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El Pecado De Hades

El Pecado De Hades

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Hades
Popularitas:339
Nilai: 5
nombre de autor: Luna de Tinta

Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.

Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.

Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.

NovelToon tiene autorización de Luna de Tinta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL LLAMADO DEL INFRAMUNDO

Hades no se movió de inmediato.

Permaneció frente a la puerta de Alison, con la mirada fija en la madera y las últimas palabras de la joven resonando en su cabeza.

No desaparezcas sin despedirte.

Una petición sencilla. Casi insignificante para cualquiera que no hubiera pasado siglos acostumbrándose a las despedidas.

Pero él no era cualquiera.

Había visto partir a incontables almas. Había cerrado las puertas de su reino detrás de quienes nunca regresarían al mundo de los vivos. Había aprendido que la pérdida era una parte inevitable de su existencia y que, cuanto menos se permitiera sentir, más fácil sería soportarla.

Entonces había aparecido Alison.

Y, de pronto, marcharse se había convertido en algo que no quería hacer.

—Hades.

La voz volvió a escucharse en su mente. Esta vez, más firme.

El dios cerró los ojos.

Conocía aquella voz. Conocía el palacio del que procedía y las consecuencias de ignorar una llamada que atravesaba los límites entre los mundos.

Su ausencia ya no podía prolongarse.

Había asuntos pendientes en el inframundo. Almas que esperaban su juicio, criaturas que necesitaban sus órdenes y un reino que no podía permanecer demasiado tiempo sin su soberano.

Pero, por encima de todo, estaba la sospecha de que alguien había comenzado a notar su debilidad.

Y si los dioses descubrían lo que Alison significaba para él, ella dejaría de ser una desconocida para convertirse en una pieza dentro de sus conflictos.

Hades se apartó de la puerta.

—Solo será por un tiempo —murmuró, como si necesitara convencerse.

Después desapareció entre las sombras.

---

El inframundo lo recibió con su silencio habitual.

Los ríos oscuros continuaban su curso, las antorchas ardían a lo largo de los corredores y las almas avanzaban bajo la vigilancia de los guardianes. Todo permanecía en su lugar.

Sin embargo, apenas Hades cruzó las puertas de su palacio, supo que algo había cambiado.

Las criaturas que custodiaban la entrada inclinaron la cabeza con una cautela excesiva. Los sirvientes evitaron sostenerle la mirada. Incluso el aire parecía cargado de una tensión que no pertenecía a aquel reino.

Hades se quitó el abrigo mortal y se lo entregó a uno de sus servidores.

—¿Qué ha ocurrido mientras estaba fuera?

—Nada que no pudiera esperar vuestro regreso, mi señor.

Hades lo miró.

—No te he preguntado qué podía esperar. Te he preguntado qué ha ocurrido.

El servidor bajó la cabeza.

—La reina ha solicitado vuestra presencia en el salón principal.

Por supuesto.

Hades dejó escapar un suspiro contenido.

—¿Ha dicho para qué?

—No, mi señor.

—Entonces supongo que tendré que descubrirlo personalmente.

Atravesó los corredores sin apresurarse. Conocía cada columna, cada escalón y cada rincón de aquel palacio. Lo había construido para que fuera un refugio, un lugar donde ninguna fuerza pudiera imponerle su voluntad.

Sin embargo, en ese momento, sus propios muros le parecieron una prisión.

Al entrar en el salón, encontró a Perséfone junto a los ventanales que daban a los jardines subterráneos. Llevaba un vestido oscuro, adornado con delicados detalles dorados. Su cabello caía sobre sus hombros y su rostro mostraba una serenidad que Hades había aprendido a desconfiar.

Ella no se volvió inmediatamente.

—Has tardado.

—Estaba ocupado.

—Lo imagino.

Hades se detuvo a varios pasos de distancia.

—Si tienes algo que decirme, Perséfone, dilo.

La reina giró lentamente.

—¿Así vas a recibirme después de pasar tanto tiempo lejos de tu reino?

—No sabía que mi ausencia te preocupara tanto.

Una sombra de irritación cruzó el rostro de Perséfone.

—No confundas mi preocupación con afecto.

—Jamás cometería semejante error.

El silencio que siguió fue frío y desagradable.

Su matrimonio había atravesado demasiados siglos para que cualquiera de los dos fingiera que entre ellos todavía existía la confianza de los primeros días. Había obligaciones, acuerdos y una historia que ninguno podía borrar. Pero también había heridas que ambos habían aprendido a utilizar como armas.

Perséfone se acercó a una mesa de mármol.

—Los rumores han llegado hasta aquí.

Hades no cambió de expresión.

—¿Qué rumores?

—Que el soberano del inframundo ha comenzado a frecuentar el mundo de los mortales.

—¿Y desde cuándo salir de mi propio reino requiere una explicación?

—Desde que tu ausencia comienza a despertar preguntas entre los demás dioses.

Hades entrecerró los ojos.

—¿Qué dioses?

—No todos son tan indiferentes como tú a lo que ocurre fuera de sus dominios.

Aquello era una advertencia. No una respuesta.

—Si Zeus tiene algún problema con mis decisiones, puede hablar conmigo directamente.

—No se trata únicamente de Zeus.

Hades guardó silencio.

Perséfone lo conocía lo suficiente para reconocer que aquella pausa significaba que había tocado un punto sensible.

—¿Hay alguien? —preguntó de pronto.

La pregunta cayó entre ambos con una sencillez calculada.

Hades no respondió de inmediato.

Pensó en Alison caminando a su lado, en sus bromas y en la manera en que había acomodado su abrigo antes de despedirse. Pensó en sus ojos, en aquella expresión desafiante y en la promesa que no había sido capaz de hacerle.

Perséfone observó su silencio.

Y comprendió que no necesitaba escuchar un nombre para saber que existía una respuesta.

—Así que es cierto —susurró.

—No sabes de qué estás hablando.

—Te conozco, Hades. Tal vez ya no compartamos tantas cosas como antes, pero conozco tu rostro cuando intentas ocultar algo.

Él se acercó a la mesa y apoyó ambas manos sobre el mármol.

—No conviertas esto en un interrogatorio.

—Entonces no me obligues a hacer preguntas.

—No tengo ninguna obligación de contarte cada detalle de mi vida.

Los ojos de Perséfone se endurecieron.

—¿Tu vida? Qué curioso que ahora hables de ella como si fuera únicamente tuya.

Hades levantó la cabeza.

—No empieces.

—¿Por qué? ¿Porque podría decir algo que no deseas escuchar?

—Porque ambos sabemos que no has venido a hablar de deberes ni de rumores. Has venido a averiguar por qué he pasado tiempo fuera de este lugar.

Perséfone apretó los labios.

Había esperado encontrarlo cansado, quizá molesto por tener que regresar. No esperaba aquella firmeza. Y mucho menos esperaba que la posibilidad de otra mujer lo llevara a defender su intimidad con semejante determinación.

—Solo quiero saber qué está ocurriendo —dijo, moderando el tono—. ¿Es demasiado pedir una respuesta?

Hades la miró largamente.

—Estoy cansado de que cada decisión que tomo se convierta en una disputa.

—Y yo estoy cansada de descubrir que hay partes de ti a las que nunca tendré acceso.

Por un instante, ninguno habló.

Aquella frase contenía más verdad de la que Perséfone probablemente deseaba admitir. Pero no era una verdad nueva. Su matrimonio había estado lleno de puertas cerradas mucho antes de que Alison apareciera.

Hades apartó la mirada.

—No voy a discutir contigo esta noche.

—Claro que no. Nunca quieres discutir cuando la conversación deja de resultarte conveniente.

Perséfone pasó a su lado, pero antes de abandonar el salón se detuvo.

—Ten cuidado, Hades. Los mortales no comprenden las consecuencias de acercarse demasiado a los dioses.

Él se quedó inmóvil.

No porque la advertencia fuera absurda.

Sino porque, por primera vez, temió que ella supiera más de lo que debía.

—¿Por qué hablas de mortales? —preguntó.

Perséfone volvió el rostro con una sonrisa pequeña.

—Porque es allí donde has estado pasando tu tiempo.

Y se marchó sin ofrecerle ninguna explicación más.

Hades permaneció solo en el salón.

Su primera reacción fue regresar al mundo mortal de inmediato.

La segunda fue preguntarse si hacerlo sería precisamente lo que Perséfone esperaba.

---

Alison descubrió la ausencia de Hades al día siguiente.

Al principio, no le dio demasiada importancia. Él no le había prometido visitarla a una hora concreta y ella tampoco pretendía convertirse en una persona que esperara junto a una ventana cada vez que un hombre se marchaba.

Tenía cosas que hacer.

Ayudó en casa, salió a comprar algunas provisiones y pasó un rato leyendo el libro que había encontrado en la librería. Incluso consiguió concentrarse durante casi una hora.

Pero, cada vez que escuchaba pasos cerca de la puerta, levantaba la cabeza.

Al darse cuenta, cerró el libro con fastidio.

—Esto es ridículo.

No estaba enamorada de Hades. Al menos, no iba a permitir que su mente llegara a una conclusión tan precipitada.

Le gustaba estar con él. Le interesaba descubrir quién se escondía detrás de su expresión seria. Le gustaba la forma en que, a veces, parecía olvidar el peso que llevaba sobre los hombros.

Eso era todo.

¿Verdad?

Alison se levantó y fue hasta la ventana.

La calle estaba llena de gente, pero entre los rostros desconocidos no apareció el que buscaba.

Se apartó de la ventana.

Si Hades quería distancia, podía tenerla. Ella no iba a perseguir a alguien que ni siquiera era capaz de decirle qué quería.

Sin embargo, cuando llegó la noche y la casa quedó en silencio, recordó su última conversación.

No desaparezcas sin despedirte.

Él no había prometido quedarse.

Solo había sonreído.

Y, por alguna razón, aquel recuerdo le dolió más de lo que debería.

---

Hades pasó el día intentando cumplir con sus obligaciones.

Escuchó informes, resolvió disputas entre criaturas de su reino y revisó asuntos que habían permanecido pendientes durante su ausencia. Cada tarea exigía su atención, pero sus pensamientos regresaban una y otra vez al mundo mortal.

A la voz de Alison.

A su sonrisa.

A la posibilidad de que estuviera enfadada con él.

Aquella última idea le resultó especialmente insoportable.

—Mi señor.

Hades levantó la mirada. Uno de sus servidores esperaba frente al trono.

—¿Qué ocurre?

—Ha llegado un mensaje desde el Olimpo.

El dios extendió la mano.

El mensaje no estaba escrito en papel. Era una pequeña placa de oro grabada con el sello de Zeus. Apenas la tocó, las palabras aparecieron sobre la superficie.

Su hermano exigía una reunión.

No explicaba el motivo, pero el tono dejaba claro que no aceptaría una negativa.

Hades dejó la placa sobre el brazo del trono.

Primero Perséfone. Ahora Zeus.

Algo estaba ocurriendo.

Y, aunque todavía no conocía la forma exacta de la amenaza, sospechaba que su decisión de abandonar el inframundo había despertado más atención de la que había previsto.

—Prepara el carruaje —ordenó.

El servidor inclinó la cabeza.

—¿Partiréis de inmediato?

—No. Antes debo resolver un asunto.

El servidor esperó, pero Hades no añadió nada.

No necesitaba decir en voz alta qué asunto consideraba más urgente que una convocatoria del rey de los dioses.

---

Aquella noche, Alison salió a caminar.

No había planeado ir a ningún sitio en particular. Simplemente necesitaba aire, espacio y la oportunidad de dejar de pensar en un hombre que parecía haberse instalado en su cabeza sin pedir permiso.

Terminó en la plaza.

La fuente seguía murmurando bajo la luz de las farolas. El banco donde tantas veces había conversado con Hades estaba vacío.

Alison se sentó y cruzó los brazos, molesta consigo misma por haber ido precisamente allí.

—Si sigues hablando sola, acabarás preocupándote —dijo una voz a su espalda.

Alison se levantó tan deprisa que estuvo a punto de perder el equilibrio.

Hades la sujetó por el brazo.

Durante un segundo, ninguno habló.

Ella lo miró con sorpresa, seguida de una indignación que había estado acumulando durante todo el día.

—¿Dónde demonios estabas?

Hades soltó lentamente su brazo.

Había imaginado muchas maneras de volver a verla. En ninguna había previsto que aquella pregunta le provocaría tanto alivio.

—Tuve que regresar a un lugar al que pertenezco.

Alison frunció el ceño.

—¿Tu casa?

—Algo así.

—¿Y no podías avisarme?

La pregunta le hizo recordar la promesa que no había cumplido.

—Tenía la intención de hacerlo.

—Pero no lo hiciste.

—No.

Alison lo observó, esperando una explicación más completa. Cuando comprendió que no iba a recibirla tan fácilmente, apartó la mirada.

—Mira, Hades. No tienes que contarme dónde vas cada minuto del día. No soy tu dueña, y tú no eres mío. Pero si vas a desaparecer después de decirme que no lo haga, al menos entiende que eso me molesta.

Él sintió que cada palabra era merecida.

—Tienes razón.

Alison volvió a mirarlo, sorprendida.

—¿Perdón?

—He dicho que tienes razón.

—¿Te encuentras bien? ¿Necesitas sentarte?

Hades soltó una risa inesperada.

Y Alison, pese a su enfado, no pudo evitar sonreír.

Aquella pequeña risa alivió la tensión entre ambos, pero no borró la distancia que había aparecido durante su ausencia.

Hades dio un paso hacia ella.

—No me marché porque quisiera alejarme de ti.

—Entonces, ¿por qué?

Él sostuvo su mirada.

Podía volver a esconderse detrás de una respuesta vaga. Podía pedirle más tiempo y confiar en que ella aceptaría, como había hecho antes.

Pero había comenzado a comprender que cada secreto tenía un precio. Y que Alison, tarde o temprano, dejaría de pagar por decisiones que él tomaba sin consultarla.

—Porque hay cosas en mi vida que podrían ponerte en peligro —dijo finalmente—. Y todavía no sé cómo explicártelas.

Alison no respondió enseguida.

Por primera vez, no parecía enfadada. Parecía estar considerando sus palabras con seriedad.

—¿Hay alguien que quiera hacerme daño?

Hades pensó en Perséfone. En la advertencia de la reina. En el mensaje de Zeus.

—No lo sé.

Era la verdad, aunque no toda.

Alison bajó la mirada y respiró profundamente.

—No puedo prometerte que voy a dejar de hacer preguntas. Eso no va a pasar.

—Nunca te pediría algo así.

—Bien. Porque si vuelves a desaparecer, no voy a quedarme esperando en esta plaza.

Hades asintió.

—Lo entiendo.

Ella lo estudió unos segundos y después extendió la mano.

—Entonces empieza por caminar conmigo. Sin secretos nuevos, por lo menos durante esta noche.

Hades miró aquella mano.

Era una invitación pequeña. Una oportunidad que no tenía derecho a dar por segura.

La tomó con cuidado.

—Durante esta noche —aceptó.

Alison entrelazó sus dedos con los de él y comenzaron a caminar.

Ninguno sabía cuánto duraría aquel momento de tranquilidad.

Ninguno sabía que, muy por encima de ellos, los dioses empezaban a prestar atención al soberano que había abandonado su reino por una mortal.

Y Hades, que había pasado siglos creyendo que podía mantener separados sus dos mundos, comprendió algo que lo llenó de un temor desconocido:

No bastaría con ocultar a Alison de los dioses.

Tendría que decidir cuánto estaba dispuesto a arriesgar por ella.

Y esa decisión, tarde o temprano, cambiaría sus vidas para siempre.

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