Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 10: El silencio de Daniel
Daniel no apareció al día siguiente.
Tampoco al siguiente.
Valeria revisaba el teléfono cada cinco minutos, con una ansiedad que crecía como maleza en su pecho, pero no había mensajes. Nada. El silencio era absoluto, como una pared que se había levantado entre ellos, sólida e impenetrable.
Al tercer día, la preocupación se transformó en algo más cercano al pánico. No era propio de él desaparecer así, sin avisar, sin enviar uno de sus mensajes de buenos días o sus fotos de apuntes organizados. Daniel era constante. Era predecible en su constancia. Era... un faro en la niebla. Y ahora el faro se había apagado.
Le escribió: "¿Estás bien?"
Las palabras parpadearon en la pantalla, enviadas pero no leídas.
Pasaron horas. El día se volvió gris, nublado, con una lluvia fina que empezó a caer como lágrimas delicadas sobre la ciudad. Valeria miraba por la ventana de su habitación, recordando cada palabra que había dicho, cada gesto de rechazo, cada vez que lo había apartado sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.
"Esto no es asunto tuyo."
"Puedo sola."
"No te metas."
Cuántas veces había usado esas frases. Cuántas veces lo había empujado hacia afuera, hacia los bordes de su vida, mientras él seguía apareciendo con café y apuntes y esa paciencia infinita que ahora ella había roto.
Algo estaba mal. Muy mal.
Recordó lo que él le había dicho días atrás, en esa charla que ahora parecía lejana: "Mi papá se fue cuando era pequeño. Mi mamá dice que no pudo con la responsabilidad. Y yo juré que nunca sería así. Que si alguna vez quería a alguien, lo haría bien. Sin medias tintas. Sin irme."
Pero ella lo había empujado. Lo había rechazado. Y tal vez, solo tal vez, él había decidido que ya no era worth the pain. Que había otros lugares donde su bondad sería apreciada, donde no tendría que luchar contra muros constantes.
—Idiota —se dijo a sí misma, golpeando el escritorio con la mano—. Eres una idiota. Siempre haciendo lo mismo. Siempre alejando a quien te quiere. Siempre repitiendo los errores.
Salió de casa sin pensarlo dos veces. Corrió hacia el autobús que acababa de llegar a la parada, ignorando la lluvia que le empapaba el pelo y la ropa. Durante todo el trayecto, no pudo dejar de pensar en todas las veces que lo había dado por sentado. En todas las veces que había priorizado sus miedos sobre la persona que tenía frente a ella. En todas las oportunidades que había desperdiciado por no saber aceptar ayuda.
El edificio de Daniel era modesto, de ladrillo visto y ventanas pequeñas, en un barrio obrero donde los niños jugaban en la calle a pesar de la lluvia y las mujeres conversaban en los portales. Valeria subió las escaleras de dos en dos, con el corazón golpeándole las costillas, rezando porque él estuviera ahí. Porque no fuese demasiado tarde.
Llamó a la puerta.
Una vez. Dos. Tres.
El silencio del otro lado era ensordecedor.
Estaba a punto de darse por vencida, a punto de bajar las escaleras con el peso de su error en los hombros, cuando la puerta se abrió con un crujido.
Daniel apareció en el umbral.
Pero no era el Daniel que ella conocía. Este Daniel tenía ojeras profundas bajo los ojos, como si no hubiera dormido en días. Su pelo estaba despeinado, su ropa arrugada. Y su mirada... su mirada era la de alguien que había sido herido en el lugar que más dolía.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, y su voz no tenía la calidez habitual. Solo cansancio.
—Estaba preocupada. No respondiste mis mensajes. No viniste a la universidad. Pensé que... pensé que te había pasado algo.
—No me ha pasado nada. Solo necesitaba... espacio.
—¿Espacio?
—Sí. Espacio. Ya sabes, eso que la gente necesita cuando siente que sobra en algún lugar.
—Daniel, yo...
—¿Qué? ¿Vas a decirme que no querías herirme? ¿Qué no era tu intención? ¿Qué sientes mucho todo lo que paso?
—No. No voy a decir eso. Porque la verdad es que sí fue mi intención. Apartarte. Y eso es lo que más duele reconocer.
Él se quedó en silencio, sorprendido por la honestidad.
—Tenías razón —continuó ella, con las lágrimas amenazando con desbordarse—. Siempre te aparto. Siempre te digo que no es asunto tuyo. Y no es porque no quiera que estés. Es porque... porque tengo miedo. Miedo de arrastrarte a mi desastre. Miedo de que te lastimen por estar cerca de mí. Miedo de que, si te necesito de verdad y tú estás ahí, luego te vayas como todo el mundo.
—Yo no me voy, Valeria. Eso te lo dije hace días.
—Todo el mundo dice eso. Todo el mundo promete quedarse. Y luego... luego pasa algo. Y se van. Y te quedas sola. Y yo... yo ya estuve sola una vez. Y no quiero volver a estarlo. Pero soy tan mala evitándolo que lo estoy provocando yo misma.
—¿Entonces? ¿Qué quieres?
—Quiero que me perdones. Quiero aprender a dejarte estar. Quiero... quiero dejar de tener tanto miedo.
La lluvia seguía cayendo detrás de ella, empapándola, corriendo por su rostro como lágrimas que no se atrevía a llorar. Pero Daniel no la miraba con lástima. La miraba con algo más complicado, una mezcla de dolor y esperanza, de amor herido que todavía latía.
—No necesito que me pidas perdón —dijo él finalmente—. Solo necesito que me dejes quedarme. De verdad. No de palabra. Si no de hecho.
—¿Cómo?
—Dejándome entrar. Dejándome ayudar. No empujándome cada vez que las cosas se ponen difíciles. Confiando en que puedo manejarlo, cualquiera que sea el "eso" que te asusta tanto.
—Es Alejandro. Tiene que ver con él. Pero es una historia larga. Y peligrosa. Y no sé si es justo contarte todo.
—Déjame decidir qué es justo para mí. Yo elijo mis batallas, Valeria. Y elijo esto. Te elijo a ti. Con tu historia, con tus miedos, con todo. Pero tienes que dejarme entrar de verdad. Sin puertas cerradas. Sin "no es asunto tuyo".
Ella lo miró, parpadeando para contener las lágrimas. El agua de lluvia goteaba de su pelo, de su ropa, formando un charco en el suelo del pasillo. Pero no importaba. Lo único que importaba era ese hombre en el umbral, ofreciéndole algo que ella había estado demasiado ciega para ver.
—¿Me dejarás entrar? —preguntó ella, con una voz que apenas era un susurro.
Él abrió la puerta completamente, extendiendo la mano hacia ella.
—Siempre. Esa es la única respuesta que tengo. Siempre.
Y Valeria cruzó el umbral, dejando la lluvia y el frío atrás, entrando en un espacio que prometía algo que había buscado durante dos vidas sin saber cómo encontrarlo.
Un lugar donde pertenecer. Un lugar donde no tenía que estar sola.
Un lugar llamado hogar.