bramaba su amante. Beatriz sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El plan de vaciar las cuentas y quedarse con el imperio de los hoteles dependía de que Julián mantuviera el control sobre Valeria, no de una separación legal inminente.
—Mi amor, escúchame bien. Mantén la calma —dijo Beatriz, mirando de reojo hacia el interior de la habitación donde Adrián parecía ignorarla—. No hagas ninguna estupidez ni firmes nada todavía. Dame dos horas exactamente. Llegaré al apartamento para que hablemos bien, cara a cara, y busquemos la forma de solucionar este problema. Tenemos que pensar con la cabeza fría para que esa estúpida no se salga con la suya.
Colgó el teléfono y regresó a la habitación tratando de recomponer su máscara de serenidad. No le mencionó ni una palabra a Adrián sobre la decisión de Valeria; en su lugar, empezó a vestirse con una velocidad quirúrgica, inventando una mentira sobre la marcha para justificar su huida.
—Adrián, lo siento mucho, pero me acaban de avisar de la oficina de suministros. Hay un problema grave con unos pedidos para la nueva sede y tengo que ir a resolverlo personalmente —dijo ella mientras se ajustaba el vestido, evitando sostenerle la mirada—. Te veo luego, ¿sí?
Adrián solo asintió con un gesto vago, sin siquiera despedirse. La vio salir por la puerta como una sombra que huye de la luz. En cuanto se quedó solo, Adrián soltó un suspiro de alivio. No le importaba la excusa de Beatriz ni le importaba que corriera a los brazos de Julián. Para él, Beatriz ya era un peón descartado en un juego mucho más grande. Esperó el tiempo suficiente, se duchó y salió hacia su empresa con la parsimonia de quien sabe que tiene todas las cartas ganadoras. Mientras caminaba, su mente solo evocaba la imagen de Valeria. Fue entonces cuando su teléfono personal vibró. Era ella.
—Adrián, necesito que nos veamos —dijo Valeria con una determinación que lo hizo sonreír—. Te espero en la cabaña secreta.
Esa cabaña era el secreto mejor guardado de Valeria. Una propiedad que había adquirido hace años a su nombre, un refugio oculto entre los árboles a las afueras de la ciudad que Julián ni siquiera sospechaba que existía. Era el único rincón de su vida que no había sido contaminado por la codicia de su esposo.
Cuando Adrián llegó a la cabaña, el encuentro fue eléctrico. Valeria lo recibió con una mirada encendida, una mezcla de triunfo y vulnerabilidad. Se refugió en sus brazos y, por primera vez en años, sintió que podía respirar sin miedo.
—Le pedí el divorcio, Adrián —confesó ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Se burló de mi pasión, dijo que mis pinturas eran delirios de artista, pero no sabe que eso fue lo que me dio la fuerza definitiva para terminar con este teatro.
Adrián la tomó por los hombros y la obligó a mirarlo a los ojos. Su voz bajó una octava, cargada de una promesa implacable.
—Has hecho lo correcto, Valeria. Pero no vamos a detenernos ahí. Voy a poner a un equipo a investigar cada rincón del pasado de Julián. Voy a escarbar en sus negocios anteriores, en sus deudas ocultas y en cada movimiento turbio que hizo antes de conocerte. Quiero tener pruebas de todo lo que ha ocultado para que, cuando la verdad salga a la luz, su caída no sea solo financiera, sino total. No quedará nada de él.
Valeria sintió un escalofrío de alivio. La protección de Adrián era el combustible que su venganza necesitaba. Él la atrajo hacia sí y la selló con un beso apasionado, un beso que sabía a posesión, a lealtad y a una guerra que estaban ganando juntos. La atmósfera en la cabaña se volvió pesada, cargada de una electricidad que ya no podían contener.
Él la guió hacia la habitación mientras sus manos recorrían su espalda con una urgencia que quemaba. Valeria respondió con la misma intensidad, dejando atrás a la mujer sumisa para entregarse al fuego de un hombre que sí la valoraba por lo que era. Entre susurros y caricias que reclamaban cada centímetro de su piel, hicieron el amor con un hambre feroz. Cada roce, cada gemido en la penumbra de la cabaña, era un acto de liberación. Se fundieron en una intimidad llena de picante y deseo, celebrando en el silencio de aquel refugio que los traidores ya estaban sentenciados. En ese santuario secreto, Valeria no solo recuperaba su libertad, sino que encontraba en Adrián el aliado perfecto para pintar el acto final de su venganza.