Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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David 1
Los días transcurrieron con una calma inusual en la mansión Devlin.
Aquella mañana, durante el desayuno, la luz entraba amplia por los ventanales del comedor. La mesa estaba servida con precisión impecable, y el ambiente era sereno.
David fue el primero en romper el silencio.
—Me han ofrecido nuevos caballos.. Llegaron esta semana al puerto. Son del Imperio de Oriente. Sangre fina, según el comerciante.
Damian levantó la vista con interés.
Emma también.
Recordó de inmediato algo que había leído en la novela, que a David le apasionaban los caballos. Sin embargo, había sufrido una pérdida importante cuando compró un lote que parecía saludable, pero estaba infectado. La enfermedad se propagó con rapidez y perdió casi todo..
Emma apoyó suavemente los cubiertos.
—¿Del Imperio de Oriente? He leído que su resistencia es notable. ¿Puedo ir a verlos contigo?
David parpadeó, sorprendido.
—¿Tú?
—Sí. Nunca he visto caballos orientales de cerca.
Damian soltó una risa baja.
—Nuestra cuñada tiene intereses inesperados.
Emma sonrió.
—Solo curiosidad.
Daniel permanecía en silencio, como siempre. Pero su mano se detuvo apenas sobre la taza.
No le gustaba la idea.
No por los caballos.
Sino por el puerto.
El puerto implicaba multitudes, comerciantes desconocidos, movimiento constante… y posibles riesgos.
Sin embargo, no expresó nada. Su rostro no cambió. Solo observó a Emma unos segundos más de lo habitual.
David se encogió de hombros.
—Si no te importa el olor a sal y a establo, puedes venir.
Emma asintió con entusiasmo ligero.
—Entonces iré.
Daniel dejó la taza con suavidad. Sus ojos se posaron en ella. No había reproche, pero sí una pregunta silenciosa.
Emma le sostuvo la mirada.
—Será interesante..
Él no respondió.
Pero tampoco se opuso.
Esa misma tarde, tras cambiarse a atuendos más apropiados para el exterior, partieron hacia el puerto.
El aire marino los recibió con fuerza apenas descendieron del carruaje. El sonido de las olas chocando contra los muelles se mezclaba con las voces de los comerciantes, el crujido de las cuerdas y el golpe seco de las cajas descargadas.
Un gran navío con velas marcadas con símbolos orientales dominaba el embarcadero.
Más allá, en un área cercada con madera reforzada, estaban los caballos.
Altos.
De cuello elegante.
Pelaje brillante bajo la luz del atardecer.
Uno de ellos, negro como la tinta, levantó la cabeza con porte orgulloso.
Emma dio un paso adelante, fascinada.
David no pudo evitar que su expresión cambiara. Era la misma mirada que tenía un hombre frente a algo que amaba profundamente.
Daniel permanecía ligeramente detrás de Emma.
Observaba.
No solo a los caballos.
Observaba a los hombres que los custodiaban.
A los comerciantes que se acercaban demasiado.
A los marineros que fingían no mirar.
No mostró ninguna emoción.
Pero su presencia se volvió más firme, más atenta.
Emma, sin saberlo del todo, estaba protegida por una sombra silenciosa que no se apartaba de su lado.
El viento del puerto agitaba las crines de los caballos orientales, que relucían bajo el sol de la tarde como criaturas casi míticas.
Eran demasiado perfectos.
Demasiado imponentes.
Emma dio un paso más cerca del cercado. Observó el brillo del pelaje, la musculatura firme… y entonces lo notó.
La salivación. Oscura.
No abundante, pero sí espesa, ligeramente teñida.
Un recuerdo la atravesó como un relámpago.
En la novela que había leído antes de renacer, aquellos mismos caballos.. majestuosos, exóticos, irresistibles.. habían sido alimentados con una hierba oriental para inflar temporalmente su vigor y musculatura. Una sustancia que los hacía parecer más fuertes y resistentes de lo que eran.
Pero semanas después…
Colapsaban.
Y lo peor.. la enfermedad resultante era contagiosa.
Devastadora para cualquier establo que los recibiera sin precaución.
Emma sintió que el pulso se le aceleraba.
Se acercó a David con rapidez contenida.
—David.. No deberías comprarlos.
Él frunció el ceño.
—¿Disculpa?
—Mira la salivación. Es demasiado oscura. Y están… demasiado baratos para ejemplares de este tamaño.
David soltó una pequeña risa incrédula.
—Son del Imperio de Oriente. El comerciante necesita vender rápido antes de que zarpe el barco. Es una oportunidad.
Emma negó con la cabeza.
—Justamente por eso es sospechoso.
David cruzó los brazos.
—Son magníficos. Y el precio es casi insultante. Sería un desperdicio no adquirirlos todos.
Emma dio un paso más hacia él.
—Eso es lo que me preocupa. Son demasiado baratos para lo que aparentan. ¿No te parece extraño?
David no respondió de inmediato, pero su mirada volvió a los animales con brillo decidido.
—Será un buen negocio.
Emma insistió.
—Por favor. Hay algo raro.
Su cuñado la miró con cierta impaciencia.
—¿Desde cuándo eres experta en caballos orientales?
Ella sostuvo su mirada.
—No lo soy. Pero sé reconocer cuando algo es demasiado perfecto.
David estaba decidido.
Se volvió hacia el comerciante, claramente dispuesto a cerrar el trato.
Emma apretó los labios.
Si no podía impedir la compra… al menos debía evitar el desastre mayor.
—Entonces, al menos no los juntes con los caballos de la casa Devlin..
David la miró, desconcertado.
—¿Por qué no?
Emma dudó un segundo.
No podía hablar de una novela.
No podía hablar del futuro.
—Es solo… un presentimiento.. Déjalos en el otro patio. Separados. Por un tiempo.
David abrió la boca para responder, probablemente para restarle importancia otra vez.
Pero no llegó a hacerlo.
Daniel, dio un paso al frente.
Su mirada se clavó en David.
No era una mirada suave.
Era firme. Dura.
Protectora.
David se tensó apenas.
Daniel no hablaba.
Pero cuando miraba así… no era fácil ignorarlo.
Hubo unos segundos de silencio.
El viento del puerto sopló con fuerza.
Finalmente, David exhaló.
—Bien.. Los dejaré un mes en el otro patio. Así se adaptan al clima antes de juntarlos con los demás.
Daniel sostuvo su mirada un instante más.
Luego asintió.
Emma sintió cómo la tensión abandonaba su pecho.
Un mes era suficiente.
Suficiente para que la verdad se revelara sin arrastrar a toda la casa Devlin con ella.
Giró ligeramente el rostro hacia Daniel.
Él no la estaba mirando.
Observaba los caballos.
Pero su posición seguía colocada apenas delante de ella, como una barrera silenciosa.
Emma sonrió.
A veces, no necesitaba palabras para saber que no estaba sola.
Maravilloso Daniel sigue asi👏