"Los omegas tienen prohibido acercarse a mí. Esa es mi única regla." Damián es el Alfa más temido de la ciudad. Frío, cruel, y con un odio profundo hacia los omegas. Nadie sabe por qué, pero todos saben que acercarse a él es buscarse la muerte. Yo soy Lola. Una omega invisible, de esas que pasan desapercibidas. Mi olor es neutro, y así me gusta: invisible, viva. Hasta que una noche, un celo inesperado me toma por sorpresa justo cuando él cruza mi camino. Su olor me envuelve. El mío lo enloquece. Y sin quererlo, sin desearlo, contra toda lógica... Quedamos vinculados. Ahora el Alfa que me odia está atado a mí para siempre. Hará todo lo posible por romper este vínculo, pero cada intento lo acerca más a mí. Y cuando otro Alfa intente lastimarme... Su lobo desata el infierno para protegerme. Dicen que el odio y el amor son la misma cara de una moneda. Pero, ¿qué pasa cuando su mente me rechaza, pero su lobo me reclama? ¿Podrá Damián aceptar que soy su compañera? ¿O el vínculo nos destruirá a los dos?
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Capítulo 2: El Intento
Sus manos me sostenían.
Eso era todo. Solo me sujetaba por los brazos, impidiendo que me desplomara. Pero en su tacto, en la forma en que sus dedos presionaban mi piel, había algo más que la necesidad de mantenerme en pie.
Había miedo.
El Alfa que odiaba a los omegas me sostenía como si yo fuera a romperme. Y quizá tenía razón.
—No puedo... —susurré, y mi voz sonó lejana, como si no fuera mía—. El celo... duele...
—Lo sé.
Su respuesta fue un gruñido. Bajo, gutural. Y entonces lo sentí.
A través del vínculo, una oleada de calor llegó a mí. No era el mío. Era el suyo. Su lobo, respondiendo al mío, intentando calmar el fuego que me consumía.
—¿Qué... qué estás haciendo? —pregunté, confundida.
—Nada —mintió—. No estoy haciendo nada.
Pero sí lo hacía. Porque el dolor comenzó a calmarse. El fuego en mi vientre se atenuó, suficiente para que pudiera enderezarme, suficiente para que mis piernas dejaran de temblar.
Lo miré a los ojos.
Y vi algo que ningún omega había visto antes: Damián Blackwood, el Alfa implacable, con el rostro pálido y gotas de sudor en la frente.
—Duele —dijo, en un susurro—. Transferir el calor... duele como el infierno.
—¿Por qué lo haces?
Él desvió la mirada.
—Porque si te desmayas, tendré que cargarte. Y no pienso hacerlo.
Mentira. Otra mentira. Pero no tuve fuerzas para discutir.
—La cama —dije, señalando—. Necesito tumbarme.
Damián me llevó hasta la cama sin soltarme. Cuando mi espalda tocó la seda negra, un escalofrío me recorrió. Esta era su cama. Su olor estaba en cada fibra, en cada almohada.
—No te acostumbres —soltó, soltándome por fin y dando un paso atrás—. Mañana buscaré a alguien que pueda romper esto.
—¿Y si no se puede?
Él se detuvo.
—Todo tiene solución, omega. Incluso los errores.
Salió de la habitación sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe seco. Y yo me quedé allí, en su cama, con su olor envolviéndome, con su marca ardiendo en mi cuello, y con una certeza que me aterraba:
Podía sentirlo.
Al otro lado de la puerta, Damián respiraba entrecortadamente. Su corazón latía desbocado. Y en algún lugar de mi pecho, una pequeña parte de mí sabía que no se había ido por desprecio.
Se había ido por miedo.
No dormí.
El celo fue remitiendo lentamente, como una marea que se retira, dejando tras de sí una sensación de vacío y debilidad. Pero incluso cuando el fuego se apagó, algo quedó: un hilo invisible que me conectaba con él.
Podía sentirlo despierto. Podía sentirlo dando vueltas por la mansión. Podía sentirlo furioso, confundido, y debajo de todo eso...
¿Miedo?
No. No podía ser miedo. Los alfaz no tienen miedo.
Cuando la luz del amanecer comenzó a colarse por los ventanales, alguien golpeó la puerta.
—¿Señorita? —Una voz femenina, amable—. El Alfa me envía. Traigo ropa limpia y algo de desayuno. ¿Puedo pasar?
—Sí —respondí, y mi voz sonó ronca.
La puerta se abrió y entró una mujer beta de unos cuarenta años, con uniforme de servicio y una bande humeante en las manos. Dejó la bandeja sobre una mesita y me tendió un montón de ropa doblada.
—El Alfa la espera en el despacho dentro de una hora —dijo, sin mirarme directamente a los ojos—. Hay un baño al final del pasillo. Puede usar lo que necesite.
—Gracias.
Ella asintió y salió rápidamente, como si yo fuera a contagiarle algo.
Me levanté con esfuerzo. Cada músculo dolía. El espejo del baño me devolvió una imagen que *p*n*s reconocí: ojeras profundas\, labios partidos\, y en el cuello...
La marca.
Era más grande de lo que recordaba. Dos pequeños agujeros, ya cerrados, rodeados de una piel enrojecida que comenzaba a amoratarse. Un moretón con forma de mordisco.
La marca de Damián Blackwood.
Me vestí con la ropa que me habían dejado: unos vaqueros negros, un jersey gris de lana, demasiado grande para mí. Todo olía a suavizante, no a él. Alguien había tenido el cuidado de eliminar su olor.
Pero yo aún lo sentía.
Desayuné sin hambre, solo por obligación. Y cuando pasó la hora, salí de la habitación.
La mansión era enorme. Pasillos interminables, cuadros oscuros, suelos de mármol. Un beta con uniforme de seguridad me guió en silencio hasta una puerta doble de madera tallada.
—Adelante.
Entré.
El despacho de Damián era tan imponente como él. Estanterías de roble que llegaban hasta el techo. Una chimenea encendida. Un ventanal que mostraba el bosque bañado por la luz del amanecer.
Y él, detrás de un escritorio de caoba, con el rostro tan impasible como la noche anterior.
—Siéntate.
No era una invitación. Era una orden.
Obedecí, sentándome en la silla frente a él. Mis manos encontraron el regazo, un gesto nervioso que odié.
—He localizado a alguien —dijo sin preámbulos—. Un curandero. Especialista en vínculos. Vive en las afueras. Iremos ahora.
—¿Y si dice que no se puede romper?
Damián me miró fijamente. Sus ojos dorados, ahora controlados, me evaluaban como si yo fuera un problema a resolver.
—Entonces buscaremos otro.
—¿Y si ninguno puede?
—Entonces encontraré la forma de ignorarte.
La frialdad de sus palabras me golpeó como un puñetazo. Pero antes de que pudiera responder, algo atravesó mi pecho.
Dolor.
Un dolor agudo, como una puñalada. Y supe, con una certeza absoluta, que no era mío.
—Damián...
—No me llames así —gruñó, pero su mano se llevó al pecho, justo donde a mí me dolía.
—No soy yo —susurré—. Es el vínculo. Siento lo que tú sientes.
Él palideció.
—¿Qué?
—Cuando dijiste eso... cuando dijiste que me ignorarías... te dolió. A ti. Y yo lo sentí.
Se levantó de golpe, derribando la silla.
—Mientes.
—¿Para qué iba a mentir? —Me levanté también, desafiante a pesar del miedo—. ¿Crees que quiero esto? ¿Crees que quiero sentir lo que siente un hombre que me odia?
Damián dio la vuelta al escritorio. En dos zancadas estuvo frente a mí, tan cerca que tuve que alzar la cabeza para mirarlo.
—Dime —ordenó—. Dime qué siento ahora.
Lo miré a los ojos. Y me concentré en ese hilo invisible que nos unía.
—Rabia —dije—. Miedo. Y debajo de eso... hambre. Tu lobo tiene hambre de mí.
Un temblor recorrió su cuerpo.
—Para.
—No puedo. Es lo que sientes.
—¡Para! —Su mano golpeó la pared junto a mi cabeza, atrapándome contra la estantería—. No quiero que sientas nada mío.
—Pues debiste pensar eso antes de morderme.
El silencio se instaló entre nosotros. Su pecho subía y bajaba con violencia. Su olor me envolvía, tormenta y bosque, y yo no podía evitar respirarlo, no podía evitar que mi cuerpo respondiera.
—Vamos —dijo al fin, apartándose—. El curandero nos espera.
Salió del despacho sin mirar atrás.
Y yo, con el corazón desbocado y la marca ardiendo, lo seguí.
El coche de Damián era negro, deportivo, silencioso. Durante el trayecto, ninguno habló. Pero yo no podía dejar de sentirlo.
Cada vez que él respiraba hondo, mi pecho se expandía. Cada vez que apretaba el volante con más fuerza, mis manos se cerraban en puños. Estaba atrapada en su cuerpo tanto como en el mío.
Llegamos a una cabaña en medio del bosque. Un anciano nos esperaba en la puerta, apoyado en un bastón. Sus ojos eran de un azul pálido, casi transparente, y cuando me miraron, sentí que me veían por dentro.
—Pasen —dijo con voz cascada—. Los esperaba.
—¿Nos esperaba? —pregunté.
El anciano sonrió, mostrando dientes amarillentos.
—Los vínculos como el suyo no pasan desapercibidos, niña. Huelen a tormenta.
Damián me empujó suavemente hacia el interior.
—¿Puede romperlo?
El curandero nos hizo sentar en dos sillas de madera, frente a una mesa llena de frascos y hierbas secas. Se sentó frente a nosotros y nos observó en silencio durante un largo minuto.
—Pongan las manos sobre la mesa. Palmas arriba.
Obedecimos. Él colocó sus manos arrugadas sobre las nuestras y cerró los ojos.
El silencio se alargó. Tanto que empecé a pensar que se había quedado dormido.
—Interesante —murmuró al fin.
—¿Qué? —preguntó Damián, impaciente.
El curandero abrió los ojos y nos miró con una expresión que no supe interpretar.
—El vínculo es más profundo de lo que parece. No solo sus cuerpos están unidos. También sus lobos.
—Ya lo sé —gruñó Damián—. ¿Puede romperlo o no?
El anciano lo miró con calma.
—Podría intentarlo. Pero...
—¿Pero?
—El lobo de ella está dormido. Muy dormido. Casi muerto. Si rompo el vínculo ahora, sin despertarlo, es probable que ella no sobreviva.
El aire se heló en mis pulmones.
—¿Qué quiere decir? —susurré.
—Que eres una omega especial, niña. Tu lobo interior está en coma. Si el vínculo se rompe, el shock podría matarlo. Y sin lobo... tú tampoco vivirías.
Damián se puso de pie de un salto.
—¡Usted no sabe lo que dice!
—Sé más de lo que crees, Alfa Blackwood. —El anciano no se inmutó—. Puedo intentar romperlo, pero ella morirá. O puedo ayudarlos a entenderlo. La decisión es tuya.
Me volví hacia Damián. Su rostro era una máscara de furia, pero a través del vínculo, sentí algo más.
Terror.
Terror puro, helado, desgarrador.
No quiere que muera.
—¿Y si no lo rompemos? —pregunté—. ¿Qué pasa si lo dejamos?
El curandero me sonrió con tristeza.
—Entonces aprenderán a vivir con ello. El vínculo los unirá cada día más. Sus emociones se mezclarán. Sus cuerpos se buscarán. Y con el tiempo...
—¿Con el tiempo? —insistí.
—Con el tiempo, será imposible distinguir dónde termina uno y empieza el otro.
Salí de la cabaña temblando.
El aire frío del bosque me golpeó el rostro, pero no calmó el fuego interior. Damián salió detrás de mí. Lo sentí acercarse, sentí su lucha interna entre odiarme y no querer perderme.
—Sube al coche —ordenó.
—¿A dónde vamos?
—A casa. —Hizo una pausa—. A mi casa.
—No quiero volver allí.
—Pues no tienes elección.
Me giré para enfrentarlo.
—Claro que sí. Puedo irme. Puedo desaparecer. Ya lo hice antes.
Damián me agarró del brazo. Su agarre era firme, pero no doloroso.
—Si desapareces, el vínculo te matará. Lo oíste.
—¿Y a ti qué te importa?
Él me sostuvo la mirada. Y en sus ojos dorados, por un instante, vi algo que no supe nombrar.
—No lo sé —respondió al fin—. Pero no pienso descubrirlo.
Me soltó y se dirigió al coche.
Me quedé paralizada, con su calor aún en mi piel, con su miedo aún latiendo en mi pecho.
Y supe, con una certeza aterradora, que nada volvería a ser igual.