Vitória lo tenía todo bajo control: una carrera que amaba, un departamento propio en São Paulo y un novio que parecía sacado de un sueño. Henrique era guapo, encantador, atento… demasiado perfecto. Lo que ella no sabía era que esa noche, en la cena «especial» que él le había preparado, cada copa escondía una trampa.
Cuando el instinto le grita que huya, Vitória corre sin mirar atrás y termina pidiéndole ayuda a un completo desconocido. Arthur no duda un segundo en salvarla. Es todo lo que Henrique jamás fue: sereno, firme, incapaz de pedir nada a cambio. Entre los dos nace algo que ninguno buscaba… hasta que descubren un vínculo que lo complica todo.
Pero Henrique no está dispuesto a perder. Herido en su orgullo y ahogado en deudas, su obsesión se vuelve peligrosa. Y no está solo: la persona en quien Vitória más confía guarda, tras cada sonrisa, una envidia capaz de destruirla.
Entre un amor que sana y un pasado que acecha desde las sombras, Vitória tendrá que aprender a confiar de nuevo… y a defender lo que construyó. Porque en la vida todo se reduce a elegir. Y esta vez no puede equivocarse.
Amor, traición, deseo y venganza en una historia que no vas a poder soltar. ¿Estás lista para descubrir cuál es la elección perfecta?
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La copa adulterada
Vitória llegó al departamento de Henrique cerca de las siete y media, con un vestido negro de corte sencillo pero elegante que realzaba su figura. Estaba entusiasmada con la noche y llevó una botella de vino tinto para la cena. Una sonrisa le iluminaba el rostro; esperaba una velada romántica y tranquila.
Henrique la recibió con un beso y un abrazo apretado.
—¡Estás hermosa! —la elogió, apartándose para mirarla—. Hoy va a ser una noche especial.
—Sí, ¡solo los dos! —Vitória le sonrió.
—Bueno… unos amigos van a pasar un momentito… —comentó Henrique mientras dejaba sobre la mesa el vino que ella había traído.
—¿Amigos? No me dijiste nada…
—Son unos socios… algo inesperado. Te aseguro que no se van a demorar… ¡lo juro! Después seremos solo nosotros dos.
Vitória sintió una leve incomodidad, pero prefirió no decir nada.
La mesa estaba puesta con esmero: velas encendidas, música baja de fondo y el aroma del risotto al parmesano que Henrique había pedido en un restaurante caro.
Vitória intentaba relajarse, pero la mención de los amigos no se le iba de la cabeza.
—Deben estar por llegar… —Henrique abrió la botella de vino que ella había traído y sirvió dos copas—. Toma un poco, amor… está delicioso… —dijo tras beberse la suya de un trago.
Vitória sonrió con cierta incomodidad y dio un sorbo pequeño. El vino de verdad estaba bueno, pero notó que Henrique estaba más agitado de lo normal, con los ojos brillando por una expectativa que no lograba descifrar.
Unos diez minutos después sonó el timbre. Tres hombres entraron al departamento. Tenían más o menos la edad de Henrique y estaban bien vestidos, pero algo en ellos puso a Vitória en alerta.
—Ella es Vitória, mi novia —los presentó Henrique—. Vi, ellos son Rafael, Lucas y Bruno.
Los tres la saludaron con sonrisas y miradas que se demoraban de más.
—Henrique no exageró… —dejó escapar uno de ellos con una sonrisa—. Eres aún más linda en persona.
Vitória forzó una sonrisa cortés y miró a Henrique buscando una explicación.
—Tranquila, amor, mis amigos son buena gente.
Henrique se apartó con ellos, y la conversación entre todos parecía extraña. Los hombres hablaban de negocios, deudas y «acuerdos».
En cierto momento, Henrique se levantó, fue a la cocina y regresó con otra botella de vino y una copa ya servida.
—Prueba este, amor. Es importado —dijo entregándole la copa a Vitória—. Mis amigos se van en un rato, no me hagas ese desaire.
Vitória tomó la copa, pero no bebió. Algo en la forma en que los tres hombres la miraban, intercambiando miradas entre sí y con Henrique, hizo que su instinto gritara que algo andaba mal.
—Vi… solo un traguito… —insistió Henrique, que le había puesto el sedante a la bebida.
Ante su insistencia, Vitória dio un sorbo pequeño, solo para que dejara de presionar.
Minutos después empezó a sentir un mareo leve, a pesar de haber bebido apenas un poco, y esa reacción le disparó el corazón.
Algo anda mal… ¿será que adulteró mi bebida?…, se preguntó Vitória mientras intentaba decidir qué hacer si la sospecha que le había surgido era real.
—Henrique, me siento rara… —dijo sujetándose del borde de la mesa.
—Debe ser el vino, no estás acostumbrada a beber… —respondió Henrique, pasándole la mano por la espalda—. No te preocupes, mis amigos ya se van, y yo voy a cuidarte bien.
Pero los hombres no parecían tener prisa y seguían mirándola. Fue entonces cuando Vitória entendió. La mirada cómplice entre ellos, la copa que había venido servida de la cocina, el mareo que no desaparecía. El cuerpo se le tensó y un sabor amargo le subió por la garganta.
—¡Necesito ir al baño! —Vitória se levantó de golpe.
—Está bien, amor… cualquier cosa me llamas.
Los hombres pasaron a la terraza y, en el pasillo, en vez de entrar al baño, Vitória volvió despacio, tomó su bolso del sofá y corrió hacia la puerta, saliendo sin mirar atrás.
Henrique no la vio salir, pero al oír el portazo corrió al baño y se dio cuenta de que ya no estaba.
—Mierda, se fue. Tenemos que traerla de vuelta —dijo, yendo tras ella.
Al salir por la puerta, Vitória corrió hasta el ascensor y apretó el botón desesperada hasta que las puertas se abrieron. Tambaleándose, logró entrar, y las puertas se cerraron justo en el momento en que Henrique y los amigos aparecían.
—¿Qué está pasando? —se preguntó Vitória.
El corazón le seguía golpeando en el pecho y la vista empezaba a nublársele. Intentó llamar a Bárbara para pedir ayuda, pero ya no alcanzaba a ver nada en la pantalla del celular, lo que la desesperó aún más.
En cuanto salió del ascensor en la planta baja, Vitória no fue hacia su auto, estacionado en la zona de visitantes, porque sabía que no podría manejar y que allí sería presa fácil para Henrique y los otros. Al pasar por la portería, el aire frío de la noche le golpeó la cara, y vio a Henrique y a sus amigos corriendo justo hacia su auto.
—Tengo que salir de aquí… —A Vitória le flaquearon las piernas y, aun así, logró seguir, corriendo hacia un hombre que bajaba de un auto estacionado al otro lado de la calle, mirando el celular.
Vitória se paró frente a él, jadeante, con la mente empezando a confundirse.
—Por favor… ayúdame… le pusieron algo a mi bebida. Hay unos tipos ahí adentro… ¡necesito salir de aquí ahora! No dejes que me atrapen…
El hombre levantó la vista, sorprendido. Vio la desesperación en el rostro de Vitória y su postura tambaleante, que la hizo aferrarse a él. Tomó la decisión en una fracción de segundo.
—Sube… —dijo, abriendo rápido la puerta del auto, dispuesto a ayudarla.
Vitória se dejó caer en el asiento del acompañante, y el hombre arrancó antes de que Henrique llegara a la calle.
Mientras el auto aceleraba, Vitória temblaba abrazando el bolso contra el cuerpo, sintiéndose cada vez menos lúcida.
—Gracias… ¿adónde me llevas?…
—Al hospital, es el mejor lugar para ti ahora. Tranquila, estás a salvo.
—¿Cómo te llamas?
—Arthur, ¿y tú?
—Vitória…
Vitória recostó la cabeza en el asiento, todavía aturdida, luchando por mantenerse lúcida sin saber quién era el hombre al que le había pedido ayuda.