Tres casi hermanos, una finca cargada de sombras y un destino que se escribe en la sangre. Sofía, una científica brillante cuya única pasión es un laboratorio que la aísla del mundo; Julián, un hombre de un temperamento volcánico que oculta un poder devastador; y Esmeralda, la calma necesaria en medio de la tormenta familiar. En un lugar donde la tierra parece estar viva, los tres se verán arrastrados por deseos prohibidos y amores que desafían su lógica, mientras el misterio científico de su legado amenaza con consumirlos a todos.
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Capítulo 16: Rances
...Rances ...
La vida, si se analiza con el rigor adecuado, no es más que una sucesión de variables intentando alcanzar un equilibrio. Tengo treinta y cuatro años y he pasado la mayor parte de ellos intentando que mis propias variables no colapsen. Mis padres fallecieron cuando yo apenas dejaba de ser un niño, un evento traumático que fragmentó mi realidad y me obligó a observar el mundo desde una distancia analítica. Desde entonces, mi hermano Rodrigo ha sido el eje gravitacional de nuestra familia.
Él asumió la carga de los negocios y el peso del apellido, permitiéndome a mí el lujo de perderme en los libros y los microscopios. Mi vocación por la investigación científica no fue una elección, sino un refugio. Estudié medicina inicialmente, pero el internado clínico me reveló una verdad incómoda: el trato directo con el paciente, ese intercambio crudo de miedos y esperanzas, me resultaba asfixiante. La fragilidad humana me superaba. Por eso, tras graduarme, busqué la pureza de la bioquímica y la medicina dedicada a la investigación. Así que a los treinta años ya había acumulado títulos y honores, destacando en publicaciones sobre biotecnología que el mundo académico de Boston devoraba con avidez.
A pesar de mi aislamiento científico, colaboro con Rodrigo en la administración hotelera. Mi mente, entrenada para detectar anomalías en una cadena, encuentra sencillo identificar las grietas en un proyecto financiero. Distingo lo legítimo de lo fraudulento con una frialdad que a mi hermano le resulta invaluable. Él nunca cuestiona mis métodos, quizá porque sabe que, en el fondo, mi trabajo remoto es el hilo que me mantiene unido a él.
A veces pienso que la falta de un hogar cálido o ese vacío dejado por el amor materno atrofiaron mi capacidad de interrelación. Suelo ser muy educado, cumplo con las etiquetas, pero mi alma siempre tiene puesta una bata de laboratorio que me aísla del contacto piel con piel. Así que esa rigidez fue la que me llevó a conocer a la Dra. Sofía Videla.
Fue en una ponencia en Boston sobre bases genéticas y mutaciones ligada a la tecnológia. Ella estaba allí. Al terminar, me abordó con una propuesta que desafiaba las leyes de lo convencional. Su proyecto era audaz, casi utópico. Me fascinó de tal manera que, menos de veinticuatro horas después, estaba cruzando el cielo hacia este pequeño pueblo remoto, dejando atrás la metrópolis por un laboratorio subterraneo en los confines de la civilización.
Los avances aquí son lentos, pero la magnitud de lo que estamos descubriendo podría cambiar la historia de la biología. El aislamiento no me incomoda; mi rutina es un ciclo perfecto entre el laboratorio y mi residencia. Sin embargo, hoy la naturaleza decidió interrumpir mi algoritmo.
Necesitaba recolectar muestras de minerales específicos de una cueva subterránea que habíamos localizado recientemente. Es un lugar de difícil acceso, a treinta minutos en Jeep a través de un bosque que parece querer tragarse los caminos. Estacioné el vehículo donde la maleza se volvía impenetrable y continué a pie, cargando mi equipo de recolección.
Al pasar cerca de un estanque natural, alimentado por una cascada que caía como un velo de plata sobre las rocas, escuché una voz. No era el sonido de un animal, sino un tono humano, cargado de una nota de alarma.
—¿Quién está ahí? —preguntó la voz.
Me detuve en seco. Al asomarme entre los helechos, vi una cabellera rubia que resplandecía bajo la luz filtrada por el dosel de los árboles. Era ella. La misma mujer que había auxiliado hace poco tras caerse de su caballo. En aquel momento apenas cruzamos palabras, se veía asustada, sus ojos escaneando el follaje con desconfianza.
—Rances... —dije, emergiendo de las sombras para que pudiera verme claramente y así disipar su temor—. Hola. Disculpe, no pretendía asustarla. Solo estoy de paso, ya seguiré mi camino.
Ella me miró con fijeza, su respiración agitada comenzó a nivelarse.
—¿Eres tú? Quiero decir... ¿el mismo que me ayudó hace unos días?
—Soy el mismo —respondí con una inclinación de cabeza—. Pero no se preocupe, no interrumpiré su actividad. Ya me retiro.
—¡Espere un momento, por favor! —exclamó, dejando caer un cuadernillo sobre la roca donde estaba sentada.
Me detuve. Había algo en ella, una cualidad casi etérea, que me obligaba a romper mi regla de no socializar más de lo estrictamente necesario. Bajo la luz de la tarde, con el rocío de la cascada flotando a su alrededor, ella lucía como una criatura sublime, una especie de hada que encajaba perfectamente en el paisaje.
—La verdad, estoy muy agradecida por lo de la última vez —continuó ella, acercándose un poco—. Me sentí fatal al darme cuenta de que ni siquiera nos presentamos formalmente antes de que te marcharas. Me llamo Esmeralda.
—Mucho gusto. Mi nombre es Rances —contesté, manteniendo la distancia que dicta la cortesía.
—¿Tienes mucho tiempo por aquí? ¿Trabajas en estas tierras? —preguntó con una curiosidad genuina.
—Llevo poco tiempo. Y sí, trabajo cerca de aquí.
Ella pareció dudar un momento, mordiéndose el labio inferior antes de hablar.
—No quisiera quitarle su tiempo, pero al verlo... me gustaría pedirle un favor. Estaba recolectando muestras de una especie de planta muy específica para mi herbario, pero la encontré en un sitio que me resulta inaccesible. Estaba a punto de rendirme y refrescarme un poco antes de volver, pero si no es mucha molestia... ¿podría ayudarme?
—Está bien —respondí, sorprendiéndome a mí mismo por la falta de resistencia—. Dígame dónde es. ¿Se dedica usted a la botánica?
—Sí, así es —sonrió, y por un segundo, la lógica de mi mente se distrajo con la calidez de su gesto—. Vamos, es por aquí.
La seguí a través de un sendero apenas marcado. Las plantas que buscaba crecían en el lado opuesto de un viejo puente de madera que cruzaba un brazo del río. El puente crujía bajo el viento, sus cuerdas estaban desgastadas y la estructura se inclinaba peligrosamente.
—Espere aquí —le ordené con tono profesional—. Es inestable. Si ambos cruzamos, el riesgo de colapso es inminente. Yo iré por ellas.
Crucé con cuidado, sintiendo la vibración del agua golpeando las rocas debajo de mis pies. Alcancé las muestras y las extraje con la precisión, asegurándome de traer la raíz intacta, tal como ella había mencionado que se requería para su estudio. Al regresar a su lado, me agradeció con una efusividad que me resultó extraña pero agradable.
—Usted vive en estas tierras, ¿verdad? —pregunté, impulsado por una curiosidad que rara vez siento.
—Sí, vivo cerca de la casa principal. Ricardo y Valentina son mis tíos. ¿Usted trabaja para ellos? Es raro que no nos hayamos cruzado antes.
—Comprendo. No, trabajo para la Dra. Sofía Videla —aclaré.
—Ah, con razón. No parece de por aquí —comentó ella con una risita suave.
—Sí, realmente vengo de muy lejos. De Boston.
No quise profundizar en mi historial académico ni en la complejidad de mi vida anterior. Preferí observar cómo guardaba las plantas. Esmeralda tenía una personalidad que transmitía una paz casi olvidada en las metrópolis; era una inocencia que no debía confundirse con ignorancia, sino con una conexión profunda con lo esencial.
Rances Piginty 34 años